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Isidro Pino: Seducir , aterrizar, diseñar

Sep 10, 2026 | Arquitectura, Ecuador, RÚA SALÓN LATAM | 0 Comentarios

Desde IPM Arquitectos, el arquitecto ecuatoriano Isidro Pino ha construido una práctica donde diseño, construcción y desarrollo inmobiliario forman parte de un mismo proceso. Casi dos décadas de ejercicio independiente han ido definiendo una manera de proyectar cercana al cliente, atenta a las posibilidades reales de cada obra y abierta a nuevas exploraciones sobre el territorio, la materialidad y las formas de habitar.

Una pareja puede sentarse frente a Isidro convencida de que sabe perfectamente qué casa quiere y descubrir, pocos minutos después, que cada uno estaba imaginando otra cosa…. el arquitecto Isidro Pino lo cuenta con humor.

“Mi primera pregunta es qué estilo arquitectónico buscas para tu casa. Entonces uno te dice: ‘yo quiero una casa minimalista’, y la esposa te dice: ‘yo quiero la casa de Pinocho’. Y tú dices: ¿cómo sintetizas estilos arquitectónicos tan distintos? Es parte de esa tarea de encontrarle la vuelta y seducir al cliente”.

No siempre las diferencias tienen que ver con estilos. También aparecen cuando la conversación avanza hacia la manera en que se va a vivir: alguien quiere un espacio propio; otro propone una suite para que sus padres se instalen en casa. Lo que hasta ese momento parecía una idea empieza a transformarse en habitaciones, metros cuadrados, cercanías y distancias.

“Yo siempre les digo que no se vayan a pelear, que yo soy el psicólogo que va a tomar las riendas para poder unir esto. Tengo que entender realmente cómo opera y funciona la familia. Hay casos en que el hombre dice: ‘sí, quiero mi manscape y toda la vaina’, y de repente la mujer te dice: ‘yo quiero una suite al lado porque quiero que vengan a vivir mis papás’. Y tú ves la cara del marido. Entonces te toca ir ajustando tuercas para que no desencadene en pleitos familiares”.

Isidro se ríe al contarlo. Pero ahí se juega una parte importante de su trabajo: descubrir qué hay detrás de aquello que una persona pide y encontrar una respuesta cuando, dentro de una misma familia, esas respuestas son distintas.

“Es la misma casa”

Durante un tiempo comenzó a utilizar un ejercicio sencillo.

Mostraba una casa blanca, pura, transparente, de volúmenes limpios.

“Me decían: ‘no, esta casa la siento muy fría’”.

Después enseñaba otra. Aparecían hormigón visto, piedra, perfiles en tonos de madera y una materialidad más cálida.

“Y curiosamente me decían: ‘esta casa sí me fascina’. Y yo les decía: es la misma casa”.

Lo era. Había cambiado la presentación, invertido algunas posiciones y modificado su expresión material, pero la organización esencial permanecía.

El ejercicio le confirmó algo que había empezado a detectar en las reuniones: muchas personas llegan manejando referencias o palabras que no necesariamente expresan lo que buscan.

“A veces te dicen: ‘me gusta minimalista’. Entonces les enseño fotos de minimalismo y me dicen: ‘no, eso sí está muy frío’. Y les digo: eso es minimalismo. Ahí te toca ir buscando qué estilo realmente se adapta a ellos”.

En vez de exigir un vocabulario arquitectónico, Isidro presta atención a las reacciones.

De esa misma inquietud nació una ficha de preguntas que desarrolló para conocer mejor a quienes llegaban al estudio. Más tarde decidió llevarla a redes sociales.

No intenta revestir la idea de una intención más solemne.

“Dije: voy a poner esto en redes sociales para, a manera de pescar clientes, enamorar a estos eventuales clientes y hacerles soñar. Creo que es parte de la arquitectura y también de una habilidad que he desarrollado: saber cómo enamorar a un cliente, cómo hacerlo soñar”.

