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Inmobiliaria HM: una forma de volver y habitar el sur

Ago 10, 2026 | Arquitectura, Reportajes | 0 Comentarios

Felipe Hernández y Pablo Mansilla volvieron al origen desde caminos distintos y terminaron encontrando en la arquitectura una forma de construir algo en común. Desde la región de Los Lagos, Inmobiliaria HM ha desarrollado un modelo que cruza diseño, construcción y gestión, combinando la eficiencia de un sistema con la posibilidad de que cada casa responda a su paisaje, a sus habitantes y a una manera particular de vivir el sur.

Antes de Inmobiliaria HM hubo dos historias que parecían avanzar por caminos distintos. Felipe Hernández llegó desde la arquitectura y una familia ligada a la construcción; Pablo Mansilla, desde la publicidad, el emprendimiento y una temprana experiencia trabajando directamente en obras. Se conocieron antes de imaginar una sociedad, pero fue el regreso de ambos al sur el que terminó poniendo las piezas en su lugar.

Hay objetos que permanecen más tiempo del que uno imagina. Para Felipe Hernández fueron unos lápices y algunos implementos de construcción que heredó de su abuelo cuando todavía era niño. Su familia estaba ligada a la construcción en el sur y, aunque entonces no podía saberlo, aquellos objetos quedaron asociados a una intuición que años después terminaría convirtiéndose en profesión.

“Siempre cuando era chico tuve un interés por el tema de la construcción. Y el arte igual me llamaba harto la atención”, cuenta.

Estudió Arquitectura en la Universidad San Sebastián, en Santiago, y después trabajó en distintas oficinas antes de comenzar a desarrollar proyectos propios. Primero fueron encargos familiares: diseñó la casa de su madre, luego la de su hermano. Poco a poco, esos proyectos comenzaron a pasar del dibujo a la obra y el sur volvió a aparecer con fuerza.

Pablo Mansilla llegó desde otro lugar. Publicista de formación, siempre tuvo una inclinación por emprender y, mientras estudiaba, levantó una empresa dedicada a la instalación de sistemas de emergencia en edificios, trabajando con redes secas y húmedas y realizando visitas técnicas.

La experiencia lo acercó directamente a una dimensión de la construcción que después sería fundamental: los problemas de terreno, los equipos, los tiempos y la necesidad de que las cosas efectivamente sucedan.

“Siempre desde muy chiquitito y desde que estaba en la universidad y en el colegio me ha gustado emprender. Y siempre tener algo en el fondo que sea mío y propio”, explica.

Cuando llegó el estallido social y luego la pandemia, aquel negocio dejó de tener sentido en Santiago. Los edificios y las bodegas cerraron y Pablo volvió al sur.

“Yo no tenía absolutamente nada que hacer en Santiago. Así que me volví al sur”.

Felipe todavía trabajaba en Santiago, aunque cada vez tenía más proyectos en Puerto Montt. Ambos se conocían e incluso vivieron juntos durante un tiempo, pero Pablo comenzó entonces a descubrir otra dimensión de su amigo.

“Yo ahí conocí al Felipe. Desde otra forma, empecé a entender cómo trabajaba, sus formas y todo”.

Todavía no existía HM. Había conversaciones y algunas ideas de negocio, pero el verdadero punto de partida fue mucho más doméstico: una tía de Pablo necesitaba construir un segundo piso en su casa. Tenía el proyecto y necesitaba quién lo llevara a la realidad. Pablo pensó en Felipe.

Felipe volvió al sur para ese proyecto. Mientras lo construían comenzaron a llegar nuevos encargos: primero amigas de la tía, después amigos de Pablo y luego amigos de Felipe.

“Y ahí ya, en verdad, no nos detuvimos nunca”.

Durante un tiempo Felipe siguió trabajando entre Santiago y Puerto Montt, hasta que el sur dejó de ser una alternativa y se convirtió en una decisión.

“Ya después decidí  100% quedarme en el sur, porque habían muchas cosas en calidad de vida que ya no se comparaban con Santiago”, cuenta Felipe.

La decisión profesional coincidía con algo que empezaba a tomar forma en su arquitectura: una preocupación cada vez mayor por la relación entre la vivienda y el lugar.

Una casa para un lugar

Las primeras casas de Inmobiliaria HM fueron hechas a medida. Cada encargo implicaba estudiar nuevamente el terreno, las necesidades de una familia y la relación de la vivienda con su entorno.

“Empezamos con diseño a medida y desarrollamos viviendas en parcelas en el sur de Chile, que ese era nuestro lugar de trabajo”.

La preocupación por el paisaje venía de antes. Durante su formación había comenzado a interesarse por la relación entre vivienda y territorio, pero en el sur esa búsqueda adquiría una dimensión concreta.

