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José Francisco Caballero: Exprimir un poco más la máquina

Ago 10, 2026 | Destacados, Diseño de Autor, Interiorismo, Reportajes | 0 Comentarios

Hay personas que llegan al diseño buscando una profesión y otras que, en realidad, llevan años haciendo diseño antes de saber que existe una profesión para eso. José Francisco Caballero parece pertenecer al segundo grupo. Antes de hablar de muebles, interiores o locales comerciales, habla de dibujar. De llenar cuadernos mientras estaba en clases, de inventar superhéroes, autitos, paisajes y objetos. Su madre fue quien primero encontró una explicación para aquella obsesión infantil.

“Siempre me gustó dibujar, era mi cable a tierra. En el colegio siempre fui muy disperso y me costaba prestar atención a las clases y me la pasaba dibujando en mi cuaderno, motivo por el cual siempre llamaban a mis padres. Mi mamá me cuenta, que los profesores le decían que ‘no entendían en qué momento yo aprendía, pero al final siempre aprobaba los exámenes’. Entonces ella me decía que yo tenía que estudiar diseño industrial, ya que entendió hacia dónde se orientaba mi futuro»

La intuición materna funcionó. José Francisco estudió Diseño Industrial en la Universidad Nacional de Córdoba, aunque la carrera tardó un poco en convencerlo. Su formación estaba muy ligada a la industria pesada, la metalurgia y la industria automotriz. Había técnica, precisión y estructura, pero él echaba de menos una dimensión más sensible.

Hasta que en el último año apareció una asignatura que cambió el rumbo.

“Tuve un curso que se llamaba Diseño Interior y Equipamiento Urbano y dije: bueno, a ver qué tal. Entro a la cátedra y empiezan a hablar sobre diseño local, sobre interiorismo, sobre diseño inmobiliario, y fue como mi despegue. Fue como: wow, qué increíble es esto, me encanta. Ahí empecé a tomar cursos, a dibujar más, a investigar”.

Después vino un posgrado en diseño de muebles y una preocupación que todavía atraviesa su trabajo: qué ocurre cuando un objeto entra en contacto con una persona.

“Me llamó mucho la atención el campo de lo sensorial. Qué es lo que me transmite, cuál es la sensación. No solamente la textura, sino el color, el material que se va a utilizar.

Cada vez que diseño un proyecto trato de conectar con ese elemento, con cómo me siento cuando lo veo, si me siento cómodo, me gusta, lo siento atractivo, equilibrado. Hay un montón de proyectos que son asimétricos, pero hay cierto orden dentro de una asimetría”.

Meter las manos

Antes de tener un estudio tuvo un taller. En Córdoba abrió una pequeña carpintería. En los comienzos, como todo independiente, era muy difícil captar clientes y muchas veces los primeros acercamientos eran consultas de mis vecinos y vecinas que preguntaban por ‘un mueble más o menos así (haciendo mímicas con sus manos) y para entender el encargo muchas veces había que hacer preguntas para descubrir en realidad qué necesitaban un arrimo, una mesita de luz, un piso, etc.

“Uno empieza a deducir algunas cosas. Y lo bueno de ese proceso de la carpintería, haciendo productos y muebles, es que empecé a llamar la atención de distintos estudios de diseño y arquitectura”.

La escala cambió rápidamente. Llegaron seis mesas, después veinte, treinta; cincuenta, cien sillas. Los estudios enviaban información muy escasa, casi siempre solo imágenes de Pinterest, como referencia, y él tenía que convertirlas en algo posible, descubrir medidas, ángulos, uniones y materiales.

“Más que un taller de carpintería, era un taller experimental, porque todo el tiempo era hacer cositas nuevas. Me llamaban y me decían: José, quiero esta silla, y me mandaban una imagen de Pinterest. Yo tenía que deducir a partir de ahí las medidas, los tamaños, los ángulos. Entonces trataba de ver la forma de poder implementar un mecanismo de diseño a partir de una máquina muy arcaica, tratar de exprimirla un poquito más, sacarle un poquito más el jugo”.

Pero el taller creció al mismo tiempo que se volvía cada vez más difícil sostenerlo. La inflación argentina hacía que las cotizaciones perdieran valor y los márgenes desaparecieran.

