Hay dibujos que buscan parecer reales. Los de Constanza Santa María buscan algo mucho más difícil: parecer vivos. Antes de que aparezca el primer caballo, antes incluso de que el pastel seco roce la tela, ya existe un movimiento. Está en las manos que tantean la superficie como quien busca un pulso. Está en el polvo oscuro que lentamente comienza a cubrir la mesa de trabajo. Está en el silencio del taller, interrumpido apenas por el resoplido de un caballo que espera al otro lado de la ventana. Nada de eso forma parte del dibujo y, sin embargo, allí comienza.
La escena se repite casi todos los días en una parcela de Chicureo, donde la artista vive junto a su familia y donde el paisaje parece haberse infiltrado en cada rincón del proceso creativo. Desde el taller se alcanzan a ver las pesebreras, los árboles que rodean el campo y los animales que se desplazan con una calma que solo se rompe cuando alguno decide echar a correr.
Es un lugar donde la vida y el trabajo nunca han aprendido a separarse. Mientras dibuja puede escuchar el sonido de un casco golpeando la tierra, observar cómo una yegua protege a su cría o detenerse unos minutos para seguir la conversación silenciosa de una manada. Todo eso termina llegando al papel mucho antes que la anatomía, el claroscuro o la composición.
Quien conoce su obra por primera vez suele quedarse atrapado por la precisión del dibujo. Los músculos parecen tensarse bajo la piel, la luz acaricia cada volumen con una delicadeza casi fotográfica y las miradas poseen una intensidad que obliga a detenerse algunos segundos más de lo previsto.
Sin embargo, basta escucharla hablar para comprender que el virtuosismo nunca ha sido el destino de su trabajo. Es apenas una herramienta. Lo que realmente persigue ocurre en un lugar mucho más difícil de nombrar.
«El caballo terminó siendo un mediador. Yo les doy las gracias porque son ellos quienes me permiten transmitir este mensaje.»
La frase aparece temprano en la conversación y, sin saberlo, resume toda una trayectoria. Porque, aunque los caballos ocupen el centro de sus grandes formatos desde hace más de quince años, nunca han sido el verdadero tema de su obra.
Constanza no dibuja animales. Dibuja la fuerza y la fragilidad, el impulso y la quietud, el miedo, la calma y esa energía invisible que atraviesa a todo ser vivo. El caballo simplemente presta su cuerpo para hacer visibles emociones que pertenecen también al ser humano.

Quizás por eso resulta tan difícil mirar uno de sus dibujos como si fuera un retrato ecuestre. Hay algo que siempre parece estar a punto de ocurrir. Un cuello que se arquea antes del movimiento. Una respiración contenida. Una mirada que no termina de fijarse en un solo lugar. Sus obras transmiten la sensación de que el papel todavía no ha conseguido inmovilizar aquello que representa, como si el dibujo se resistiera a convertirse en una imagen definitiva.
Esa búsqueda no nació de una decisión intelectual. Comenzó mucho antes de que existiera un taller, una galería o un lenguaje propio. Comenzó en una casa donde el arte nunca fue una actividad extraordinaria, sino una forma cotidiana de entender el mundo.
Constanza es la menor de cuatro hermanos y creció en una familia donde la creatividad ocupaba el mismo lugar que otras familias reservan para las conversaciones de sobremesa.
Su padre, fotógrafo, pasaba largas temporadas viajando y registrando paisajes de Chile y del extranjero; su madre, diseñadora textil, transformaba las ideas en objetos con una disciplina que todavía hoy admira. Entre ambos construyeron un ambiente donde crear no era un oficio misterioso, sino un idioma que se aprendía casi sin darse cuenta.
«Mi papá es fotógrafo y mi mamá diseñadora textil. Desde muy chicos vivimos rodeados de imágenes, de procesos creativos. Íbamos al estudio de mi papá, veíamos las diapositivas, cómo aparecían las fotografías, cómo se armaban los diaporamas. Era el lenguaje que se vivía nomás.»
Mientras recuerda esa época no habla de grandes lecciones ni de momentos fundacionales. Evoca una forma de crecer donde el arte nunca necesitó justificarse porque simplemente estaba ahí. Cada uno de los hermanos terminó encontrando un camino distinto —la historia del arte, el movimiento corporal, el cine, la montaña—, pero todos compartieron esa manera de observar el mundo con curiosidad antes que con certezas.
Si de su padre heredó la imaginación, de su madre recibió una enseñanza igual de decisiva: la capacidad de transformar una intuición en un trabajo cotidiano. No recuerda discursos sobre el esfuerzo. Los vio encarnados durante años en una mujer metódica, rigurosa y profundamente creativa, capaz de sostener un oficio sin perder nunca la sensibilidad.