“Una de las cosas que me mueve, y que quizás yo como arquitecto adquiriendo entre la universidad y la oficina que estuve trabajando, es la relación que tienen las viviendas con su entorno, con su paisaje, y harto también que ver con el tema rural”.

La referencia estaba también en su propia memoria. Felipe recuerda el campo de su familia y esas organizaciones donde la casa principal convivía con galpones y otras construcciones. No se trataba de reproducir esa imagen, sino de reconocer una manera de habitar: la vivienda como parte de un conjunto y no como un objeto aislado.

De ahí surgió una búsqueda que todavía atraviesa el trabajo de HM: que la casa aproveche el paisaje cuando éste existe y que, cuando no, sea capaz de construir su propia relación con el exterior mediante patios, jardines y espacios intermedios.

En la Casa En La Reserva, esa idea se expresa en una vivienda dispuesta entre el bosque nativo, con corredores y aperturas que mantienen el exterior presente durante el recorrido. En Monteverde, la estrategia cambia: la casa se quiebra para formar un jardín interior hacia el que se vuelcan los espacios domésticos. Dos respuestas distintas para una misma pregunta.

“Cómo se va conectando siempre con su entorno”, resume Felipe.

Y esa conexión tampoco depende, para ellos, de una estereotípica imagen de casa sureña.

“Más que materiales, el techo a dos aguas y cosas así, yo creo que tiene que ver con cómo se vive la casa”.

Felipe habla de viviendas que pueden tener superficies bien pensadas en su superficie, y aún así ofrecer buena luz, vistas, contacto con el exterior, y espacios donde la vida puede extenderse hacia afuera

“Nosotros creemos que en el sur también se puede vivir con casas que no son exageradamente grandes, que de repente son compactas, pero que tienen como esa característica que te entregan luz, te entregan conexión con las vistas, con tu entorno”.

La madera aparece naturalmente en esa arquitectura, pero no como una fórmula. Junto a ella están la orientación, la luz, los patios, las vistas y una determinada relación entre interior y exterior.

Buena parte de quienes llegan a HM viene desde Santiago buscando precisamente eso. “Personas de Santiago, que buscan bajarle un cambio a su vida y estar un poco más tranquilos, más conectados con el medio, con la naturaleza”, cuenta Pablo.

La casa empieza entonces a ser algo más que una construcción dentro de una parcela: es parte de la forma de vida que el cliente está buscando.

Y mientras las casas se multiplicaban, también comenzaba a aparecer otra pregunta: qué hacer con todo lo que estaban aprendiendo de una obra a la siguiente.

Cuando la experiencia se convierte en método

Después de varias casas comenzó a suceder algo inevitable: ciertas soluciones funcionaban una y otra vez. Había distribuciones, materiales, revestimientos, cocinas y detalles constructivos que podían volver a utilizarse porque ya habían sido probados. Pero también habían empezado a detectar un problema habitual en la construcción: la arquitectura y la obra muchas veces avanzaban por caminos separados.

“El arquitecto era uno y la constructora era otra. Y nunca había coordinaciones”, explica Felipe. “Había siempre como una especie de muchas ideas que de repente no se lograban coordinar”.

La respuesta fue ordenar aquello que ya habían aprendido. Primero fueron las especificaciones técnicas; después, los modelos. La experiencia de una casa podía convertirse en una base para la siguiente, reduciendo incertidumbres sin obligarla a ser igual a la anterior.

“Decidimos primero empezar a estandarizar un poco las especificaciones de las casas”.

Así comenzó a aparecer el sistema que hoy sostiene a HM. Existen distintos modelos, agrupados principalmente en dos líneas: una más vinculada al imaginario del granero sureño y otra de expresión contemporánea. Pero el modelo no funciona como una solución cerrada. Puede modificarse, combinarse e incluso servir apenas como referencia para comenzar un proyecto completamente nuevo.

“Siempre hay algo de los clientes o de los propietarios que van sacando de repente de estas otras casas. Entonces hacíamos como un híbrido entre las dos casas”.

Felipe lo explica como un árbol genealógico: una casa nace de otra, incorpora una nueva decisión y puede convertirse a su vez en el origen de una siguiente. Lo que se repite, entonces, no es necesariamente la forma, sino el conocimiento acumulado detrás de ella.

En la Casa Granero Puerto Varas esa memoria aparece en un gran volumen de madera, con una escala interior que recoge la referencia de las construcciones rurales del sur sin reproducirlas literalmente. En Braunau, en cambio, tres volúmenes articulados construyen patios y relaciones distintas con el exterior. Son respuestas diferentes, pero ambas nacen de una manera de pensar el programa, la luz y el paisaje.

La estandarización también comenzó a resolver otra parte del problema: cómo explicar y presupuestar una casa antes de construirla.