Diseñar, construir, seducir, vender, presupuestar. En la forma en que Isidro habla de su profesión esas acciones conviven sin demasiados conflictos.

Tal vez porque su llegada a la arquitectura tampoco fue completamente lineal.

Los dos años de negocios

Los planos estaban ahí mucho antes de que Isidro decidiera convertirse en arquitecto.

Su madre es diseñadora de interiores y él recuerda una infancia entre rapidógrafos, pantones y libros de diseño. Viajar también tenía para él un sentido particular.

“Para mí conocer una ciudad era viajar. Muchas personas me decían: ‘nuestro paseo de vacaciones, vámonos a un desierto’. Yo decía: vamos al desierto cinco minutos. Para mí viajar era explorar la arquitectura, meterme en cómo se desarrolla y cómo vive uno en la ciudad. Eso me apasionó siempre”.

Más tarde apareció Frank Lloyd Wright. Uno de los primeros libros de arquitectura que compró fue sobre su obra y Fallingwater se convirtió en una referencia que conservaría durante años.

“Ese libro lo tengo, lo cuido mucho, lo amo. Cuando tuve la oportunidad de ir a Chicago, ya siendo arquitecto, y meterme en obras de Frank Lloyd Wright, se me erizaba la piel. Era algo que me había encantado toda la vida”.

Sin embargo, cuando llegó el momento de elegir carrera, empezó estudiando negocios.

“Yo tenía bastante claro que quería ser arquitecto, pero cuando estás cerca de graduarte comienzan a invadirte esos demonios de si estás tomando la decisión correcta. Me incliné inicialmente por negocios y realmente me gustó, pero no fue algo que me apasionó”.

Permaneció allí cerca de dos años.

A los 21 viajó por primera vez a Europa. Encontrarse con las ciudades, el arte y la arquitectura que hasta entonces había conocido principalmente a través de libros terminó por ordenar la decisión.

“Dije: no, esto definitivamente es lo mío”.

Cambió de carrera. Los negocios, sin embargo, terminarían reapareciendo de otra manera.

“Me lancé al agua”

Después de graduarse, Isidro pasó por dos estudios. Trabajó primero en una oficina vinculada al diseño interior de proyectos de mayor escala y luego con el arquitecto Felipe Londoño y Mario Mantilla.

No permaneció mucho tiempo trabajando para otros.

“Creo que soy una persona a la que le gustó mucho trabajar sin mucho jefe”.

En 2007 decidió independizarse.

“Me lancé al agua. Y fui demasiado arriesgado porque en ese momento había diseñado un par de casas, stands, cosas muy pequeñas y puntuales. Pero me lancé con un amigo al mundo del desarrollo de proyectos inmobiliarios. Yo tendría unos 29 años”.

El primer proyecto nació, en buena medida, de conseguir que alguien creyera en la idea.
“Logramos seducir a la dueña de un terreno para que nos aporte el terreno para desarrollar un proyecto inmobiliario. Ahí hicimos nuestro primer edificio y desde entonces arrancó mi pasión por el desarrollo de proyectos”.

“Seducir” vuelve a aparecer en su relato.

No parece casual. Isidro habla de convencer a la propietaria de aquel terreno con la misma naturalidad con que explica cómo conduce a una pareja desde dos ideas incompatibles hasta una casa compartida.

IPM Arquitectos terminó desarrollándose justamente en esa intersección entre diseño, construcción y promoción inmobiliaria. Aunque la oficina ha trabajado en edificios, oficinas e interiorismo, en los últimos años la vivienda unifamiliar ha ocupado buena parte de su práctica.

Y muchas veces esa relación empieza antes de que exista siquiera un proyecto.

El lote “baratísimo”

Hay personas que llegan entusiasmadas porque encontraron un terreno a un precio imposible de rechazar.

Isidro pregunta por la pendiente.

