Se conocen desde niños, estudiaron arquitectura por caminos distintos y hace diez años decidieron trabajar juntos. Hoy Rafael Donoso y Joaquín Monsalve dirigen DM+A desde una complicidad que se convirtió en método.
Antes de ser socios fueron niños que pasaban los veranos juntos, armando puentes y mesas en campamentos scout. Rafael Donoso era cuatro años mayor y Joaquín Monsalve era el hermano menor de uno de sus mejores amigos del colegio.
Crecieron prácticamente juntos, estudiaron arquitectura en universidades distintas y durante esos años comenzaron a ayudarse con proyectos, encargos y finalmente con sus respectivas tesis. La sociedad profesional llegó después, pero la complicidad ya estaba construida.
Diez años después, esa historia sigue siendo parte de la manera en que funciona DM+A. Hoy Rafael y Joaquín dirigen una oficina que se mueve entre arquitectura, construcción, retail, interiores, vivienda y proyectos de distinta escala, pero que conserva una idea bastante concreta sobre cómo hacer las cosas: diseñar y construir no son dos momentos separados.
“Creo que nosotros con Joaquín siempre tuvimos la visión de que nos gustaba diseñar lo que sabíamos construir, y nunca esperábamos que la construcción fuera una limitante del diseño”.
Quizás ahí esté una de las claves para entender lo que ha pasado durante esta primera década.

Hacer girar la rueda
Rafael Donoso creció rodeado de arquitectura. Su padre era arquitecto y su abuelo, constructor. Las maquetas formaban parte del paisaje doméstico y, a veces, sus propios juguetes terminaban convertidos en habitantes de esos pequeños mundos.
“Siempre estuve ligado un poco a esa área artística, de dibujar, de desarrollar cosas creativas, de pintar. También durante mucho tiempo, con Joaquín, fuimos scout y en los campamentos teníamos que hacer muchas construcciones. Había que armar puentes, mesas, explorar un poco la creatividad y con lo que teníamos construir algo”.
La paradoja es que, cuando llegó el momento de elegir una carrera, pensó primero en estudiar construcción civil. Después entendió que lo suyo estaba en otro lugar. La arquitectura le permitía conservar aquella fascinación por construir, pero sumarle el dibujo, la creación y la posibilidad de pensar un proyecto antes de que existiera.
Joaquín llegó a ese mismo mundo desde otra trayectoria. Durante la universidad, ambos comenzaron a colaborar con una naturalidad que terminaría convirtiéndose en una señal. Se ayudaban, discutían proyectos, compartían ideas. Sin darse demasiada cuenta, estaban ensayando una sociedad que todavía no tenía nombre.
Después de titularse, cada uno pasó por oficinas distintas. Rafael trabajó cuatro años en un estudio donde pudo formarse en arquitectura, construcción y diseño; Joaquín desarrolló su experiencia en el mundo inmobiliario y el retail. Ambos querían, en algún momento, tener su propia oficina, pero antes necesitaban entender cómo funcionaba una.
“Yo siempre tenía la idea de que armara mi oficina, pero al mismo tiempo tenía la sensación de que tenía que trabajar en una oficina primero para poder saber cómo armar la mía”.
En 2015 dejaron sus respectivos trabajos. En enero de 2016 ya tenían constituida la empresa.
La oficina comenzó de manera bastante menos épica de lo que podría sugerir una década de trayectoria. Primero crearon la constructora. Después, la empresa de arquitectura. Mientras esperaban que aparecieran proyectos, trabajaron diseñando muebles desde un espacio tipo cowork, donde además empezaron a conocer personas que terminarían convirtiéndose en clientes.
“Partimos trabajando armando muebles. Y mientras esperábamos a que nos llegaran proyectos, empezamos a diseñar. De a poco empezaron a entrar proyectos, empezamos a sumar cosas, y ahí fue como que empezó a dar vuelta la rueda”.
La rueda siguió girando.