Pablo recuerda que esa búsqueda tomó tiempo.

“Antes de comenzar estuvimos mucho tiempo pensando en cómo acercar la arquitectura a un proceso más fluido y coordinado con todas las áreas”.

La solución fue ofrecer una arquitectura suficientemente definida para poder entenderla y cotizarla, pero abierta a las decisiones de quien finalmente va a vivir ahí.

Ahí aparece una de las particularidades del modelo HM: la estandarización no busca eliminar la elección, sino ordenar el momento en que se elige.

Lo que no se ve

La arquitectura que aparece en las fotografías tiene detrás una estructura mucho menos visible. Desde las fundaciones y el cálculo estructural hasta las terminaciones, HM ha ido construyendo una base técnica que permite trabajar con mayor previsibilidad.

“La idea es trabajar ya con una base, con un estándar bueno, medio-alto, para entregar las casas”, explica Pablo.

La madera es uno de los elementos constantes, acompañada por criterios definidos para pavimentos, porcelanatos, revestimientos interiores y exteriores y determinados componentes de cocina. Existe una base conocida, pero también margen para modificarla.

Eso permite que la experiencia acumulada se transforme en eficiencia. Las soluciones se conocen, los materiales se pueden prever y los equipos de obra llegan a una casa sabiendo que buena parte de lo que van a ejecutar ya ha sido probado.

Pero el objetivo no es solamente constructivo. También tiene que ver con una de las mayores incertidumbres para quien decide construir: cuánto va a terminar costando.

“También para no escaparse los presupuestos de los clientes”, dice Pablo.

Y enseguida precisa: “Más que acotado, es un presupuesto definido”.

La diferencia es importante. No se trata de restringir las posibilidades, sino de hacer visibles las consecuencias de cada decisión. Un cliente puede cambiar una terminación, sumar un jacuzzi o modificar una distribución, pero lo hace dentro de un sistema donde esas elecciones pueden evaluarse antes de llegar a la obra.

La técnica termina convirtiéndose así en una forma de atención.

Aprender en obra

El método continúa en terreno. HM trabaja con equipos que se han mantenido en el tiempo y que conocen sus materiales, sus terminaciones y sus formas de hacer.

“Los equipos ya han construido varios proyectos, repitiendo nuestra metodología de construcción, así logramos mayor fluidez en la obra”, cuenta Felipe.

La experiencia permite reducir errores y mejorar los tiempos, pero también acumular un conocimiento que no aparece en ningún plano. Una solución constructiva que funcionó bien puede incorporarse a la siguiente casa; una terminación puede ajustarse; un encuentro puede resolverse mejor.

La empresa ha sumado herramientas digitales para controlar materiales, inventarios y procesos de obra, buscando que esa información pueda circular entre oficina, ingeniería y terreno. Pero hay una parte del sistema que sigue dependiendo de las personas.

“Nosotros la seleccionamos las cuadrillas con pinzas”.

No se refiere únicamente a habilidad técnica. Habla también de una relación con el oficio. Cuenta, por ejemplo, la historia de un carpintero cuyo padre y abuelo trabajaron en construcción y que dedica parte de su tiempo a estudiar nuevas técnicas.

“Es como un estudioso de la carpintería. Y eso para nosotros es súper, lo valoramos”.

En esa frase aparece una idea que atraviesa silenciosamente el modelo de HM: estandarizar no significa mecanizar. La repetición sirve para que el conocimiento se acumule, pero la calidad final sigue dependiendo de quienes saben interpretar y ejecutar cada solución.

Por eso las casas funcionan también como un archivo físico de la empresa. Cada una deja algo detrás. Una respuesta al terreno, una mejor manera de usar la madera, una solución para la luz, un detalle que simplifica la obra.

La arquitectura se convierte así en un sistema que aprende.

Y ese aprendizaje termina volviendo al cliente.

Una casa que todavía puede cambiar

Que HM haya encontrado una manera de ordenar la arquitectura no significa que haya dejado atrás el diseño a medida. Al contrario, Felipe sigue identificándolo como una de las partes más estimulantes del trabajo.

“Nosotros trabajamos con diseño a medida, que igual para nosotros es como lo entretenido”.

Hay proyectos que requieren cinco o seis meses de desarrollo, en los que nuevamente todo comienza desde el terreno, el programa y las necesidades particulares de una familia.

Para algunos de ellos trabajan además junto al arquitecto italiano Mateo Palauro, aprovechando la diferencia horaria entre Chile e Italia para mantener el proyecto en movimiento.

“Nos vamos pimponeando siempre. Casi 24-7”, cuenta Felipe.

La tecnología ayuda a sostener esa dinámica, pero la lógica es más simple: el sistema puede entregar una base, pero no pretende decidir por el arquitecto ni por el cliente.