“Me dicen: ‘es que me están vendiendo un terreno baratísimo’. Y les digo: claro, pero tiene una pendiente negativa o positiva donde te va a tocar hacer muros de contención, rellenos, que son costosísimos. Probablemente la otra opción es un poco más cara como lote, pero a la hora de ejecutar la obra va a ser significativamente más económica”.

Por eso le interesa participar temprano. A veces incluso en la elección del terreno.

También pregunta desde las primeras conversaciones cuánto dinero se quiere destinar realmente a la vivienda.

“Yo diseño y te puedo decir que construyo el 95% de las casas que hago. Pero siempre tienes que aterrizar al cliente respecto de qué va a construir ajustado a cierto presupuesto”.

En Isidro, “aterrizar” no significa reducir una aspiración. Significa hacerla construible.

Su experiencia en desarrollo inmobiliario se reconoce en esa forma de abordar el proyecto. Un terreno no es solamente una ubicación o una vista: tiene un costo inicial y otro costo escondido en su topografía. Una decisión espacial terminará convertida en estructura, materiales y horas de obra. Algo que funciona en una imagen tendrá que sostenerse cuando llegue el momento de ejecutarlo.

El 95 por ciento

Construir alrededor del 95 % de las casas que diseña ha creado una continuidad poco casual entre oficina y obra.

Su equipo conoce ciertas maneras de resolver.

“Ya saben cómo me gusta eventualmente construir una escalera, una grada exterior, ciertos detalles de barrederas. Saben perfectamente cómo fluimos. Eso ha alivianado mucho esa complejidad que eventualmente pueden tener las construcciones”.

La diferencia se vuelve evidente cuando la ejecución queda en manos de otros.

“Han habido pocas casas que no he ejecutado y curiosamente es mucho más demandante, porque tienes que estar permanentemente en la obra dando detalles constructivos y resolviendo temas. Muchas veces otro constructor, por bien hacer y solucionar algo constructivo, termina complicando la parte arquitectónica”.

Esa cercanía con la obra ha terminado afinando también el diseño. Isidro proyecta sabiendo que, probablemente, después tendrá que responder por cada decisión frente a quienes la construyen.

Con los años, algunas de esas decisiones comenzaron a repetirse lo suficiente para que pudiera reconocer un lenguaje propio.

“Ese ADN te sigue jalando”

“Curiosamente he hecho de todo”, comenta Isidro.

Ha diseñado casas neoclásicas, modernas y proyectos que responden a preferencias muy distintas. Pero, al mirar su trabajo en perspectiva, identifica una forma de hacer que comenzó a consolidarse.

“Creo que mi ADN arquitectónico se ha ido construyendo con un estilo que yo denomino ‘rústico renovado’. Básicamente es una arquitectura moderna, que funcionalmente funciona como una casa moderna, pero incorpora muchos elementos naturales que le dan abrigo, que la hacen acogedora, cálida”.

Aparecen piedra, hormigón visto, madera o tonalidades asociadas a ella.

Hay algo de aquella casa presentada dos veces en esta definición. Mantener una organización contemporánea, pero modificar la experiencia a través de la materialidad.

“Creo que ya la gente me busca por lo que hago. Uno como arquitecto siempre trata de reinventarse y hacer nuevas cosas, pero es como que ese ADN te sigue jalando y la gente sigue queriendo eso”.

Isidro reconoce ese lenguaje sin convertirlo en una regla. Lo entiende como algo que se fue formando con la práctica y que hoy convive con otras inquietudes.

Una de ellas lleva varios años rondándole.

Pensando en el tapial

Buena parte de sus viviendas recientes se concentra entre Cumbayá y Puembo, en la provincia de Pichincha.

Allí la pendiente es casi una condición de partida.

“Estamos en la sierra. Aquí todos los terrenos tienen unas topografías… Cuando encuentras un terreno plano dices: qué maravilla, ¡un terreno plano! Porque todos son pendientes positivas, negativas”.

