Simón Pujadas y Alfonso Ahumada no entienden el crecimiento como una acumulación de encargos, sino como la posibilidad de dedicar más tiempo a cada uno. Entre croqueras, detalles constructivos y docencia, han construido una oficina que prefiere abrir nuevas preguntas antes que repetir respuestas conocidas.
Una pregunta apareció mientras Simón Pujadas y Alfonso Ahumada proyectaban unas oficinas: ‘¿Y si no hacemos tabiques?’ . En vez de las divisiones habituales, imaginaron piezas vidriadas, algo así como peceras con plantas y pequeños ecosistemas. Después vino lo habitual en AP Arquitectura cuando una idea los entusiasma: averiguar si podía construirse. Contactaron a un especialista en terrarios y comenzaron a desarrollarla.
No era el camino más corto. Tampoco pretendía serlo.
“Los constructores siempre nos dicen: ‘Ustedes nunca son sencillos’”, cuenta Alfonso. Simón reconoce el origen de esa dificultad: “Estamos todo el día dibujando cosas. Nos mostramos un detalle en madera, Nos mostramos un detalle en madera, un croquis, un sistema de unión, posibilidades de fachada, y decimos: ‘Tratemos de hacerlo’”.
Cada proyecto comienza dos veces. Primero está el encargo: una casa, una fábrica, una oficina; un cliente con rutinas y necesidades concretas. Después aparece aquello que ellos deciden introducir: una cubierta que pierde su eje, una escalera que invierte su estructura, un encuentro que obliga a volver al modelo. No es una forma repetida, sino un problema que ellos mismos deciden abrir y después deben resolver.

La arquitectura apareció después
Antes de estudiar Arquitectura, Simón pasó dos años en Ingeniería Civil. Había crecido dibujando y pintando alentado por sus padres. Su padre era ingeniero y también muy creativo. Simón eligió entre Ingeniería y Arte sin saber que existía una carrera capaz de reunir ambas inquietudes.
La encontró en una clase de mecánica. “Yo dibujaba todo el día. Para concentrarme necesito estar dibujando. Un profesor me vio rayando el cuaderno y me dijo: ‘Usted no sé qué hace acá; váyase a Arquitectura’. Yo ni siquiera lo había pensado”.
Entró por cambio interno en la Universidad de Chile. “Estaba acostumbrado a las pruebas de cálculo y, de pronto, la próxima entrega era un dibujo o salir a recorrer la ciudad. Me encantó”.
Alfonso llegó desde Arte. “Mi papá, que es ingeniero eléctrico, tenía herramientas para trabajar madera, cosas para soldar, de todo. Mi mamá transitaba por cursos de pintura, macramé o tejido. Yo sentía que tenía una librería en mi casa. Tenía muy a la mano eso de tomar cosas y comenzar a crear”.
En segundo año, un profesor que había pasado de Arquitectura a Arte le propuso hacer el recorrido inverso. “Me dijo: ‘Todas tus esculturas son espaciales, tienen que ver con modificar el espacio. Deberías darte una oportunidad’”. Alfonso tomó asignaturas de Arquitectura, encontró una nueva sintonía y, finalmente, cambió de carrera.
Sería fácil asignar al antiguo estudiante de Ingeniería la técnica y al de Arte, la forma. Ellos desarman esa lectura. Simón pasa el día dibujando; Alfonso se detiene en la construcción. Ambos enseñan representación y vuelven sobre los detalles. Sus posiciones cambian con cada proyecto.
“Éramos como un yin y yang”, dice Alfonso. “Pero el punto común siempre fue ese encuentro artístico. Simón dibujaba todo el día, tenía todas las croqueras desplegadas, pensando y creando. Nos potenciamos muy bien, y viceversa”.

