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Maderiza: Construir respuestas

Jul 14, 2026 | Diseño de Autor | 0 Comentarios

Antes de fundar Maderiza, Mario Beroiza aprendió en la construcción que ningún proyecto comienza cuando aparecen los materiales. Desde Temuco, esa misma forma de observar, anticipar y comprender los espacios ha dado origen a una empresa donde el diseño, el oficio y la colaboración convergen para encontrar respuestas que perduren en el tiempo.

Un plano nunca es completamente silencioso. En la obra se llena de estacas, lienzas tensadas, niveles, marcas sobre la tierra y decisiones que deben tomarse antes de que exista el primer muro. Durante sus primeros años en construcción, Mario Beroiza aprendió precisamente ahí: en ese instante donde una idea deja de ser un dibujo para empezar a ocupar un lugar real.

Como trazador entendió que unos pocos centímetros podían alterar el desarrollo completo de una obra. Que detrás de una construcción bien ejecutada existían cientos de decisiones invisibles. Y, quizás sin saberlo entonces, comenzó a formar una manera de mirar que años más tarde terminaría dando origen a Maderiza.

Pero esa forma de mirar había comenzado incluso antes.

Desde niño existía una curiosidad casi inevitable por descubrir por qué las cosas funcionaban, o por qué dejaban de hacerlo. Una puerta que no cerraba bien, un mecanismo que podía repararse o un objeto que parecía tener una solución mejor despertaban siempre la misma necesidad: entender antes de intervenir.

«Siempre me gustó arreglar cosas. Si una puerta no funcionaba, quería saber por qué. Me llaman la atención que las cosas bien hechas. Más que usarlas, me interesaba entender cómo funcionaban».

Con los años comprendió que esa curiosidad no era solamente una característica personal. Era una manera de enfrentar el trabajo.

Mientras muchos descubrían la construcción desde la universidad, Mario lo hizo desde la obra. Antes de estudiar Ingeniería en Construcción ya trabajaba como trazador, trasladando planos al terreno y participando del momento menos visible, pero probablemente uno de los más determinantes de cualquier proyecto.

«Ahí conocí la construcción de verdad. Me di cuenta de que me gustaba estar en terreno, ver cómo las cosas iban pasando. Yo pensaba que la arquitectura era mucho más de oficina, pero cuando entré a una obra descubrí un mundo que me gustó mucho más».

Aquellos primeros años dejaron una marca que todavía atraviesa su trabajo. Aprendió que un buen proyecto no depende solamente de una buena idea. También necesita precisión, coordinación y la capacidad de anticiparse a los problemas antes de que aparezcan.

Ese aprendizaje sigue presente cada vez que aborda un proyecto de mobiliario.

Porque, aunque hoy su trabajo esté rodeado de tableros, herrajes y terminaciones, Mario continúa pensando como alguien que viene de la construcción. Antes de imaginar un mueble, intenta comprender el espacio donde vivirá. Antes de proponer una solución, busca entender el problema.

Resolver. Esa palabra aparece una y otra vez y probablemente sea la que mejor define el origen de Maderiza.

Cuando fabricar dejó de ser suficiente

La empresa nació hace más de una década, casi de manera intuitiva.

Su hermano ya trabajaba en el rubro del mobiliario y ese mundo le resultaba cercano, pero Mario sintió que podía recorrer un camino propio. No buscaba replicar un modelo existente, sino construir una empresa desde la forma en que él entendía el trabajo.

«Mi hermano ya estaba metido en esto y yo siempre admiré cómo trabajaba. Pero también sentía que podía hacerlo a mi manera. Cada uno tiene una forma distinta de resolver los proyectos, de relacionarse con los clientes y de entender el oficio.»

Los primeros encargos fueron pequeños.

Recibidores, repisas, muebles funcionales. Proyectos donde todavía hacía prácticamente todo: atendía clientes, realizaba presupuestos, compraba materiales, fabricaba y luego instalaba.

«Al principio era todo. Hacía los presupuestos, compraba los materiales, maestreaba, instalaba… Uno aprende porque no queda otra. Y creo que eso también fue una ventaja, porque entendí cada parte del proceso.»

