a

Reloj Solar: proyectos para la mejor versión de ti

Ago 10, 2026 | Arquitectura, Destacados, Reportajes | 0 Comentarios

En Pichilemu hay un estudio de arquitectura que, desde hace seis años, construye proyectos con un método de diseño nuevo, integrando al cliente en un anteproyecto dividido entre partes «lo que el cliente quiere», «lo que el cliente debe» y «lo que el cliente puede». Así para cada encargo siempre desarrollan al menos tres proyectos.

El vacío tiene dueño. Hay una frase que Ismael Lira repite como quien repite una ley física, no una opinión: el constructor está enamorado de la materia; el arquitecto, del vacío.

«El constructor nunca te va a decir que no. Siempre está enamorado de la materia. El arquitecto está enamorado del vacío. Lo que nosotros diseñamos es el vacío que contiene la materia.»

Parece una distinción de manual, hasta que se le ponen números. De pie, un cuerpo humano toca apenas un 12% de sí mismo contra el suelo. Sentado, un poco más — quizás un 15%. Entre uno y otro estado, la superficie que realmente entra en contacto con la materia no supera el 20% del cuerpo. Todo lo demás — la enorme mayoría de lo que llamamos habitar — es aire. Es ahí, sostiene Lira, donde vive de verdad la arquitectura: no en el muro, sino en la distancia entre los muros.

La idea tiene además un filo práctico, no solo poético. «Tú puedes decirle a un cliente: ¿sabes qué? No te conviene hacer esto, no lo hagas. La cáscara no es lo relevante. Es tu habitar dentro», dice Lira. El vacío, a diferencia de la materia, sí puede decir que no.

Ismael lleva trece años en Pichilemu, desde antes de que la zona fuera el destino que es hoy.

Ahí fundó, con un socio, una primera oficina que tenía muchos proyectos, increíble. Pero terminó disolviéndose de todas formas.

La razón no fue personal, fue estructural. Era una oficina que priorizó la construcción y no la arquitectura.

Estudio Reloj Solar nació como respuesta a ese diagnóstico: fusionar arquitectura y construcción bajo el mismo techo, y sumar más cabezas al equipo.

Hoy son tres — Lira, de 43 años, originario de Santiago; Felipe Hasbun Strobel, de 34, de Antofagasta; Josefina Arpoulet Canales, de 27, la única del equipo nacida en Pichilemu. Tres formaciones, tres generaciones, ninguna compitiendo por protagonismo.

«Cuando uno se plantea así, no tiene que competir. Tiene mayor alcance natural», comentan. «No se trata de vencer la opinión del otro. La idea es realimentarse.»

La diferencia generacional no es un matiz cosmético: cambia directamente qué clientes puede alcanzar el estudio y qué códigos entiende de forma natural, sin tener que forzar nada.

No inventan, descubren

«Nosotros no inventamos las cosas. Las descubrimos», explican los socios. «El invento es apenas una solución, luego de descubrir.»

Es una manera de decir que el método antecede al gusto.

Ese método tiene una secuencia. Primero hacen exactamente lo que el cliente pide — con maqueta, planos y croquis, tantos como haga falta para que la persona vea su propia idea tomar forma. Luego, sobre esa base, aplican lo que el cliente debe: normativa, asoleamiento, control del viento, distancias, economía local.

El proyecto inicial se reorganiza bajo esas restricciones y empieza a tener otra lógica. Solo entonces llegan a una tercera propuesta — lo que el cliente puede — que sintetiza las dos anteriores.

«En la última etapa no cambian los metros cuadrados de los proyectos», dice Lira. «Es un camino recorrido. No es que llegues al final y digas: ah, me falta una ventana.»

Antes de llegar ahí, cada proyecto pasa por lo que en el estudio llaman el organigrama aplicado: un mapa de qué recintos se relacionan entre sí y con cuáles no — el hall con el baño de visita, la cocina con el comedor, y así — al que le inyectan circulación, es decir, distancia.

«Las casas, por ejemplo, casi todos tienen los mismos recintos», apunta Ismael. «Lo que cambia en realidad es cuánto presupuesto inyectas en circulación.»
Desarrollan hasta quince o veinte variantes de ese organigrama, las hacen competir entre sí, y de ahí seleccionan cuatro para recién entrar al diseño propiamente tal.

«La circulación es el lujo», explican en conjunto. «Si desde tu cama te demorás dos pasos en llegar a la puerta del baño, hay menos tiempo. Si te demorás seis, en esos segundos pasan muchas cosas en ti. Hay más tiempo. Tu arquitectura te está cuidando tu identidad personal.»