Una presentación para ayer
Se conocieron en el magíster de Arquitectura de la Universidad Católica. Simón trabajaba en asesoría energética; Alfonso terminaba su formación en la UC. Todavía no eran amigos cuando apareció una presentación urgente.
“Yo estaba bastante sobrepasado. Sabía que Alfonso trabajaba bien y le dije: ‘Tengo esta presentación para ayer; ayúdame’. Nos sentamos una o dos horas y quedó impecable. Hubo muy buena sintonía, la misma aproximación a las cosas, dibujando y pensando”.
Poco después, Simón recibió el encargo de remodelar una fábrica de cerca de 3.000 metros cuadrados y llamó a Alfonso.
“Yo nunca había transitado por el mundo de oficina”, recuerda él. “Congelé el magíster porque era la oportunidad de entrar al oficio de manera presencial y poder diseñar algo. Le dije inmediatamente que sí”.
“Yo no sabía nada de terreno. Los maestros me pescaban a mí porque era alto, y yo les decía: ‘Pero si yo no sé; Simón es el que tiene más experiencia’”.
La oficina comenzaba sin una estructura heredada y debía encontrar su manera de decidir.
Para construir un muro de maderas negras compraron materiales, probaron terminaciones y fierros y llevaron los ensayos a la obra.
“Íbamos donde los maestros y les mostrábamos: ‘Esto debería ser así’. O lo hacíamos con ellos”, explica Simón.
Si el intento resultaba, continuaban; si fallaba, comenzaban otra vez.
“Fue un aprendizaje muy bonito”, dice. AP se formó allí: cuando una conversación tuvo que pasar al dibujo, el dibujo a una pieza y la pieza a las manos de quienes podían demostrar si se sostenía.

Una vuelta más
Alfonso dice a sus estudiantes que el arquitecto actúa al comienzo como una especie de psicólogo del cliente.
“Tienes que entender cómo convive esa persona, cuál es su rutina. Uno va sacándole el rollo. Te vas con esa pauta y después entra el diseño: lo que uno pone, lo que uno cosecha”.
Escuchar al cliente no los convierte en ejecutores de imágenes traídas de Pinterest. “Perfectamente podríamos repetir un fórmula y listo”, dice Alfonso. “Pero siempre le damos una vuelta más”.
En una casa de La Reina trabajaron con vigas invertidas y una escalera en V que los obligó a buscar al profesional capaz de resolverla. En otra vivienda desplazaron el eje de una cubierta a dos aguas y modificaron sus planos hasta hacer descender el alero al interior de la casa. Ninguna operación se trasladó como fórmula al proyecto siguiente.
“La gracia es que todos son muy variados y representan la esencia del cliente. Tratamos de que cada proyecto sea único”, dice Alfonso.
Esa frase contiene mejor que cualquier categoría formal el sello de AP: la obra debe pertenecer a quien la habitará, pero también debe acusar que hubo dos arquitectos pensando activamente en ella.
No dibujan únicamente para mostrar una propuesta: dibujan porque todavía necesitan comprenderla. “Invertimos mucho tiempo en hacer dibujos técnicos. Si no nos resulta, lo modelamos: hay que cuadrar la placa, la pletina, hacer el corte del detalle. Le damos hartas vueltas”.
La singularidad puede quedar concentrada donde una viga levanta una cubierta o una placa encuentra el fierro que la sostiene. Quizás la fotografía no alcance a explicarlo, pero allí está depositada buena parte de la cabeza que pusieron en el proyecto.

Dibujar delante de otro
La docencia nació de la misma necesidad que los lleva a llenar croqueras y multiplicar los cortes de un detalle: pensar una idea mientras intentan explicársela a otro. Ambos habían sido profesores en el taller de Teodoro Fernández en la Universidad Católica y querían hacer clases. Reunieron los correos de distintas escuelas y enviaron una presentación.
“Dijimos: ‘A lo más una nos va a responder’. Y respondieron dos”. Desde entonces han enseñado juntos siempre que ha sido posible, desde la formación y la representación hasta los talleres de título. La dinámica de la oficina reaparece frente a los estudiantes: uno abre una posibilidad y el otro la empuja desde un lugar distinto.
En los primeros años, ese trabajo comienza muchas veces por cuestionar la idea de que las nuevas generaciones, por haber crecido frente a una pantalla, dominan naturalmente las herramientas digitales.
“Es medio mentira que son digitales; son del teléfono y de la inmediatez”, dice Simón. “A veces les dices ‘descarguen el archivo’ y te preguntan qué es un archivo”.