Mirando hacia atrás, reconoce que ese período fue una escuela difícil, pero tremendamente valiosa.

Conocer cada etapa del trabajo le permitió entender dónde podían aparecer errores, cómo optimizar procesos y, sobre todo, qué significaba realmente cumplir con un cliente.

«Cuando tú haces todo, también entiendes el esfuerzo que hay detrás de cada detalle. Después, cuando empiezas a formar equipos, sabes exactamente lo que implica cada etapa y puedes valorar mucho más el trabajo de las personas.»*¿

Poco a poco comenzaron a llegar proyectos más grandes.

La incorporación de maquinaria especializada permitió aumentar la capacidad productiva, mientras el conocimiento adquirido en construcción le daba una ventaja al momento de coordinar procesos y dialogar con arquitectos.

Pero Mario todavía sentía que faltaba algo… los muebles funcionaban, las terminaciones eran buenas, los clientes estaban conformes. Sin embargo, intuía que existía una dimensión del proyecto que todavía no alcanzaba a comprender completamente.

El sur como punto de inflexión

En 2020, junto a su esposa y sus hijos, decidió dejar Santiago para instalarse en Temuco.

No fue solamente una decisión laboral, también fue una elección de vida.

El sur siempre había formado parte de su historia familiar. Su abuela y su padre provenían de Loncoche, y gran parte de sus vacaciones transcurrieron entre Villarrica, Pucón y los paisajes de La Araucanía.

«Siempre tuve una conexión con el sur. Mis vacaciones eran acá, mi familia era de acá. Entonces cuando surgió la posibilidad de venirnos, no era llegar a un lugar desconocido. Sentía que había una parte de mi historia que siempre había estado acá.»

El cambio coincidió con uno de los momentos más inciertos para la construcción. La pandemia modificó completamente el escenario, pero también abrió oportunidades inesperadas.

Durante esos primeros meses volvió a acercarse a la obra, colaborando en distintos proyectos mientras comenzaba lentamente a construir nuevas redes en la región.
«Al principio ayudé bastante en construcción porque hacía falta gente. Eso me permitió conocer profesionales, empezar a mostrar cómo trabajaba y generar confianza. Todo fue muy de a poco.»

La palabra vuelve a aparecer: Confianza.

No como un discurso comercial, sino como una consecuencia natural del trabajo bien hecho. Mario nunca habla de conseguir clientes. Habla de personas que vuelven a llamar. De arquitectos que recomiendan. De proyectos que llegan porque alguien respondió bien en el anterior.

Y fue precisamente una de esas relaciones la que terminaría cambiando el rumbo de Maderiza.

Entre los primeros profesionales con quienes comenzó a trabajar en el sur estuvieron el diseñador Emir Esparza y la interiorista María Josefina Carrasco.

Lo que inicialmente parecía una colaboración puntual terminó transformándose en un proceso de aprendizaje mutuo que amplió la mirada de Mario sobre el diseño y el mobiliario.

Hasta entonces, gran parte de sus decisiones nacían desde la lógica constructiva. Resolver correctamente era el objetivo.

Ellos le mostraron que un proyecto también podía pensarse desde la atmósfera, las proporciones, la relación entre materiales y la experiencia cotidiana de quienes iban a habitar esos espacios.

«Aprendí muchísimo con ellos. Yo venía muy desde la construcción, preocupado de que todo funcionara bien, y ellos me empezaron a mostrar otra manera de mirar los proyectos. Me hicieron entender que detrás de un mueble había mucho más que una buena fabricación. Había intención, había diseño, había una forma de vivir el espacio. Eso me ayudó a crecer muchísimo.»

Ese aprendizaje no reemplazó su manera de trabajar, sino que la completó y marcó el comienzo de una nueva etapa para Maderiza, una donde la precisión técnica comenzaría a dialogar con una comprensión mucho más profunda del diseño.

El detalle que nadie ve

La incorporación de esa nueva mirada comenzó a transformar lentamente la forma en que Maderiza entendía cada proyecto.

