Kinesióloga de formación y fundadora de The Hygge Plan, Catalina González descubrió en las casas de sus pacientes que un espacio puede modificar el ánimo, facilitar un hábito y devolver cierta autonomía. Hoy diseña desde esa misma atención: antes de pensar en colores o tendencias, escucha cómo vive cada persona, qué necesita conservar y qué quiere hacer posible.
Debajo de la escalera de la casa familiar había un espacio pequeño, casi residual, que Catalina González decidió convertir en suyo. Era la menor de seis hermanos; compartir la pieza, el clóset y buena parte de las cosas era lo habitual. Cuando llegaban los grandes catálogos de tiendas dentro del diario, los recortaba y bajaba con ellos hasta ese rincón. Pegaba en las paredes televisores, refrigeradores, sofás y camas que le gustaban, hasta quedar rodeada por una casa imaginada a su propia escala.
“Era una sensación de seguridad y paz maravillosa”, recuerda. “Aun estando en un espacio colectivo, hacer propios los lugares fue algo que fui haciendo muy intuitivamente desde chica”.
Antes de conocer la palabra interiorismo, Catalina ya había comprendido algo central en su trabajo actual: un espacio no solo se ocupa. También puede resguardar y ayudar a construir una identidad. A veces bastaba con mover un mueble y usarlo como biombo para separar la mitad de la habitación que compartía con una hermana ocho años mayor. Necesitaba que cada lugar contuviera algún rastro suyo.
“Podía ser una repisa del clóset, porque obviamente un clóset sola no tenía, o la mitad de la pieza. Todos esos espacios me interesaba intervenirlos de alguna manera que hablara de mí. Siento que también contenían emocionalmente: tenían la función de hacerte sentir segura, protegida, y de empezar a forjar tu carácter y tu identidad”.
Aquella sensibilidad convivió con otra vocación. Catalina quería trabajar en salud y estudió Kinesiología. Se fue sola a Valparaíso a los diecisiete años, después de obtener una beca, y por primera vez tuvo una habitación propia: una pieza de pensión donde pintó figuras humanas en las paredes, cambió el color de las maderas y cosió sus almohadas.
“No había presupuesto, pero había mucha imaginación. Ese era el mejor recurso que tenía”, dice. La frase todavía permanece en su manera de proyectar.

Entrar en la vida de otros
Catalina ejerció como kinesióloga durante más de diez años. Al comienzo trabajó en una clínica, entre sesiones pautadas y pacientes que pasaban de un box a otro. El sistema permitía atender una lesión, pero dejaba fuera demasiadas cosas: la vida de la persona, sus temores, sus hábitos y la manera en que se movía dentro de su casa.
“Para mí, antes que las enfermedades o los pacientes, están las personas. Están sus miedos y sus anhelos”, explica. “La kinesiología es una carrera muy bonita, dedicada al servicio y al acompañamiento. Acompañar una rehabilitación es algo muy trascendente y me marcó mucho”.
Por eso dejó la atención clínica y comenzó a realizar domicilios. Ya no recibía a una persona dentro de un espacio neutro: entraba en su cotidianidad. Veía dónde dormía, por dónde circulaba, qué le costaba alcanzar y hacia dónde miraba durante las horas más largas del día. Fue allí donde sus dos intereses dejaron de avanzar por separado.
“Siempre digo que mis pacientes fueron mis primeros clientes y también mis primeros maestros. Me di cuenta de que el entorno influye completamente en tu calidad de vida, en tu bienestar y en tus hábitos. Lo vi con mis propios ojos”.
Durante siete años atendió a una mujer que llegó a vivir 107. Catalina conocía sus miedos, sus aprensiones y las pequeñas cosas que aún despertaban su interés. En lugar de pedirle que pedaleara en una bicicleta estática dentro del living, la invitaba a caminar hasta el jardín y podar juntas las rosas. El ejercicio seguía allí, pero incorporado a algo que para ella tenía sentido.
En otras casas comenzó a hacer movimientos mínimos. Si alguien disfrutaba el sol de la mañana, proponía cambiar la posición de la cama. Dos semanas más tarde podía encontrar un ánimo distinto. No se trataba de atribuirle al mobiliario una capacidad milagrosa, sino de reconocer cuánto incide lo inmediato cuando el cuerpo depende de ello.
“Empecé a mover cosas dentro de los hogares. Me gustaba acompañar, pero también ubicar objetos, fomentar hábitos saludables o sacar otros que no lo eran tanto. Ahí pensé: me gustan estas dos áreas, ¿por qué no puedo unirlas?”.