Algunos llegan con una idea muy concreta y encuentran en uno de los modelos el punto de partida. Otros modifican una distribución, mezclan elementos de distintas casas o cambian completamente la propuesta. Y hay proyectos en los que el modelo deja de ser suficiente y es necesario volver a diseñar desde cero.

Lo importante es que la posibilidad de elegir no aparezca como una sucesión interminable de decisiones, sino dentro de un proceso que ya tiene un orden.

Ahí el papel de Pablo resulta especialmente importante. Su trabajo no termina en vender una casa. Parte de su tarea consiste en traducir una enorme cantidad de decisiones arquitectónicas, técnicas y económicas a algo que el cliente pueda entender.

Porque construir una casa también significa aprender un lenguaje nuevo: superficies, partidas, revestimientos, estructuras, instalaciones, plazos, presupuestos. HM intenta que ese aprendizaje no ocurra a costa de la incertidumbre.

En el fondo, la pregunta que parece haber guiado el modelo desde el comienzo es bastante concreta: ¿cómo hacer que construir una buena casa sea un proceso más claro para quien nunca ha construido una?

La respuesta está en los modelos, pero también en todo lo que ocurre detrás de ellos.

Crecer sin perder el origen

La siguiente etapa parece estar contenida dentro de la misma lógica. Pablo habla de desarrollar pequeños condominios con diseños propios y, eventualmente, avanzar hacia proyectos que puedan venderse en verde.

Es una escala diferente, pero no necesariamente otra dirección.

Si una experiencia de construcción puede convertirse en un sistema, ese sistema puede trasladarse a más viviendas. La pregunta será cómo hacerlo sin perder aquello que dio origen a HM: la relación con el territorio, el cuidado por los materiales, el control técnico y, sobre todo, la posibilidad de que cada casa termine siendo realmente de quienes la habitan.

Quizás por eso la palabra inmobiliaria resulta insuficiente para explicar por sí sola lo que hacen.

HM integra arquitectura, especificación, construcción, gestión y atención al cliente dentro de un mismo proceso. Y esa integración tiene bastante que ver con la historia de sus fundadores.

Felipe llegó desde la arquitectura y aprendió a mirar la casa desde el paisaje, la materia y la forma de habitar. Pablo llegó desde el emprendimiento y aprendió a mirar la obra desde la gestión, el cliente y la posibilidad de convertir una buena idea en un negocio que funcione.

Sus roles están definidos, pero la frontera entre ellos parece bastante más permeable.

“Ambos vamos viendo de todas las áreas”, dicen.

Quizás ahí esté una de las claves de HM. No en haber encontrado una fórmula definitiva para construir casas, sino en haber conseguido que dos maneras distintas de mirar una misma industria se vuelvan complementarias.

Una familia abierta

Vista desde hoy, la historia parece tener una lógica que probablemente no era tan evidente mientras ocurría.

Primero estuvieron los lápices del abuelo de Felipe. Después la arquitectura, Santiago y los primeros proyectos. Estuvo Pablo, emprendiendo desde joven y entrando a la construcción por un camino distinto. Después vino la pandemia, el regreso al sur y una ampliación doméstica que los puso a trabajar juntos. Y luego llegaron las casas. Una después de otra. Hasta que comenzaron a reconocer algo entre ellas: ciertas decisiones podían volver a utilizarse, algunas soluciones podían perfeccionarse y una obra podía enseñarle algo a la siguiente.

Ahí nació el método.

Pero quizás también nació algo más interesante: una manera de entender la arquitectura como una experiencia acumulativa. Una casa puede partir de un modelo, incorporar algo de otra, responder a un terreno específico y terminar siendo completamente propia. Después, alguna de sus soluciones puede volver al catálogo y convertirse en el comienzo de una nueva vivienda.

El “árbol genealógico” de Felipe funciona entonces como algo más que una metáfora.

Es la imagen de una arquitectura que puede repetirse sin ser idéntica; de un sistema que gana eficiencia sin renunciar a la posibilidad de desviarse; de una empresa que aprende de cada obra para hacer mejor la siguiente.

Y también de una forma particular de entender el sur.

No como una estética hecha de madera, grandes ventanales y cubiertas inclinadas, sino como una manera de vivir: mirar el paisaje, aprovechar la luz, protegerse del clima, salir al jardín, compartir la cocina, habitar los espacios intermedios y construir una relación cotidiana con el lugar.

Felipe volvió al sur buscando, entre otras cosas, una forma de vida que ya no encontraba en Santiago. Pablo volvió porque ya no tenía razones para quedarse. Terminaron construyendo juntos. Y quizás lo que hoy están haciendo sea, en cierto modo, la continuación de aquella vuelta: convertir una manera de habitar el sur en una arquitectura que pueda crecer sin dejar de reconocer de dónde viene.

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