«Mi mamá me enseñó a concretar y mi papá me enseñó a soñar. Es una buena mezcla, porque uno puede imaginar todas estas cosas, pero después tiene que atreverse a hacerlas.»
Hay algo revelador en esa frase. Habla de la imaginación, pero inmediatamente aparece el verbo atreverse. Como si crear no dependiera únicamente del talento, sino también de la decisión cotidiana de confiar en una intuición cuando todavía nadie más puede verla. Esa idea volverá una y otra vez a lo largo de su historia, primero en el dibujo, después en el flamenco, más tarde al abrir su propia galería y, finalmente, cada vez que una obra abandona el taller para comenzar una vida propia.
Pero antes de que los caballos aparecieran en sus dibujos hubo otro lenguaje que capturó toda su atención: el movimiento.
Desde niña llenó sus tardes con talleres de dibujo, teatro y distintas disciplinas artísticas. En el colegio encontraba cualquier excusa para participar en montajes, exposiciones o presentaciones, fascinada por la posibilidad de contar algo a través del cuerpo. El escenario nunca le produjo miedo. Al contrario, le despertaba una curiosidad difícil de explicar.
Fue esa fascinación la que, al terminar el colegio, la enfrentó a una decisión que parecía capaz de cambiarlo todo. Durante meses dudó entre estudiar Arte o dedicarse profesionalmente a la danza.
El flamenco ya ocupaba un lugar importante en su vida y la intensidad de ese lenguaje corporal la conmovía tanto como el dibujo.
«Cuando salí de cuarto medio estaba entre estudiar danza o estudiar arte. Al final pensé que una la podía estudiar en la universidad y la otra vivirla con toda la dedicación posible.»
Eligió Bellas Artes. El flamenco, sin embargo, nunca dejó de acompañarla. Continuó bailando durante años, asistiendo a ensayos, presentaciones y viajes con su academia, convencida de que ambas disciplinas podían convivir sin estorbarse. Durante mucho tiempo creyó que se trataba de dos pasiones distintas.
Hasta que un día, casi por accidente, comprendió que siempre habían estado hablando el mismo idioma.

El lenguaje del cuerpo
Durante años el dibujo y el flamenco ocuparon lugares distintos dentro de su vida. Uno pertenecía al taller; el otro, al escenario. Uno exigía silencio y observación; el otro nacía del ritmo, del zapateo y de una intensidad física que parecía recorrer el cuerpo completo. Constanza nunca sintió la necesidad de elegir entre ambos. Le bastaba con que convivieran, aunque todavía no entendiera qué los unía.
La respuesta apareció cuando dejó de mirar las formas y empezó a mirar el movimiento.
«El caballo tomó protagonismo cuando lo relacioné con el bailador de flamenco. Ahí fue como si se me hubiera corrido una venda de los ojos. Dije: esto es exactamente el mismo lenguaje corporal.»
Lo recuerda como esos descubrimientos que, una vez ocurridos, parecen evidentes. Desde entonces ya no pudo volver a observar un caballo sin reconocer en él la misma tensión que veía sobre un tablao. El impulso contenido antes de arrancar, la energía acumulada en los músculos, el silencio que antecede a una explosión de movimiento. Todo estaba allí.
«El galope de un caballo en la tierra es el mismo que el taconeo de una mujer en un tablao. Agarra fuerza, después viene un silencio, vuelve a explotar… Son los mismos vaivenes emocionales.»
Aquella intuición terminó convirtiéndose en el eje de toda su obra. No porque el flamenco pasara a ser un tema recurrente en sus dibujos, sino porque le permitió comprender que el cuerpo siempre habla antes que las palabras. Un caballo, igual que un bailaor, puede transmitir fuerza, vulnerabilidad, orgullo, miedo o deseo sin necesidad de explicar nada. Basta una postura, un aliento o una mirada.
Desde ese momento dejó de interesarle el caballo como objeto de representación. Lo que quería dibujar era aquello que ocurría por debajo de la anatomía.
«La bailaora puede tener la fuerza de una yegua. Y las yeguas también son salvajes. Entonces ya no estás hablando de algo femenino o masculino. Estás hablando del ser humano en su parte más primitiva.»