Con el tiempo se sumó al equipo la diseñadora de interiores Catalina Salazar, fortaleciendo una manera de trabajar donde el diseño pasó a ocupar un lugar tan relevante como la fabricación.

Para Mario, incorporar profesionales con experiencias distintas nunca significó delegar decisiones, sino enriquecerlas.

Si durante años había aprendido a leer los espacios desde la lógica constructiva, ahora podía sumar nuevas perspectivas capaces de interpretar la manera en que esos mismos espacios serían vividos.

«Siempre he creído que uno tiene que rodearse de personas que sepan más que uno en distintas áreas. Yo puedo aportar desde la construcción, desde la fabricación y desde cómo resolver técnicamente un proyecto, pero necesitábamos una mirada que entendiera mejor las proporciones, los materiales y la experiencia de quienes finalmente van a vivir esos espacios. Catalina llegó justamente a complementar esa parte.»

Hoy el trabajo comienza mucho antes de que una plancha de melamina entre a la encuadradora o se defina un sistema de herrajes. Cada proyecto parte con una conversación donde participan clientes, arquitectos, interioristas y el equipo de Maderiza, intentando comprender no solo qué necesita una vivienda, sino también cómo será habitada.

«Muchas veces la gente llega con una referencia o con una fotografía que encontró en internet. Nosotros tratamos de ir un poco más allá y entender cómo viven realmente. Les preguntamos cuántas personas usan ese espacio, cómo cocinan, qué cosas necesitan guardar, qué les incomoda de su casa actual. Ahí empiezan a aparecer soluciones que muchas veces ellos mismos no habían imaginado.»

Esa manera de abordar los proyectos ha terminado por definir la identidad del estudio. La formación de Mario sigue apareciendo de manera natural en cada decisión, porque continúa pensando como alguien que viene de la construcción, acostumbrado a resolver problemas antes de que aparezcan.

Sin embargo, el camino recorrido junto a Emir Esparza, María Josefina Carrasco y Catalina Salazar le permitió comprender que la precisión técnica, por sí sola, no alcanza a construir una buena experiencia. Un espacio también necesita intención, proporción y sensibilidad para acompañar la vida cotidiana de quienes lo habitan.

Es justamente en ese punto donde la ingeniería, el diseño y el oficio comienzan a dialogar.

Detrás de cada mueble existe un proceso que rara vez llega a los ojos del cliente. La encuadradora define cada corte con precisión milimétrica; la enchapadora rectifica pequeñas imperfecciones, aplica adhesivos, incorpora el tapacanto, corta, pule y deja listas piezas que luego pasarán por un cuidadoso proceso de armado e instalación.

La tecnología ha permitido optimizar tiempos y alcanzar terminaciones consistentes, pero Mario insiste en que el verdadero valor nunca ha estado únicamente en las máquinas.

«Las máquinas ayudan muchísimo, pero siguen siendo herramientas. Si uno no entiende el proyecto completo o no sabe qué está tratando de resolver, ninguna máquina hace el trabajo por ti. Lo importante sigue siendo la experiencia de las personas que están detrás.»

Esa experiencia también se expresa en la capacidad de adaptarse. Ninguna obra es idéntica a otra y, por mucho que exista planificación, siempre aparecen variables que obligan a tomar decisiones en terreno.

Haber pasado tantos años en construcción le enseñó justamente eso: comprender que un proyecto no termina cuando sale del taller, sino cuando logra integrarse naturalmente al lugar para el que fue pensado.

«La construcción me enseñó que siempre aparecen cosas distintas. Uno puede planificar mucho, pero cuando llegas a la obra hay detalles que resolver. Creo que esa experiencia nos permite reaccionar con tranquilidad y buscar la mejor solución sin perder de vista el proyecto completo.»

Aunque la melamina continúa siendo el material predominante, cada encargo incorpora distintos sistemas de apertura, herrajes especializados, cubiertas de cuarzo, porcelanatos, granitos, iluminación y soluciones específicas según las necesidades de cada cliente.