Solo al final de ese recorrido — organigrama, planimetría a mano, maqueta, corrección — aparecen los modelos 3D. No antes.

«El render puede engañar. En realidad sirve para otras cosas más contundentes que solo seducir», afirman.

En Reloj Solar el modelo digital muchas veces se usa recién al final, como herramienta estructural, para verificar que lo dibujado efectivamente se sostenga. Tampoco le tiene demasiada fe a los atajos más recientes.

«La inteligencia artificial es un tema súper interesante, pero tiene un problema: siempre te dice que sí. Todo es una buena idea, según la IA. Es medio torpe en realidad.»

Es una postura que choca de frente con una industria cada vez más cómoda generando imágenes seductoras antes de resolver un solo problema real del edificio.

«A veces uno no necesita un edificio. Necesita un método de identificación», resumen los arquitectos. No siempre construir es la respuesta correcta. A veces la respuesta correcta es un vacío bien decidido.

Pichilemu, impone sus propias condiciones a ese método.

«El viento es un ser incansable, invisible, que todo el día está ahí, empujando, empujando. Dobla los árboles, bota los portones, llena de sal las ventanas. Este también es el reino del viento, no solo el reino del agua», declaran las cabezas detrás de Reloj Solar.

Protegerse de él es lo que permite, después, disfrutar del sol. Por eso la madera —»el gran idioma» local, señala— convive con acero que jamás se deja a la vista, un material que en el estudio llaman agente secreto: resuelve grandes luces y más vacío interior, pero se esconde de la sal que lo destruiría. El hormigón completa el trío: lo usan por su potencia visual, por el color que adquiere con los años y por una presencia monolítica que ningún otro material replica.

Antes de que cualquiera de estos materiales llegue a un plano, el estudio visita siempre el terreno de noche, nunca solo de día.

«La noche es como un croquis: sintetiza el terreno en su máxima expresión», propone Ismael. «Es como cuando entrecierras los ojos y miras lejos, y dices: ah, esto es lo importante.»

Esa visita nocturna importa, además, por una razón demográfica muy concreta: Pichilemu recibe hace años el éxodo de familias que migran desde capitales hacia la Sexta Región, y para esas familias la noche, —cuando los niños duermen, los adultos pueden salir y disfrutar de la noche al exterior— es, exponen, también un momento del día que vale la pena cuidar en el diseño de una casa.

Tres clientes, un mismo oficio

El método se vuelve concreto al llegar un cliente. Los arquitectos de Reloj Solar Identifican tres tipos de clientes de casas.

Está quien construye entre 0 y 100 metros cuadrados con ahorros propios: quiere una arquitectura genuina y estilo, y un arquitecto capaz de construir.

Está quien construye entre 100 y 180 metros cuadrados con crédito. Este cliente lo que necesita es que le administren bien la inversión, sin pasarse y también un arquitecto constructor.

Y está quien construye sobre 220, : este cliente busca un arquitecto excelente y un constructora excelente, piensa simultáneamente en cuánto cuesta construir y cuánto costaría vender, lo que —paradójicamente— lo obliga a pensar el proyecto en términos más universales, no más egoístas.

«A los tres hay que hacerlos brillar, con el mismo método, sin variaciones en la obra», aseguran en Reloj Solar.

Hay un detalle, apunta Ismael , que distingue a una casa grande : el tamaño del hall de acceso. Es el único recinto que se conecta con todos los demás — con el baño de visitas, eventualmente con la cocina, con el jardín, con la circulación hacia lo privado.

«Cuando vas a la casa de alguien con una inversión importante, el hall es más grande que el living», dice. No por ostentación: porque ahí es donde, literalmente, cabe la vida social de una casa.

Detrás de esa mirada hay una convicción que en Reloj Solar repiten como principio de diseño: la casa no debería construirse para la versión actual de quien la habita, sino para su mejor versión posible.

«El proyecto tiene que estar diseñado para la mejor versión de ti, no para tu versión actual. De esa manera, la casa te ayuda a recordar en quien te debes convertir», aportan con convicción.

La sombra cumple, para ellos, un propósito parecido.

«Cuando un edificio no tiene sombra, no se autogenera sombra, es un elemento estático. Fome. Y no es solo fome para quien lo mira: perdió la relación contigo, porque tú perdiste el interés. Ya lo viste, ya lo aprendiste».