Formarse en acción
La construcción no llegó después de la arquitectura. Estuvo ahí desde el principio y, de alguna manera, terminó modificando la forma en que diseñaban.
“Como somos arquitectos y constructores a la vez, estamos muy preocupados del detalle, de la especificación técnica, del detalle constructivo, de la terminación, de todo ese proceso, de cómo se va a terminar viendo un proyecto”.
Pero esa relación no fue inmediata ni sencilla. La primera obra les enseñó, entre otras cosas, que saber cuánto costaba construir algo era bastante más complejo que ponerle un número a un presupuesto.
Joaquín recuerda especialmente ese comienzo.
“Cuando hicimos la primera obra en construcción nos fuimos para atrás con todo a rojo, porque no teníamos idea de cómo se pagaban los maestros, cuáles eran los valores. Solamente entregábamos un valor terminado y creíamos que con eso ya ganábamos, porque veíamos el número, pero después que descontábamos… te encargo el pago del primer IVA. Entonces ahí buscamos la metodología, paso a paso, siendo conscientes de que lo que íbamos abarcando fuéramos capaces de hacerlo bien”.
La anécdota tiene algo de humor, pero explica bastante bien el camino recorrido. La oficina no nació con una metodología perfectamente definida. La fue construyendo a medida que aparecían problemas reales.
Hoy DM+A trabaja desde una secuencia que parte en el levantamiento y el reconocimiento del lugar, continúa con la estrategia y el desarrollo del proyecto y llega hasta la construcción, la coordinación y los detalles de ejecución. No importa demasiado si se trata de una casa, un restaurante o un local dentro de un mall: el procedimiento cambia en sus variables, pero no en su lógica.
“Con Joaquín ya con el tiempo hemos construido un paso a paso que nos permita abarcar cualquier tipo de proyecto. Desde el levantamiento, el reconocimiento del lugar, las características de un local comercial dentro de un mall, hasta una casa que vaya a estar dentro de un terreno y reconocer todas las cualidades que tiene ese terreno para diseñarla”.
Es una manera de trabajar que parece sencilla hasta que se entiende lo que implica. Antes de dibujar hay que mirar. Antes de definir materiales hay que entender dónde estarán. Antes de prometer una solución hay que saber cómo se construye.
Y eso, para ellos, cambia completamente la conversación con un cliente.

Arquitectura con los pies en la obra
Hay una frase que aparece varias veces durante la conversación: diseñar desde lo que construyen.
No se trata de reducir la arquitectura a aquello que es fácil de ejecutar. Más bien de conocer suficientemente bien la construcción como para que esa información permita abrir posibilidades, en vez de cerrarlas.
“Nosotros siempre tuvimos la visión de que nos gustaba diseñar lo que sabíamos construir. Nunca esperábamos que la construcción fuera una limitante del diseño”.
El conocimiento técnico se convierte así en una herramienta creativa. Saber qué material funciona, cómo envejece, cuánto cuesta, cómo se instala o qué problema puede generar en obra no necesariamente reduce la libertad del arquitecto. Puede hacer que una decisión sea más precisa.
Joaquín lo resume desde la materialidad: “La materialidad al final es la que se hace cargo de que esto exista”.
Por eso también existe una relación particularmente estrecha entre oficina y obra. Los problemas que aparecen durante la construcción no son un territorio ajeno al diseño. Son parte de él.
Durante años, Rafael trabajó además como constructor y recibió proyectos de arquitectura de otros estudios. Algunas veces llegaban sin suficiente información constructiva. Y ahí descubrió algo que terminaría convirtiéndose en una de las convicciones del estudio.
“Tus errores a lo más te van a costar imprimir un par de planos más. Pero si yo me equivoco en la obra por el error que cometiste tú, me va a costar un par de millones”.
La experiencia terminó cambiando la perspectiva.
Hoy arquitectura y construcción se retroalimentan permanentemente y la oficina mantiene además un área importante de coordinación con especialidades, algo que se fortaleció especialmente a partir de su experiencia en retail.
El resultado es menos espectacular que una imagen de arquitectura terminada, pero probablemente más importante para quien encarga una obra: reducir incertidumbres.
Porque una casa, una tienda o un restaurante no terminan cuando se entrega una imagen bonita.