Mario rara vez habla de materiales como si fueran el centro del trabajo. Prefiere referirse a ellos como parte de un conjunto de decisiones que deben responder coherentemente a una manera de habitar.

desde la confianza

Con el paso de los años el taller creció, se incorporó nueva maquinaria y el equipo fue consolidándose. También aumentó la complejidad de los proyectos y la confianza depositada por arquitectos, interioristas y clientes particulares.

Sin embargo, cuando habla del futuro, Mario evita asociar el crecimiento únicamente al tamaño de la empresa.

«Nunca hemos querido crecer por crecer. Es fácil entusiasmarse y tomar muchos proyectos al mismo tiempo, pero después vienen los atrasos y los problemas. Nosotros preferimos avanzar de forma responsable, sabiendo que podemos responder bien. Al final eso también es una manera de respetar a las personas que confiaron en nosotros.»

La palabra confianza aparece varias veces durante la conversación, aunque nunca como un concepto aprendido para definir una marca. Surge de manera espontánea cuando habla de los clientes que vuelven, de los arquitectos que recomiendan su trabajo o de las familias que deciden entregar las llaves de su casa para que otro intervenga uno de los espacios más importantes de su vida cotidiana.

«Si algo no queda bien, no somos de arreglarlo para que pase desapercibido. Si hay que cambiar una pieza completa, se cambia. Obviamente eso tiene un costo para nosotros, pero el cliente no tiene por qué hacerse cargo de un error nuestro. Esa tranquilidad vale mucho más que cualquier ahorro.»

Curiosidad siempre

Cuando Mario llegó a Temuco imaginaba comenzar una nueva etapa junto a su familia. Con el tiempo entendió que también estaba siendo parte de otra transformación: la de un territorio donde arquitectos, interioristas, diseñadores y fabricantes comenzaron a construir una red cada vez más sólida, demostrando que el sur podía desarrollar proyectos con el mismo nivel de exigencia, cuidado y sofisticación que cualquier otro lugar del país y donde todos colaboran cada vez con mayor naturalidad, compartiendo una misma aspiración por elevar el estándar desde la Araucanía.

«Acá hay muy buenos profesionales. Muy buenos arquitectos, muy buenos interioristas, muy buenas empresas. Creo que cada vez se están haciendo mejores proyectos y eso habla del crecimiento que ha tenido la región.»

Mientras conversa resulta inevitable volver a la imagen del joven trazador recorriendo un terreno vacío. Aquel trabajo consistía, en apariencia, en trasladar un plano al suelo. Sin embargo, exigía comprender el proyecto completo antes de mover la primera estaca, anticipar decisiones que pasarían inadvertidas cuando la obra estuviera terminada y asumir que los detalles invisibles suelen ser los que sostienen todo lo demás.

Quizás esa manera de pensar nunca cambió realmente.

Hoy los planos dieron paso a cocinas, clósets y muebles diseñados a medida; las lienzas fueron reemplazadas por tableros, herrajes y maquinaria de precisión. Pero detrás de cada proyecto permanece intacta la misma necesidad de comprender antes de actuar, de encontrar la solución más adecuada antes que la más evidente y de entender que un buen resultado no depende únicamente de la calidad con que se fabrica una pieza, sino de la responsabilidad con que se acompaña todo el proceso.

Más que una metodología de trabajo, esa parece ser la forma en que Mario entiende el oficio. Una práctica donde la experiencia nunca deja de dialogar con el aprendizaje, donde colaborar con otros profesionales significa ampliar la propia mirada y donde crecer no consiste solamente en fabricar más, sino en seguir perfeccionando la capacidad de responder con inteligencia, sensibilidad y rigor a cada nuevo desafío.

Quizás por eso, al terminar la conversación, Maderiza deja de sentirse únicamente como una empresa dedicada al mobiliario. Aparece, más bien, como la expresión natural de una forma de observar el mundo. La de alguien que aprendió entre obras que las mejores soluciones rara vez nacen de la improvisación y que todavía encuentra en cada proyecto la misma pregunta que lo acompañaba cuando era niño y desmontaba objetos para descubrir cómo funcionaban.

Porque, al final, esa curiosidad sigue siendo el verdadero punto de partida de todo lo demás.

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