“Yo como emergente, para poder ganarme los trabajos, tenía que cobrar barato. Pero al final la inflación cobraba valor y cuando llegaba el día que tenía que entregar la silla o todo el mobiliario, llegaba con lo justo y con suerte le pagaba a los maestros. Fue una etapa muy, muy compleja que me llevó mucho estrés y ya me empezó a afectar la salud”.

Cerrar la carpintería fue difícil, pero también abrió una posibilidad. José había aprendido a fabricar para otros; ahora quería diseñar y dirigir sus propios proyectos.

Chile apareció casi como una invitación. Su padre vivía acá y varios amigos insistían en que podía funcionar.

“Me decían: José, vente para Chile, acá vas a poder hacer lo tuyo. Y dije, bueno, voy a probar. Llegué acá y a los quince días ya me ofrecieron trabajo para hacer una tienda. Y ahí dije: no voy a hacer más carpintería. Me voy a dedicar a diseñar, a tener mi oficina y mi estudio, y a dirigir y ejecutar los proyectos que yo diseño”.

 Aprender mientras sucede

El cambio implicaba aprender otra vez. Una cosa era fabricar un mueble y otra hacerse cargo de una obra completa, con especialidades, instalaciones, proveedores y equipos.

“Cuando me decían: José, hay que ver el proyecto de especialidades, yo decía: ¿especialidades? ¿Qué es eso? Entonces empecé a aprender trabajando con eléctricos, especialistas sanitarios, ingenieros en construcción, prevencionistas de riesgo, etc. Han sido muchas veces conversaciones, choques, roces, pero yo creo que lo que me ha ayudado a aprender es decir: yo siempre sé. Aunque no lo sabía, como todo desafío, de alguna manera lo aprendía… el camino lo enseña todo.”.

Esa forma de enfrentarse a lo que no sabe también está en la manera en que entiende su estudio. No parece interesado en construir un estilo rígido, reconocible en todos sus proyectos. Prefiere entender primero qué necesita cada cliente.

“Hay un mercado súper grande y nosotros buscamos hacer proyectos que no sean meramente estéticos, que no sean un proyecto lujoso solamente. No queremos que la gente diga solamente ‘mira, ahí hay una tienda bonita’. Lo que buscamos es trabajar con emprendedores que ya tienen un proyecto, que tienen años en el mercado, pero no saben cómo bajar ese proyecto a una imagen física, a una tienda, a un espacio”.

Para José Francisco, esa relación no termina cuando se entrega la obra. Con algunos clientes se ha convertido en amistad y todavía los visita, pregunta cómo funcionan los locales y qué necesitan. Porque el diseño también tiene que responder a lo que ocurre puertas adentro.

“Nos ponemos la camiseta por nuestro cliente, nuestro amigo, nuestro partner, y trabajamos con ellos. No trabajamos para ellos. Somos parte de ese proyecto y somos parte de su vida”.

Lo que viene después es bastante concreto. Hablar de ventas, circulación, tiempos, producción. Entender dónde se produce un sándwich, dónde se prepara un café, cómo se mueve una persona o qué parte de un local está haciendo más difícil el trabajo.

“Generalmente preguntamos cómo va el movimiento de la tienda, si ha mejorado su facturación, para nosotros es un logro. Porque nosotros también buscamos ser estratégicos para mejorar la rentabilidad. Les pregunto cómo funciona tu local: tengo el café acá, produzco el sándwich allá y el pan está en este lado. Entonces les digo: para, vamos a hacer una estrategia de funcionamiento, un layout funcional para que puedan mejorar el trabajo”.

La estética, en ese sentido, viene después. Primero hay que entender qué tiene que pasar dentro del espacio.

Una cuestión de piel

Eso no significa que los materiales sean secundarios. Al contrario. José tiene una posición bastante clara respecto de ellos y no le interesa demasiado disfrazarla de teoría.

“Nosotros sí tenemos un sello, que yo creo que es un estándar de calidad, con muy buena terminación. No tenemos un sello muy estricto, pero buscamos trabajar con materiales nobles. No me gustan los resultados plásticos, prefiero los materiales nobles como la piedra, el metal, las texturas en su estado natural. Si quiero trabajar con piedra, trabajo con piedra. Si tengo que poner una piedra en el local, busco una cantera, elijo la piedra, pido una grúa y dejo la piedra”.