Una arquitectura que se construye
Si hay algo que DM+A ha ido definiendo durante estos diez años es que no parece interesado en una arquitectura que pueda reconocerse solamente por una fotografía.
Su lenguaje aparece más bien en la manera de resolver. En casas, lodges y cabañas ha surgido una relación particularmente estrecha entre materialidad, paisaje y textura. En interiores, habilitaciones y retail, la atención se desplaza hacia el detalle, la precisión y la forma en que cada elemento termina de construir una atmósfera.
“No sé si tenemos un estilo tan estricto, pero hemos ido desarrollando algunos proyectos que están más cercanos al tema de las materialidades, de la construcción con respecto al paisaje, a los materiales, a las texturas. Eso nos ha ido llevando a un lenguaje”.
Hay, sin embargo, una idea que atraviesa escalas y programas: que la arquitectura tenga un porqué.
Joaquín habla de materiales locales, de utilizar aquello que funciona en cada lugar y de pensar en cómo envejece una decisión, no solamente en cómo se ve el día de la fotografía.
“No voy a poner en la orilla del mar una estructura metálica si puedo ocupar madera que tiene mejor confort y funciona mejor. Uno quiere generar una arquitectura que perdure en el tiempo más que hacer algo para la foto”.
Esa última frase podría resumir buena parte de su posición. No se trata de renunciar a la imagen, sino de hacer que la imagen sea consecuencia de algo que funciona.
Lo mismo ocurre con el habitar. Para ellos, una casa no se entiende como una suma de piezas bonitas, sino como un sistema en el que cada parte tiene que relacionarse con las demás.
“Una casa tiene que funcionar como un organismo vivo. Tiene una sumatoria de partes que funciona a un punto tal, pero al mismo tiempo cada una de sus partes debe funcionar de manera autónoma”.
La cocina tiene que funcionar para el resto de la casa. El baño debe estar estratégicamente ubicado. La iluminación tiene que acompañar el confort. La orientación, el viento, las circulaciones y las vistas tienen que entrar en la conversación.
Todo eso puede parecer invisible cuando el proyecto está terminado. Y probablemente esa sea precisamente la idea.


El lugar también diseña
Hay algo particularmente interesante en la forma en que DM+A habla del contexto. No parece tratarse solamente de mirar un terreno y responder a sus condiciones físicas. También importa la persona que va a habitarlo, sus recuerdos, sus costumbres y aquello que espera sentir.
“Creo que la arquitectura va abocada al lugar, en ese momento, en ese lugar, en las condiciones que te pide un poco el cliente. Puede ser cultural, temporal, no sé. Y las emociones que él quiere sentir”.
La arquitectura, en ese sentido, no empieza con una forma. Empieza con una conversación.
Puede aparecer una memoria de infancia, una cocina en la que alguien vivió, una determinada manera de recibir amigos o simplemente la necesidad de que una casa se sienta luminosa durante una tarde de invierno. Esos elementos entran al proyecto junto con las condiciones del terreno y terminan construyendo algo que no podría estar exactamente en otro lugar.
“Al final la arquitectura es transmitir emociones. Más que como un elemento bonito, es vivirla y sentirse. Que vayas a la casa de alguien y digas: qué increíble este espacio, qué alto, que te haga sentir algo”.
Para explicar esa idea, recurren a una comparación sencilla: una persona no recorre un espacio como un robot. No gira siempre en ángulos de noventa grados ni entiende una circulación únicamente como una línea dibujada en planta.
“Cuando llegan arquitectos nuevos a la oficina les decimos: tú no eres un robot. Tienes que vivir un poco el espacio y las circulaciones y las cosas para que fluyan de manera natural”.
Quizás por eso la experiencia de la obra resulta tan importante. Es ahí donde el dibujo deja de ser dibujo y empieza a convertirse en una secuencia de decisiones reales.

