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Caterina Magnolfi: Nunca es acá

Sep 8, 2026 | Objetos y Arte | 0 Comentarios

Diseñadora de formación y artista visual por un camino que nunca planeó, Caterina Magnolfi Orsini pinta como quien entra a un territorio sin mapa. En sus telas, el color abre paso entre el caos y aparecen formas, planetas y presencias que no pertenecen del todo a este mundo. Ella no intenta controlar el viaje: escucha, prueba y deja que la obra le muestre por dónde seguir.

La ventana se abre. Antes de comenzar, Caterina Magnolfi corre un poco la cortina. La imagen estaba oscura; ahora la luz entra mejor. Se acomoda frente a la pantalla y corrige, de inmediato y con una sonrisa, el nombre con que debemos llamarla.

—Cate. Cate —dice.

Y con eso basta para entender cómo será la conversación. Cate habla rápido, se ríe, se desvía y encuentra otra idea en medio de una frase. Su historia no avanza como una línea ordenada. Se parece más a sus cuadros: una forma conduce a otra y, de pronto, todo comienza a sostenerse.

Para entrar en su obra hay que aceptar esa regla: no sabemos exactamente adónde vamos. Ella tampoco.

La niña en el suelo

La primera escena ocurre mucho antes del taller. Cate es una niña sentada en el suelo de su pieza, rodeada de lápices, pinturas, hojas, géneros y costureros. Tiene una croquera cerca y escribe en su diario de vida. Simplemente está ahí, haciendo lo que siempre ha hecho.

—Yo era de esas niñitas que andaban con sus lápices y sus libritos para todos lados. Siempre tuve atril, siempre tuve pinturas. Como que no es que se me haya despertado algo: siempre fue.

Durante la adolescencia llegaron las preguntas existenciales, la escritura y la música. En su pieza tenía unos parlantes antiguos que tomaba prestados de sus padres. Años después, cuando intenta explicar cómo se relaciona con una pintura, vuelve a esa sensación: escuchar algo que no siempre puede nombrar, pero que reconoce.

En la familia había una sensibilidad creativa repartida. Su madre era muy creativa; una de sus abuelas tocaba piano y a su padre le gustaban el teatro y la música, aunque había estudiado ingeniería. Sus cuatro abuelos eran italianos. Cate vivió con tres de ellos y compartió habitación con una tía abuela. En casa se hablaba italiano, se escuchaba música italiana y la vida ocurría con volumen alto.

—Era todo italiano: para comer, para gritar, para llorar, para reír. Todo así.

Esa herencia acompaña los primeros capítulos: voces superpuestas, telas, canciones y conversaciones que difícilmente ocurrían en voz baja.

Un oficio después de otro

Cate estudió Diseño de Vestuario y Textil. La formación le entregó un lenguaje visual y la llevó por distintos territorios: tuvo una casa de alta costura, trabajó con prêt-à-porter y cuero, diseñó y produjo vitrinas. De todo aquello, las vitrinas fueron lo que más le gustó.

Las vitrinas reunían un espacio vacío, objetos que entraban en relación y una imagen capaz de detener a quien pasaba. Pero el montaje ocurría de noche y exigía horarios difíciles de conciliar con la vida familiar. Cuando quedó embarazada de su primera hija, esa etapa comenzó a cerrarse.

Después vinieron otros aprendizajes y oficios. Estudió Flores de Bach, abrió una consulta y se adentró más tarde en la cosmética natural. Durante cinco años sostuvo La Bañera, su propia marca. También estudió astrología, tarot esotérico y filosofía.

—Soy muy inquieta, sí. He estudiado varias cosas, pero siempre me he dedicado como al mundo del arte.

Una mesa demasiado grande

El giro no llegó como una decisión heroica. Llegaron el estallido social y, poco después, la pandemia. La casa se llenó de computadores, clases a distancia, lápices, pinturas y hojas. Cate compró una madera enorme y armó una mesa donde sus dos hijos pudieran instalarse durante el día.