La razón es sencilla.

“No trato de hacer imitación porque creo que eso le quita calidad, le quita fuerza, le quita profundidad”.
Quizás esa profundidad tenga que ver con aquella preocupación sensorial que descubrió estudiando diseño de muebles.

Una piedra no solamente se ve como piedra; tiene peso, textura, temperatura. Lo mismo ocurre con la madera, el acero, el mármol o el hormigón.

Y ahí aparece también su formación de diseñador industrial. José mira los espacios desde una escala que muchas veces comienza mucho más cerca de la mano.

“Los arquitectos crecen de afuera hacia adentro y nosotros crecemos de adentro hacia afuera. Los diseñadores industriales vemos del micro al macro. Nos enseñan a ver el detallito. Generalmente vemos el equipamiento de un espacio, los productos, tratamos de ser muy conceptuales en el diseño”.

Por eso los objetos siguen siendo parte importante de su trabajo.

La ciudad como caja de piezas

A José le gusta caminar y mirar elementos que normalmente pasan desapercibidos: infraestructura, mobiliario urbano, pequeños mecanismos. Después intenta desarmarlos mentalmente y llevarlos a otro lugar.

“Me gusta salir a caminar por la calle y tratar de tomar elementos de la infraestructura de la ciudad, del cotidiano, y tratar de deconstruirlos, para llevar ese producto a otra situación”.

La silla Curve nació así, inspirada en los bicicleteros de la vía pública. La Behind Lamp siguió un camino más conceptual. José la señala y explica que la idea tiene que ver con esconderse detrás de una pantalla, con aquello que las personas no siempre muestran pero que, de alguna manera, sigue apareciendo.

“Si uno le pone un foquito parece una personita teniendo como una pantalla. Habla de las personas que a veces no se muestran tal como son, sino que se esconden detrás de una pantalla. Pero esa luz viene por detrás, por más que uno tenga una pantalla. Entonces es un tema de expresión y a partir de ahí surge todo este elemento, el dibujo”.

La lámpara demoró dos o tres años en terminarse. Algunas ideas, simplemente, necesitan quedarse dando vueltas.

“Cuando tengo un poquito de inspiración es mi parte lúdica. A veces me pongo a modelar en 3D, lo imprimo, hago impresiones porque tengo impresoras 3D acá en la oficina. Es divertido. Para mí es volver un poco al niño que le gustaba dibujar. Cuando estoy súper inspirado, alegre y contento, diseño, diseño, diseño. A veces agarro una croquera y la lleno de dibujos y después, dos o tres años más tarde, la abro y digo: ¡uy, este está bueno! Lo voy a fabricar”.

Hay algo bonito en que el método siga siendo parecido al de sus primeros años. La diferencia es que ahora tiene más herramientas para hacer algo con esos dibujos.

Ser full

Después de varios años concentrado en tiendas y espacios comerciales, José Francisco empieza a mirar hacia la gastronomía. Cafés, restaurantes, bares. Lugares donde la experiencia tiene más capas y donde lo sensorial puede desplegarse con mayor libertad.

“Ahora estoy volcándome un poquito más hacia la gastronomía y los bares. Hemos hecho muchas tiendas de ropa, locales de productos, pero ahora queremos jugar con esto sensorial, que lleva a un pasito más”.

No parece casual. En una tienda se mira, se toca, se recorre. En un restaurante aparecen además el olor, el sonido, la temperatura, la espera, la conversación, la comida. El espacio se vuelve una experiencia más completa.

También quiere trabajar con marcas pequeñas y medianas que ya tienen una identidad y necesitan dar un salto.

“Son nichos chiquititos que quiero ayudar. Chicos y medianos, que son conocidos, pero quiero llevarlos a otro nivel. Eso es lo que queremos”.

Cuando habla del futuro, José Francisco no parece interesado en grandes declaraciones. Su sueño es bastante concreto: tener una oficina que funcione bien, un equipo que pueda desarrollar proyectos y productos y procesos que le permitan dejar de resolverlo todo personalmente.