Habla de esa animalidad con una delicadeza que desarma cualquier interpretación literal. No se refiere a la violencia ni al instinto descontrolado. Piensa en un lugar mucho más profundo: ese territorio donde todavía reaccionamos antes de racionalizar, donde el cuerpo reconoce emociones que la cabeza aún no consigue nombrar.
Quizás por eso sus caballos nunca parecen domesticados. Incluso cuando permanecen inmóviles, conservan una energía latente, una tensión que el espectador alcanza a percibir sin saber exactamente de dónde proviene.
«¿Qué pasa si logro que el espectador conecte con su lado más animal, con esa parte que vive sin tanta razón? Eso es lo que me interesa.»
La pregunta queda suspendida entre nosotros durante algunos segundos. Es imposible no pensar que, en realidad, también describe la experiencia de enfrentarse a sus dibujos. Hay algo en ellos que obliga a bajar el volumen del pensamiento para dejar espacio a una percepción mucho más intuitiva.
La convivencia diaria con los caballos terminó confirmando esa intuición inicial. Desde el taller puede observarlos durante horas sin necesidad de intervenir. Los ve desplazarse en grupo, proteger a sus crías, marcar distancias, acercarse con curiosidad o permanecer completamente quietos mientras el viento mueve apenas la crin. Es una observación paciente, casi silenciosa, donde cada gesto va construyendo un archivo emocional mucho más valioso que cualquier fotografía.
Se trata de la manera en que todos habitamos el mundo. La protección, el miedo, la competencia, el afecto o la pérdida cambian de forma, pero no de significado. El caballo se convertierte en espejo.
«No me interesa hacer un retrato clásico. Me interesa que aparezca algo mucho más profundo.»
Constanza parece agradecerles haber encontrado en ellos un lenguaje capaz de hablar de aquello que siempre le interesó: la vida en su estado más esencial. Sus dibujos no buscan registrar un instante perfecto, sino conservar esa vibración invisible que existe apenas antes de que algo suceda.
Y es justamente ahí donde comienza otra búsqueda, una igual de silenciosa, pero mucho más física. Porque si el movimiento es el corazón de su obra, la técnica debía encontrar una manera de no apagarlo.
El desafío nunca fue aprender a dibujar un caballo… fue conseguir que, al terminar el último trazo, siguiera respirando.

La huella de las manos
Hay una frase que Constanza repite varias veces durante la conversación y que termina revelando mucho más que su manera de trabajar: le gusta hacer magia con muy pocos elementos.
Sobre la mesa descansan unas pocas barras de pastel seco, una goma de borrar, algunos paños y una superficie donde el dibujo comienza a construirse lentamente, capa sobre capa, hasta encontrar el equilibrio que busca.
«Uso muy pocos materiales y trato de darles toda su razón de ser. Me gusta hacer magia con algo muy simple, con algo muy honesto. El desafío no está en sumar cosas, sino en descubrir hasta dónde pueden llegar esos pocos elementos.»
Mientras habla, resulta evidente que el verdadero instrumento no está sobre la mesa, sino en sus manos. Los dedos desplazan el pigmento, la palma suaviza las transiciones y la goma de borrar deja de cumplir la función para la que fue creada. En lugar de eliminar, revela. Extrae la luz escondida bajo el negro, recupera el brillo de un músculo o la humedad de un ojo, genera respiraciones. Así, construyendo el dibujo tanto por adición como por ausencia.
La palabra respiraciones no aparece por casualidad. Mientras explica su proceso vuelve, casi sin darse cuenta, al mismo concepto que ha atravesado toda la conversación. Cada decisión técnica está al servicio de una única búsqueda: que la imagen conserve vida. No basta con que un caballo esté correctamente dibujado; necesita transmitir la sensación de que todavía podría mover una oreja, tensar el cuello o cambiar la dirección de su mirada un segundo después.
«Si hice un trazo y no resultó, no existe un control Z. La goma puede sacar luces, pero ese gesto ya quedó ahí. Siempre he pensado que eso también tiene algo de analogía con nosotros. No podemos borrar lo que pasó ayer. Todo deja una huella.»