Ella se sentó con ellos.

—Estábamos todos ahí: los computadores de los niños, el mío, los lápices, todo lleno. Y dije: “¿Qué hago con tanto tiempo?”. Me puse a estudiar filosofía esotérica.

La información de las clases avanzaba más rápido que sus apuntes. Había planetas, símbolos e ideas que no alcanzaba a escribir, así que comenzó a dibujarlos. Un día fotografió uno de esos dibujos y lo compartió. Los comentarios preguntaban cuánto costaba.

—Me empezaron a cotizar: “Ay, qué lindo, ¿cuánto cuesta?”. Y ahí dije: “Aquí hay algo”.

No lo había buscado. La pintura apareció como algo que simplemente se dio. Compró materiales y comenzó a pintar durante horas, mientras afuera el tiempo parecía suspendido.

Así pasó la pandemia: probando, mirando y abriendo una puerta sin saber qué había del otro lado.

Nunca es acá

Frente al lienzo, Cate no parte con una imagen cerrada. Puede escoger una familia de colores o reconocer ciertas formas que la acompañan en ese momento, pero no dibuja un destino antes de comenzar. Para ella, el lienzo es un espacio incierto. La obra avanza hasta encontrar una especie de equilibrio y solo entonces empieza el diálogo.

—Nunca sé mucho qué voy a comunicar. No trato de controlar la obra; le doy rienda suelta hasta que empieza a sostenerse por sí misma. Ahí empiezo a comunicarme con ella y a entenderla.

Si existe una dirección, está lejos de la representación literal. No es la flor que está sobre una mesa ni la casa que se ve desde una ventana. No es, en realidad, algo que podamos reconocer por completo.

—El concepto es como otro mundo. Nunca es acá. Nunca es la flor, nunca es la casa. Es muy difícil que yo haga algo como de este planeta. Siempre es otro lugar: un viaje, un cohete, un marciano, un tren, un mundo que no existe.

En esas superficies aparecen figuras, recorridos y señales de una cartografía todavía sin traducción. La astrología, la energía y su mundo interior alimentan esa imaginación, no como una pauta que deba ilustrar, sino como puertas hacia otras dimensiones.

Su técnica también se resiste a una fórmula rígida. Trabaja principalmente con acrílico, pero incorpora pastel seco, tinta y spray. Usa pincel, rodillo, espátula y lo que tenga a mano. Su paso por el diseño se reconoce en el lenguaje gráfico y el color, aunque ella celebra no haber pasado por una escuela de arte.

—Por suerte no fui —dice, entre seria y riéndose.

Habla de la libertad que encontró al no saber cuáles combinaciones podían considerarse incorrectas, qué material debía ir con cuál o qué esperaba un curador de una obra.

—Yo hago lo que me nace nomás. A la gente le gustará o no. Como no pasé por una escuela, no tengo esa información en la cabeza que te dice “esto con esto se va a ver mal” o “esto no se hace”.

Su aprendizaje ha ocurrido dentro del taller, con materiales que debía probar y decisiones que solo podía comprender después de verlas sobre la tela.

La parte de la canción que uno canta

Para explicar de dónde nace una forma, Cate vuelve a la música. Podemos escuchar una canción casi completa en silencio, hasta que llega una frase específica y la cantamos sin pensarlo. Esa parte se enlaza con algo que estaba adentro.

—A mí me pasa lo mismo con mi arte. Está ahí nomás. Lo escucho. Me escucho a mí misma.

Esa escucha cambia. Hubo una etapa en que llenaba formatos grandes con elementos pequeños y mucha información. Luego amplió las formas, permaneció más tiempo dentro de un color y dejó respirar la superficie.

Sus cuadros acompañaron períodos de vida que solo logró identificar después. La maternidad, las idas y vueltas del colegio, una separación o la necesidad de recuperar calma entraban a la tela antes de transformarse en pensamientos conscientes.

—La pintura refleja el estado inconsciente en el que estás, pero una se da cuenta después. Yo soy más lenta. A veces miro algo de hace un año y digo: “Ah, claro, estaba pasando todo esto”.