El problema no está en trabajar con programas, sino en depender de una herramienta sin comprender qué se intenta comunicar. Ambos enseñan representación análoga, digital y taller pero insisten en el dibujo manual porque permite que una idea aparezca mientras está siendo pensada.
“Un buen arquitecto no puede no dibujar”, sostiene Simón. “Cuando haces una isométrica o dibujas el proyecto, no estás modelando ni haciendo un plano: estás comunicandoestás comunicado y pensando. Es bueno manejar este lenguaje”.
En las correcciones abre un estuche que pesa cerca de dos kilos, toma la croquera y dibuja encima de la conversación. La línea permite que profesor y alumno miren el problema al mismo tiempo. Después de verlo, algunos comienzan a intentarlo por su cuenta.
Alfonso activa el proceso desde otro lugar: antes de sostener una idea, muchas veces el estudiante necesita creer que puede desarrollarla. “Nunca estoy sentado. A veces siento que soy como el payaso del circo, porque estoy tratando de avivar. Esa energía se la traspasas al estudiante”.

Cuando una alumna le preguntó si la creía capaz de dibujar, respondió: “No me vuelvas a preguntar eso. Eres capaz de esto y mucho más. No te creas determinada por un profesor que te diga que no puedes”.
En una corrección, ambas maneras se encuentran: el dibujo vuelve visible un camino y el entusiasmo ayuda a que el alumno se atreva a recorrerlo. Corregir no significa reemplazar su pensamiento, sino darle recursos para continuarlo.
La conversación tampoco termina en el alumno. Corregir veinte trabajos significa entrar en veinte proyectos y buscar en cada uno una posibilidad todavía oculta. “De repente aparecen talentos desbordantes y cosas que dices: ‘A mí no se me habría ocurrido esto’”, cuenta Alfonso. Simón guarda dibujos de las correcciones porque una relación o un detalle pueden encender otro pensamiento.
“Lo más lindo es que te mantiene vivo”, resume Alfonso. La docencia evita que una solución exitosa se convierta en la respuesta automática al proyecto siguiente. También mantiene las croqueras abiertas a edificios, escalas y problemas que la práctica privada todavía no les ha permitido abordar.

Todo lo que aún cabe en una croquera
Después de la fábrica vinieron una casa, un quincho y luego viviendas, oficinas, laboratorios y principalmente, viviendas privadas. Alfonso percibe un cambio: “Nos llegan clientes más dispuestos a dejar espacio para que propongamos, que creen en nuestro trabajo. No creo que haya nada más terrible que aburrirse haciendo lo que uno hace”.
Simón piensa en los proyectos que aún no llegan: “Nos gustaría meternos en el mundo público: una biblioteca, un museo, una municipalidad. En el ámbito privado eso no aparece. Queremos proyectos que tengan repercusiones en el espacio público”. También imagina viviendas donde el trabajo alcance los espacios comunes.

Esas escalas ya se acumulan en las croqueras. “Tenemos edificios, museos, cosas que ni siquiera sabemos qué son. Uno se pone a dibujar y sale un proyecto: una cubierta curva de madera que quizás nunca va a pasar en una casa”. La oficina busca concursos y licitaciones capaces de volver construibles esas preguntas.
El otro proyecto es propio. “Nos gustaría hacer un taller, pero no de arquitectura: carpintería, cerámica, tallado en piedra; un lugar donde las cosas que hacemos en la cabeza o en la croquera las podamos hacer ahí mismo”. Alfonso imagina los primeros pisos dedicados a los oficios y la oficina más arriba.
La ambición no es producir cada vez más. “Como somos una oficina pequeña, lo ideal sería tener pocos proyectos al año y dedicarles todo el tiempo posible”.
Quizás esa medida explique mejor a AP Arquitectura que cualquier definición de estilo. Dos proyectos, dos arquitectos, muchas croqueras y el tiempo necesario para que una pregunta deje de ser solamente un dibujo.













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