La reflexión aparece sin solemnidad, como si fuera una conclusión inevitable después de tantos años de dibujar. El material termina comportándose igual que la memoria: guarda el registro de cada decisión, incluso de aquellas que ya no se ven. Bajo la superficie de un dibujo permanecen ocultos todos los movimientos que hicieron posible la imagen final, del mismo modo que bajo la aparente calma de una persona sobreviven las experiencias que la fueron moldeando.
Esa manera de entender el oficio también explica por qué nunca trabaja con un resultado completamente definido. Antes de comenzar puede existir una idea, una emoción o una dirección, pero no un destino cerrado. Necesita dejar un espacio para el descubrimiento.
«Más vale que me sorprenda, porque si no me aburriría. Llevo tantos años dibujando caballos y sigo haciéndolo porque cada cuadro me lleva a un lugar distinto. Hay veces que miro trabajos antiguos y pienso: aquí había una soltura que hoy no tengo. Entonces trato de volver ahí. Me pregunto qué cambió conmigo, no con el dibujo.»
La respuesta casi nunca está en la técnica. Está en ella misma. En el momento que atraviesa, en la manera en que el tiempo, la maternidad o las experiencias recientes modifican inevitablemente la forma de mirar.
Para Constanza, cada obra termina siendo un autorretrato mucho más profundo de lo que aparenta. Los caballos cambian porque cambia la mujer que los dibuja.
Es una idea que se vuelve especialmente evidente cuando habla de aquellas obras que siente verdaderamente logradas. En ningún momento menciona el nivel de detalle, la precisión anatómica o el dominio del oficio. Siempre vuelve a la misma palabra: Vida.
«Ojalá mis obras nunca parezcan muertas. Si una imagen se ve sin vida, siento que algo también se está secando dentro de mí. Lo que busco es que tengan alma, que haya algo invisible que las haga respirar.»
Esa búsqueda deja de parecer una metáfora. Es, probablemente, la mejor definición de su trabajo. No importa si el dibujo representa un caballo, una bailaora o un simple gesto. Lo único verdaderamente irrenunciable es que conserve esa vibración imperceptible que hace olvidar al espectador que está frente a una superficie inmóvil.
Porque, al final, la técnica nunca ha sido el destino de su obra. Ha sido apenas el camino para acercarse, una y otra vez, a esa pregunta que todavía sigue persiguiendo cada vez que entra al taller y se cubre las manos de polvo negro: cómo lograr que una imagen continúe respirando cuando el dibujo ya ha terminado.