Hacerlo con miedo
La respuesta no llegó de inmediato. Catalina sentía que, para ofrecer un servicio y cobrar por él, debía estar completamente preparada. Le inquietaba ingresar a un ámbito en el que otras personas habían invertido años de estudio y llegó a sentir que su recorrido podía ser insuficiente. Durante un tiempo el miedo produjo inmovilidad.
Hasta que reconoció lo que podía aportar: años de entrar a las casas, observar a las personas en su entorno real y entender el bienestar como una relación entre cuerpo, emoción, hábitos y espacio.
“Me di cuenta de que mi sensibilidad era mi aporte. Todo lo que había aprendido en los domicilios podía entregárselo a otras personas. Entonces decidí unir ambas cosas y hacerlo con miedo no más”.
Se certificó como Health Coach en el Institute for Integrative Nutrition de Nueva York y continuó formándose en diseño e interiorismo. De la salud conserva el interés por la evidencia y los procesos metódicos. Hoy trabaja con un equipo y recurre a arquitectos y especialistas cuando los proyectos requieren otras competencias.
“Mi foco siempre está en la persona. No voy detrás de las tendencias ni de las modas. La experiencia me ha dado muchísimo y la confianza de los clientes es lo más importante. Tampoco tengo ningún problema en pedir ayuda cuando la necesito”.
The Hygge Plan comenzó formalmente hace trece años. Su nombre surgió después de escuchar en Chile una charla de Meik Wiking sobre el concepto danés hygge.
Catalina encontró una palabra para algo que llevaba tiempo intentando construir: no una estética de velas, mantas y cojines, sino una forma de sentirse a salvo y acogido; un lugar del que no se tiene prisa por salir.
“Es más una emoción. Es sentirse seguro y tranquilo en un refugio donde te quieres quedar. Eso es lo que yo quiero que ocurra en un espacio”.

Tres cafés antes del color
Cuando se le pregunta por el sello de The Hygge Plan, Catalina evita responder con una paleta, una materialidad o una imagen reconocible. Le interesa que, al entrar en una casa terminada, nadie diga “esto es muy Catalina”. Prefiere que se reconozca a quienes viven allí: su historia, sus ritmos, las decisiones que han tomado y las cosas a las que han dedicado tiempo.
Para llegar a ese punto necesita conversar. Mucho. “Tomémonos tres o cuatro cafés antes de empezar cualquier cosa”, propone. “Conozcámonos. Quiero saber cuáles son tus hábitos, cuál es tu dinámica familiar, qué quieres cambiar y qué te gusta. Ni siquiera parto preguntando qué colores prefieres. La escucha para mí es vital”.
Catalina pregunta y observa hasta comprender qué espera realmente una persona de su casa. A partir de ahí aparecen algunas constantes. La primera es la calma. Luego, un orden visual que no exige vivir con pocas cosas, sino rodearse de objetos elegidos con intención. Por debajo opera la funcionalidad: soluciones discretas para que lo cotidiano fluya sin convertir la casa en una escenografía.
“Son espacios donde la vida pasa. No son casas perfectas; son casas que se adaptan a la persona. La funcionalidad está siempre en la base, pero puede permanecer invisible. La impresora está, porque se necesita, solo que probablemente encontrará un lugar donde no interrumpa todo lo demás”.
Los materiales naturales aparecen con frecuencia —piedra, madera, fibras, lino y algodón—, pero no funcionan como un catálogo obligatorio. La materialidad debe expresar a quien habita, no sustituirlo. Incluso frente al lujo, Catalina prefiere una presencia silenciosa antes que una pieza escogida únicamente para ser mostrada.
Hay clientes que llegan convencidos de no tener estilo. Ella no les cree del todo. Empieza a “escarbar” hasta encontrar aquello que ya habla de ellos: destapadores de cerveza, cucharitas de té, cuchillos o recuerdos reunidos durante años. Su tarea es reconocer el valor que esos objetos poseen dentro de una biografía y darles un lugar digno.
“Siempre trato de encontrar eso a lo que una persona le ha dedicado tiempo en su vida y en su historia. Me gusta empoderarla y darle un lugar importante dentro de la casa. Que el entorno hable de quienes viven ahí y de cómo quieren vivir”.