Dos miradas, una oficina
Después de diez años, la metodología de DM+A también tiene que ver con la forma en que trabajan entre ellos.
Rafael y Joaquín han aprendido a repartirse roles, a complementarse y, sobre todo, a detectar aquello que cada uno no ve.
“Creo que la gran gracia, el motivo de por qué también se sostiene un poco esta oficina, es ese complemento que generamos con Joaquín”.
La frase puede sonar simple, pero detrás hay una década de trabajo conjunto. Ambos llevan proyectos de arquitectura y construcción, pero se acompañan y revisan mutuamente. Si uno está a cargo de una obra, el otro puede entrar en determinados hitos; si uno está concentrado en una parte del proyecto, el otro funciona como contrapunto.
La oficina también ha crecido. De aquel comienzo en un cowork, haciendo muebles mientras aparecían los primeros encargos, hoy existe un equipo que permite que arquitectura y construcción funcionen como un ecosistema más amplio.
El crecimiento, sin embargo, no ha significado abandonar la lógica inicial. Más bien ha permitido sistematizarla.
Y también seguir estudiando.
Rafael cursó un máster en innovación. Joaquín se especializó en administración de inversión inmobiliaria. No son estudios que necesariamente aparezcan en una fotografía de una obra, pero sí terminan modificando la forma en que miran un proyecto.
“Cada uno empezó a tomar diferentes vetas en cuanto a la forma de mirar el negocio y de mirar el proyecto, y también cómo ir desarrollando los presupuestos de construcción, los mismos procesos de diseño, hacerlo más eficiente para que la construcción al mismo tiempo sea más eficiente, sea con menos residuos”.
A eso se suma la actualización permanente en normativa, eficiencia, temas ambientales, nuevas tecnologías y herramientas de representación. La arquitectura, para ellos, no parece ser una disciplina que se aprende una vez y luego simplemente se ejerce.
Se sigue construyendo.



Diez años después
Hay algo que cambia cuando una oficina llega a los diez años. El objetivo deja de ser solamente conseguir proyectos.
DM+A ya tiene una trayectoria, clientes que llegan recomendados y encargos que aparecen porque alguien vio lo que hicieron antes. La confianza empieza a convertirse en una parte concreta del trabajo.
“El hecho de que ya llevamos diez años haciendo cosas hace que nos busquen o nos llamen por un poco las cosas que han visto que hemos hecho. Es parte del recorrido que hemos construido”.
Eso también les permite ser más exigentes con la manera en que quieren trabajar. No hacer diez proyectos para que dos resulten bien, sino avanzar a un ritmo que permita cuidar cada uno.
Incluso en algo tan pequeño como un baño, Joaquín sigue buscando una alternativa más, una cerámica distinta, una terminación que cambie la percepción del espacio. Rafael se ríe de esa costumbre y reconoce que a veces le pregunta para qué necesita tres o cuatro opciones si probablemente el cliente elegirá una.
Pero detrás de esa insistencia hay algo que también define la oficina: la necesidad de no quedarse quietos.
“Uno como arquitecto de repente pasa que busca el mismo sistema constructivo, de la misma manera que sabe que va a funcionar. Pero de repente quiero ir con este otro sistema constructivo y solucionar de otra manera. No quedarse siempre en la rutina”.
Es probablemente una de las mejores formas de cerrar estos diez años. Porque el desafío que viene no parece ser simplemente hacer proyectos más grandes. Aunque también quieren eso: pasar eventualmente de casas a townhouses, edificios y proyectos de mayor impacto, ampliar su alcance y explorar nuevas geografías.
Quieren seguir aprendiendo. Incorporar nuevas herramientas, desde inteligencia artificial hasta sistemas que permitan al cliente recorrer un proyecto antes de construirlo. Explorar soluciones más sustentables. Hacer que la experiencia de contratar arquitectura y construcción sea cada vez más clara y confiable.

Pero, sobre todo, quieren que el crecimiento no les quite aquello que los trajo hasta acá.
“Creo que es importante la confianza en este rubro por el impacto que tiene, tanto personal como económico, para quien te va a contratar”.
Diez años después, quizás esa sea la palabra que mejor reúne la historia de DM+A: confianza. La que nace de conocerse desde niños y haber aprendido a trabajar juntos; la que se construye cuando arquitectura y obra conversan desde el primer dibujo; la que aparece cuando un cliente sabe cuánto va a gastar, qué va a recibir y quién estará ahí cuando algo necesite resolverse.
Y también la que se gana proyecto a proyecto.
Porque si algo parece haber cambiado desde aquel primer cowork donde diseñaban muebles mientras esperaban que sonara el teléfono, no es la curiosidad por hacer las cosas de otra manera. Es la cantidad de herramientas que hoy tienen para hacerlo.
Diez años después, la rueda sigue girando.
Y ellos todavía quieren ver hasta dónde puede llegar.










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