“Mi sueño a mediano plazo es tener una oficina y tener un equipo funcionando, más que todo automatizando los procesos, los pasos, y poder transmitir bien este espíritu de oficina. Me ha llevado muchos años poder definirlo primero, definirme como diseñador, salir al mercado, hacerme conocer y colaborar con otros estudios. Más que competir, es colaborar”.

Después aparece una idea que parece la evolución natural de todo lo anterior: volver a unir los productos con los espacios.

“Quiero que podamos desarrollar tanto los productos como los proyectos y que esos proyectos incluyan nuestros productos. La lámpara diseñada por JF, la silla diseñada por JF, el restaurante a mi cuenta tiene las mesas, las sillas, las lámparas. Completo. Ser full”.

Empezó haciendo muebles, pasó a diseñar espacios y ahora busca reunir ambas escalas. El objeto y el interior. El detalle y el espacio.

Quizás por eso cuesta encontrar una única imagen que defina JF Caballero. Hay demasiadas cosas moviéndose al mismo tiempo: la carpintería de Córdoba, la piedra que tiene que ser piedra, una silla inspirada en un bicicletero, una lámpara que tardó años en terminarse, una cafetería donde aparece inesperadamente una estrella internacional.

Todo parece formar parte de la misma conversación: la del diseño como una manera de mirar y, sobre todo, de mantener abierta la curiosidad.

Porque José Francisco sigue hablando de la inspiración con una mezcla curiosa de entusiasmo y desorden. No parece haber abandonado aquella costumbre infantil de llenar cuadernos mientras todo lo demás ocurre alrededor.

Quizás ahora simplemente tiene más herramientas para hacer algo con esos dibujos y un estudio donde, finalmente, puede probar qué pasa cuando una de esas ideas sale del papel, como en los proyectos que destacamos en las siguientes páginas de Rúa Salón.

Only Joke

Una galería de marca

El proyecto para Only Joke, del artista Camilo Huica, partió de una premisa directa: la tienda debía sentirse como una galería de arte. Camilo quería vender cuadernos, prints y objetos vinculados a su gráfica, por lo que el espacio tenía que funcionar como soporte para su trabajo.

El lugar original era un estacionamiento poco atractivo y el presupuesto era acotado. La intervención apostó por la iluminación y una arquitectura sencilla que permitiera que los productos ocuparan el centro. La necesidad de una luz intensa y pareja, capaz de evitar sombras sobre las piezas gráficas, terminó siendo parte importante de la identidad del espacio.

El resultado tuvo muy buena recepción y abrió la puerta a nuevos proyectos junto a la marca.

Lens

Ordenar cinco miradas

Lens, en Mercado Urbano Tobalaba, enfrentó a José con un requerimiento que iba mucho más allá de la estética. Cinco socios, distintas referencias y expectativas, además de los requerimientos técnicos propios de una óptica y un espacio marcado por una diagonal.

El proyecto exigió sintetizar. Había que exhibir muchas marcas sin perder la calma visual y, al mismo tiempo, incorporar una sala de refracción y un área de contactología. La solución trabajó con una estética minimalista y contemporánea, referencias japonesas, madera y superficies claras. Una curva permitió resolver la geometría del local y contener la sala de refracción, incluyendo vidrios curvos fabricados especialmente para el proyecto.

Más que imponer una idea, José tuvo que decidir cuáles de todas las ideas podían convivir.

La Plage

Una tienda que se enciende

La Plage permitió a JF Caballero explorar un lenguaje diferente. La marca, vinculada a la moda y a una selección de firmas europeas y americanas, buscaba una imagen sofisticada pero urbana. El proyecto respondió con una materialidad más cruda: mármol, hormigón, acero y superficies cromadas.

El presupuesto obligó a modificar algunas decisiones, pero también abrió espacio para soluciones más experimentales. Entre ellas estaba una intervención posterior pensada como una caja de luz conectada con la música, una suerte de ecualizador lumínico que finalmente no pudo realizarse.

La idea que sí permaneció fue la de convertir la fachada en una invitación. Los vidrios tratados impiden ver directamente hacia el interior; cuando las luces se encienden, el local se convierte desde la calle en una gran superficie blanca. No se sabe exactamente qué ocurre adentro, y justamente por eso aparece la curiosidad de entrar.

El proyecto tendrá una nueva etapa próximamente, con la ampliación del local.

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