La forma del silencio
Hay momentos en que una conversación parece encontrar, casi sin buscarlo, una imagen capaz de contener todo lo que se ha dicho antes. Ocurre cuando Constanza habla de su próxima exposición. No porque quiera anunciarla, sino porque el título elegido termina nombrando con una precisión inesperada la manera en que entiende su trabajo. La forma del silencio es el nombre de la muestra que inaugurará el próximo 23 de julio en Area Design, pero también podría ser una definición de toda su obra.
La invitación surgió desde una afinidad que fue evidente desde el comienzo. Area Design ha construido una identidad donde el diseño dialoga con la calma, la honestidad de los materiales y una manera pausada de habitar los espacios. Maderas nobles, texturas primarias y objetos que encuentran su belleza en lo esencial forman parte de un universo que Constanza siente cercano al suyo. No se trata únicamente de compartir un lugar de exhibición, sino una sensibilidad.
«Fue muy lindo lo que se creó, porque ellos trabajan objetos para habitar, pero hay una filosofía detrás que me encanta. Todo habla de la calma. De materiales muy honestos, muy primitivos y muy bien elaborados. Entonces empezamos a pensar cómo unir esa manera de habitar con la forma en que yo construyo estas imágenes desde el silencio.»
La exposición nace justamente desde ese punto de encuentro. Los animales vuelven a aparecer como protagonistas, acompañados por las texturas y los gestos que han definido su pintura desde el inicio, pero ahora dialogan con un espacio que comparte esa misma búsqueda por la contemplación y la materia. Todo parece responder a una pregunta silenciosa: cómo una obra puede habitar un lugar sin imponerse, encontrando su fuerza precisamente en aquello que no necesita levantar la voz.

Mientras el público todavía espera la inauguración, el taller vive uno de esos períodos de concentración absoluta que preceden a cada muestra. Son semanas en las que cada obra exige tiempo, presencia y una entrega difícil de explicar desde fuera. Pintar continúa siendo un acto íntimo, pero exponer implica aceptar que esa intimidad dejará de pertenecer únicamente a quien la creó.
«Antes de cada muestra uno entrega mucho de sí mismo. Mucha pasión, corazón, expectativas, miedo, ansiedad. Después llega el momento de mostrar el trabajo y tienes que tener cuero duro. Hay que estar muy entero para ese instante.»
No hay dramatismo en sus palabras, sino la conciencia de que toda creación conlleva una forma inevitable de vulnerabilidad. Durante meses las pinturas conviven con ella en el silencio del taller; luego llega el momento de soltarlas y permitir que encuentren otras miradas, otras interpretaciones y nuevas historias. En ese tránsito también hay una forma de confianza.
Quizás por eso La forma del silencio termina siendo mucho más que el nombre de una exposición. Es una síntesis de la manera en que Constanza entiende la creación: un trabajo que nace despacio, que encuentra en la observación su principal herramienta y que confía en que las imágenes, igual que los animales que retrata, no necesitan imponerse para permanecer en la memoria.

Abrir las puertas
Hay artistas que construyen un taller para proteger el silencio. Constanza hizo algo distinto: decidió compartirlo.
La idea no apareció de un día para otro. Fue tomando forma lentamente, a medida que comprendía que los dibujos no nacían únicamente de su oficio, sino también del lugar donde transcurría su vida. El campo, los caballos, la rutina familiar, el sonido del viento entre los árboles y la quietud de las mañanas formaban parte de cada obra mucho antes de que el pastel tocara la tela. Separar los cuadros de ese paisaje era, de alguna manera, desprenderlos de una parte esencial de su historia.
Hoy su casa, el taller y la galería conviven con una naturalidad que parece haber estado ahí desde siempre. Mientras una visita observa un dibujo apoyado sobre la pared, no es extraño que un caballo pase al otro lado de la ventana o que alguno de sus hijos atraviese el jardín corriendo detrás de un perro. Nadie interrumpe a nadie. Todo pertenece al mismo relato.
«Mi vida es así. Los caballos están ahí, son parte del paisaje de todos los días. He visto parir yeguas, he visto cómo cuidan a sus crías, cómo se organizan. Mis niños también crecen viendo eso. No estoy inventando un mundo para pintar; estoy pintando el mundo donde vivo.»
Hay una honestidad muy particular en esa frase. Constanza no necesita salir a buscar inspiración porque nunca ha dejado de vivir dentro de ella. Su obra no nace de una observación distante, sino de una convivencia cotidiana con aquello que dibuja.
Quizás por eso resulta tan difícil separar a la artista de la mujer, o el taller de la casa. Todo parece formar parte de un mismo ecosistema donde la creación ocupa el mismo lugar que cocinar, acompañar una tarea escolar o salir a recorrer el campo.
La maternidad tampoco aparece en su relato como un punto de quiebre, sino como una transformación silenciosa. Cambió sus tiempos, sus prioridades y la forma de organizar los días, pero sobre todo modificó su manera de observar. La obligó a detenerse más, a aceptar que la creación también tiene ritmos propios y que, muchas veces, una buena idea necesita esperar.
«No puedo separar el proceso creativo de mi vida. Si estoy viviendo un duelo, si estoy feliz, si tengo miedo o estoy llena de alegría, todo eso aparece en los dibujos. Es imposible que una cosa no atraviese a la otra.»
La frase explica mucho más que cualquier discurso sobre inspiración. Para Constanza, la obra nunca ocurre al margen de la vida. Es la vida la que termina encontrando una forma de convertirse en imagen.