Lo compara con volver a escuchar una banda asociada a una época: reaparecen el lugar, el ánimo y la persona que uno era entonces. Sus obras no cuentan literalmente lo sucedido; conservan su ritmo.

El color, en cambio, permanece. Puede cambiar la escala, puede pasar de lo figurativo a lo abstracto, puede reducir la información o volver a multiplicarla. La intensidad cromática sigue ahí como una coordenada reconocible.

—Dentro de todo el caos, el color es la esperanza de la obra.

Color contra el gris

Cate habla de la energía de los colores y de su capacidad para modificar un espacio. Si pudiera escoger lo que una persona siente frente a sus cuadros, elegiría alegría, optimismo y esperanza: la posibilidad de imaginar que la vida puede ser algo más que pagar cuentas y cumplir tareas.

—Me gustaría que la gente viviera con alegría, con oportunidades, con un mundo creado por ellos, con sueños que se pueden cumplir. No en una oscuridad grisácea, café, donde están todos chatos de cumplir, cumplir, cumplir. Chao. Que se expandan, que vivan.

Esa invitación llega también a los espacios cotidianos. Cate trabaja mucho por encargo y se ha especializado en formatos grandes, capaces de habitar el muro principal de una casa. Las personas llegan a ella por galerías, recomendaciones o Instagram.

En muchas casas chilenas, observa, el color sigue tratándose con cautela. Abundan los blancos, negros y tonos neutros; elegir una pieza intensa parece una decisión de la que hubiera que estar completamente seguro.

—Chile es súper pacato. No se atreven. Pero igual te puedes atrever a poner un poquito de color en tu casa. No pasa nada. Y si te aburres, lo sacas.

Lo dice riéndose: un cuadro puede abrir un portal a otra dimensión y también convivir con el sillón.

Un check hacia adentro

Cuando se le pregunta por exposiciones, Cate no responde con una lista de metas. Preparar una requiere tiempo, dinero y un período largo dedicado a producir. Hoy, con dos hijos y una vida que sostener, no es su prioridad. Quizás lo sea más adelante, pero no siente que deba correr para cumplir ese hito.

—Una exposición te valida, como que ya, expusiste en tal galería, hiciste el check. Pero parece que yo quiero, más que hacer un check hacia afuera, hacer un check hacia adentro. Seguir explorando.

Su ambición está puesta en otra parte: depurar la técnica y descubrir hasta dónde puede llevar algo que aprendió mientras lo hacía. Todavía le asombra decirse: “No sabía que yo podía hacer esto de esta manera”.

Agradece que su trabajo encuentre personas, casas y miradas. Pinta desde esa gratitud, no desde la necesidad de convertir cada pieza en una declaración trascendental.

—Estoy feliz en mi taller, pintando. Que nadie me diga que el formato tiene que ser este, que la tipografía tiene que ser esta o que tal día tengo que estar acá. No necesito tanto. No necesito más.

Seguir el cauce

Hacia el final de la conversación, Cate menciona una idea que le sirve para vivir y para pintar: el camino del Tao, la no resistencia. Soltar el control, confiar y adaptarse, como el agua que encuentra por dónde continuar sin dejar de ser agua. Vivir, realmente, en armonía con el curso natural de las cosas.

Durante años pasó de una práctica a otra: vestuario, vitrinas, terapias complementarias, cosmética, filosofía, astrología. La pintura no borró esos recorridos. Los reunió de una manera que no habría podido planificar.

—Yo creo que mi arte nace bastante desde ahí. Desde soltar. Desde confiar.

La entrevista termina. Cate queda otra vez en su taller, frente a una obra que aún no sabe lo que será. Afuera existen plazos, cuentas y calendarios. Adentro, el color comienza a moverse. Puede aparecer un planeta, una nave o una señal que no pertenece a ningún idioma conocido.

No hay mapa. Nunca es acá.

Y esa es, precisamente, la libertad.

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