Las casas no se terminan
La primera casa donde Catalina pudo poner a prueba estas intuiciones fue la suya. La llama su laboratorio. Durante la pandemia vivía en un departamento con su familia. Ella cocinaba sola mientras los niños estaban al otro lado del muro. Un día miró la pared que dividía la cocina del living y decidió abrirla.
Comenzó con una espátula y retiró material hasta derribar por sí misma la pared; después vendrían las terminaciones. Lo primero no fue una decisión formal, sino una necesidad llevada a la acción: no quería seguir cocinando aislada de su familia.
“Cuando abrí el espacio pensé: ahora ya no estoy sola. Estoy con mis niños, cocino en compañía, me siento mejor y ellos también me sienten presente. Fue una necesidad que llevé de inmediato al acto”.
Una planta puede reorganizar vínculos. Una mesa puede sobrar si nadie la utiliza. Un dormitorio deja de responder cuando los hijos se van. Por eso desconfía de los espacios definitivos: la vida cambia y la casa debería poder hacerlo también.
“Las casas no son estáticas. Están vivas. Un proyecto que comienzo nunca se termina realmente; termina una etapa. Después una persona vuelve y me dice: ‘Mis niños se fueron, estas piezas están sin utilizar, démosles otra mirada’. Es una evolución continua con la persona en su hogar y el diseño está al servicio de eso”.
En ese acompañamiento también importa el presupuesto. Catalina no quiere que la falta de una cifra ideal detenga por completo un cambio.
Cuando un cliente no sabe cuánto podría costar un proyecto, invierte la conversación: pregunta cuánto está dispuesto a destinar y ajusta la escala. Recicla, pinta, transforma y conserva aquellos muebles cuya historia todavía importa. La imaginación que utilizaba en la pensión de Valparaíso sigue operando, ahora convertida en criterio profesional.
“No quiero que el presupuesto sea una limitante para que las cosas pasen. Quizás debemos hacerlo de otra forma o a otra escala, pero hagámoslo igual. Es lo mismo que me ocurrió a mí: que el miedo no te deje sin hacer nada”.



Un bienestar de mayor alcance
Más que hacer crecer The Hygge Plan en tamaño, Catalina quiere ampliar su alcance. Ya ha trabajado en colegios y empresas. En el comedor de una oficina de El Golf instaló un huerto móvil: el aroma de la menta y la posibilidad de detenerse alrededor de las plantas introdujeron una pausa pequeña, pero perceptible, dentro del día laboral.
“Mi diseño está muy ligado a las emociones y a sentirse bien. Me interesa llevar la salud a distintos espacios e instituciones: al lugar donde trabajas, donde tienes que ser eficiente o donde te estás rehabilitando. A veces llegamos a la casa solo a dormir; el entorno que nos influye es mucho más amplio”.

Esa expansión no modifica el punto de partida. Catalina sigue interesada en los gestos concretos y en las preguntas que suelen aparecer antes que cualquier propuesta visual: qué necesita esta persona, qué le hace bien, qué costumbre quiere recuperar, qué objeto merece permanecer y qué cambio podría ayudar a que algo ocurra. Su interiorismo no promete una vida perfecta. Busca crear condiciones más amables y honestas para la vida que ya existe y para aquella que sus habitantes desean empezar a construir.
La niña que empapelaba con recortes el espacio bajo la escalera no estaba ensayando un estilo. Estaba creando un lugar donde podía reconocerse y estar tranquila.
“Esa casita fue como mi primer moodboard», dice Catalina.
Hoy su trabajo conserva el mismo impulso, aunque las dimensiones y las herramientas hayan cambiado: crear espacios que no se limiten a rodear la vida, sino que puedan acompañarla mientras cambia.










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