Seguir respirando
Durante años expuso en galerías y espacios colectivos, recorriendo el camino habitual de muchos artistas jóvenes. Fueron experiencias necesarias, recuerda, porque le permitieron aprender el oficio de mostrar su trabajo. Sin embargo, con el tiempo comenzó a sentir que algo quedaba fuera de la experiencia. Las personas conocían los dibujos, pero no alcanzaban a entender el lugar desde donde habían nacido.
La idea de abrir una galería en su propia casa apareció casi como un acto de intuición. También de valentía.
«Cuando decidí hacerlo me sentí súper cara de palo. Pensaba: ¿quién soy yo para abrir un espacio propio? Uno sale de la universidad y nadie te enseña cómo construir una carrera. Pero después entendí que tenía que facilitarme la vida y crear un lugar coherente con lo que soy.»
Hoy sonríe al recordar esos temores. No porque hayan desaparecido por completo, sino porque aprendió a convivir con ellos. Abrir ese espacio fue mucho más que una decisión práctica. Fue aceptar que su obra ya tenía una identidad lo suficientemente sólida como para sostener un lugar propio.
Y ese lugar nunca aspiró a parecer una galería convencional.
Aquí no hay muros blancos completamente aislados del exterior ni un recorrido cuidadosamente diseñado para olvidar el mundo de afuera. Todo ocurre exactamente al revés. El paisaje entra constantemente en la exposición. El olor de la tierra, el sonido de los caballos y la luz que cambia durante la tarde terminan formando parte de la experiencia de quien visita el taller.
«Estoy convencida de que si el arte no se une con la experiencia del espectador, no vale. Uno también se enamora de una obra por lo que vivió cuando la conoció.»
La frase resume una convicción que atraviesa todo su trabajo. Un cuadro no termina en el marco. Continúa en la memoria de quien lo observa, en el lugar donde fue descubierto y en la emoción que logró despertar. Quizás por eso sus exposiciones anuales se parecen menos a una inauguración tradicional y más a una invitación a entrar, por unas horas, en el universo donde esas imágenes comenzaron a existir.
Una de esas noches permanece especialmente viva en su memoria.

Los asistentes recorrían la muestra cuando, de pronto, las luces comenzaron a bajar. En lugar de música apareció un sonido áspero, casi imperceptible al principio. Era el roce del pastel seco sobre la tela, grabado mientras Constanza dibujaba en el taller. Después llegó una respiración. Luego otra. Finalmente, el golpe seco de un casco sobre la tierra. En medio del picadero apareció una bailaora. Minutos más tarde entró un caballo. No había necesidad de explicar nada.
El diálogo que durante años había existido en sus dibujos estaba ocurriendo, por primera vez, frente a los ojos del público.
Mientras lo recuerda vuelve a emocionarse, recordando las lágrimas que cayeron por sus mejillas en ese momento. No habla del éxito de la puesta en escena ni de la reacción del público. Habla de una sensación mucho más íntima: la de haber visto cómo todas las piezas de su propio lenguaje terminaban encontrándose en un mismo lugar.
El dibujo. El movimiento. El cuerpo. La respiración. El caballo. La vida. Todo aquello que durante años había buscado sobre el papel existía, por unos minutos, delante de ella y comprendió que, quizás, el verdadero sentido de su trabajo nunca había sido hacer dibujos extraordinarios, había sido crear experiencias capaces de permanecer vivas, respirando, mucho después de abandonar el taller.









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