Un edificio que cambia con la luz del día, en cambio, obliga a volver a mirarlo — y ahí, sostiene, empieza el cuidado.

«Cuando estás en una fogata, la luz viene de abajo y tus facciones se ven bien iluminadas. Te vuelves alguien muy cercano. Con el sol pasa lo mismo: tu sombra cambia, tu pelo cambia, y tú eres de una manera distinta según la hora del día.»

Esa misma atención se traduce en cómo el estudio diseña la luz artificial, que Lira separa en tres necesidades distintas y casi nunca resueltas con la misma solución: la iluminación ambiental, la que hace agradable un espacio sin que nadie note de dónde sale; el alumbramiento técnico, el que necesita una cocina para cortar una cebolla o un museo para exhibir una pieza; y el sol, que para Lira no es lo mismo que la luz.

«El sol es la espalda calentita en la mañana. Otra cosa es la luz ambiental», dice.

Aunque no siempre se vea de lejos, el color también construye identidad.

 «Nos gusta ponerle color al alero interior. De lejos no lo ves, pero cuando te acercas y la luz lo ilumina, aparece un color, algo bonito», cuenta Lira. «Los colores van en busca de la identidad de quien habita el lugar.»

El tiempo que cuida el tiempo

El nombre del estudio no es casual. Un reloj solar no mide horas: mide la relación entre un cuerpo fijo y una luz que se mueve.

El nombre del estudio no es casual. Un reloj solar no mide horas: mide la relación entre un cuerpo fijo y una luz que se mueve.

«El sol se levanta en la mañana y riega todo de sol: los niños crecen felices, las plantas crecen felices, la naturaleza es feliz. ¿Por qué nosotros no?», preguntan.

«El sol construye el tiempo. Y nosotros cuidamos el tiempo de las personas. Nuestra experiencia es en tiempo.»

Están convencidos, casi con terquedad, de que la arquitectura solo se completa del todo en lo público.

«No hay ruinas de casas en el mundo. La arquitectura nace en el espacio público», señala Ismael— una frase que dice más sobre su entusiasmo que sobre la historia de la arquitectura, pero que explica bien hacia dónde quieren llevar el estudio.

Ya construyeron La Barcaza, un centro espacio en la localidad de Cahuil, con una sala de danza cuyo piso elástico es igual al del Teatro Municipal de Santiago. Cumple con una elasticidad planificada para el contacto de pies y cuerpo, permitiendo recibir el peso y a los bailarines de forma amable, es una sala de presentación y entrenamiento diseñada para cuidar las articulaciones.

La ambición declarada de Reloj Solar no es acumular obra privada, sino que lo encuentren clientes dispuestos a construir espacio público — colegios, centros culturales, incluso intervenciones que no requieren construir nada.

Ponen como ejemplo lo que ya ocurre en Providencia, en Santiago: cerrar una avenida los fines de semana para instalar un circuito deportivo no exige inversión pública en construcción, pero cambia por completo el uso de un barrio durante esas horas.

Ese cambio, sostiene, termina generando después demanda real para otros proyectos — un café, un jardín infantil, un centro de encuentro para el adulto mayor.

Es, otra vez, la misma lógica del vacío: a veces la intervención más eficaz no es levantar un muro, sino redefinir qué pasa en el espacio que ya existe.

El constructor está enamorado de la materia. El arquitecto, del vacío. En Reloj Solar llevan seis años demostrando que esa frase no es una metáfora bonita para abrir una entrevista, sino literalmente el método con el que trabajan: tres personas, ningún superhéroe, y un reloj que no mide horas sino la forma en que la luz — y el tiempo que da — vuelve habitable un lugar.

Artículos relacionados

DM+A: Dos miradas, una manera de hacer

DM+A: Dos miradas, una manera de hacer

Se conocen desde niños, estudiaron arquitectura por caminos distintos y hace diez años decidieron trabajar juntos. Hoy Rafael Donoso y Joaquín Monsalve dirigen DM+A desde una complicidad que se convirtió en método. Antes de ser socios fueron niños que pasaban los veranos...

leer más
Cromia: más allá de la superficie

Cromia: más allá de la superficie

Antes de intervenir una superficie, María José Chacón observa cómo la luz recorre el espacio, cómo dialogan los materiales y qué historia quiere contar ese lugar. Desde CROMIA ha desarrollado una mirada donde el color, la textura y el oficio dejan de ser un acabado para...

leer más

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Categorías

Visita nuestra nueva store

Articulos relacionados

Síguenos en RR.SS

También te puede interesar