Cuando las condiciones lo permiten, procura intervenir el terreno lo menos posible. También busca que el exterior se haga presente desde el interior.

“A mí me gusta mucho ese efecto de que cuando entres a una casa hecha por mí te topes con un gran ventanal y tengas una proyección con el jardín, con la vista, que te genere ese efecto guau. Me encanta crear pequeños espacios de recogimiento conectados con una excelente vista. Para mí la búsqueda de la luz y las sombras es muy importante. Puede sonar a cliché porque seguramente todo el mundo te lo dice, pero yo sí lo siento”.

Al hablar de Ecuador, la conversación abre otra línea.

Desde hace algunos años, Isidro piensa en explorar sistemas constructivos tradicionales.

Menciona específicamente el tapial.
“Es parte del proceso de exploración que siempre tengo en mente. Quiero empezar a explorar sistemas constructivos tradicionales, como el tapial. Hay una cosa que tengo en la cabeza hace unos tres años y no he logrado darme el tiempo de desarrollarla, pero es algo que quiero”.

No plantea esta búsqueda como una corrección de lo anterior, sino como la posibilidad de ampliar aquello que ya ha construido.

Después de trabajar durante años con topografías, vistas, luz y materiales naturales, le interesa investigar otras maneras de incorporar las particularidades del sitio.

Cuando se le pregunta por sus próximos desafíos vuelve a esa idea.

“Creo que reinventarme un poco puede ser interesante. Si bien hago una arquitectura que respeta mucho el ambiente y el entorno, probablemente buscar una identidad más propia del sitio donde te estás asentando me parece bien importante. Sí creo que es algo que tengo en mente y debo hacer”.

Su “rústico renovado”, entonces, no aparece como un destino final.

Es un lenguaje que reconoce como propio y desde el cual todavía quiere seguir desplazándose.

El niño que quería ver ciudades

Cuando Isidro piensa en cómo ha cambiado después de casi dos décadas de carrera, no empieza por los proyectos ni por la oficina.

Vuelve a una disposición mucho más antigua.

“Creo que hay cosas que uno nunca debe cambiar, que es ser un soñador. Parte de ser arquitecto es siempre soñar, ser supremamente creativo. Evidentemente están los cambios que te da la vida, los golpes, los tropiezos del aprendizaje, pero siempre está la idea de explorar nuevas aventuras”.

Luego vuelve a las personas.

“Cada cliente tiene una aventura distinta en la que aprendes mucho. Pero creo que me he mantenido con un concepto bien claro en el estudio: tratar de ser un profesional muy proactivo y muy humano con el cliente”.

Hay una continuidad con aquel niño para quien viajar significaba recorrer ciudades y entrar en edificios. La curiosidad permanece, aunque el objeto de esa curiosidad se ha ampliado.

Al final de la conversación, Isidro revisa unas notas buscando cómo resumir su manera de trabajar.

Después de más de media hora hablando de estilos, matrimonios, presupuestos, terrenos, construcción, materiales y topografías, encuentra una frase mucho más simple.

“Para nosotros la arquitectura se trata de algo muy sencillo: entender a las personas, entender el lugar y encontrar la manera de unir ambos en un espacio que tenga sentido. Para mí escuchar al cliente, entender el lugar y transformarlo en arquitectura es súper importante”.

Durante buena parte de su carrera, Isidro ha desarrollado especialmente una sensibilidad para la primera parte de esa ecuación: entender quién tiene delante, incluso cuando dos personas sentadas en la misma mesa quieren cosas completamente diferentes.

Hoy esa curiosidad también comienza a abrir nuevas preguntas sobre la segunda.

Y quizá allí esté el movimiento más interesante de su arquitectura: después de casi veinte años haciendo coincidir deseos, presupuestos, materiales y formas de vivir, Isidro sigue buscando nuevas maneras de sumar el lugar a esa conversación sin abandonar aquello que ya reconoce como propio.

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