Se define como un arquitecto constructor. No busca la poesía fuera de la obra: la encuentra en el olor de la madera recién cortada, en la precisión de una terminación y en las manos de los maestros que llevan una década trabajando junto a él. Desde Verticali, Yamal Chehade diseña y construye espacios luminosos para la vida en familia, convencido de que la calidad no se declara: se revisa, se toca y se sostiene en el tiempo
Antes de comenzar la entrevista, Yamal Chehade hace una advertencia… ha estado leyendo reportajes de Rúa Salón y todo le parece bonito, sensible, incluso poético. Eso, en lugar de tranquilizarlo, lo inquieta. No sabe si su manera de hablar calza con esa imagen del arquitecto que pronuncia frases perfectas y posa con camisa blanca frente a una obra terminada.
“Yo no soy un arquitecto de ese tipo, tan romántico. Soy más un arquitecto de obra, bruto. Me gusta mucho la construcción. Para mí es más romántico hablar de los materiales que de la arquitectura misma”.
También ha pensado su retrato. Lo quiere dentro de una obra, entre materiales, polvo y procesos todavía abiertos. No quiere disfrazarse de una idea de arquitecto que no le pertenece.
Pero basta dejarlo hablar para entender que su romanticismo vive en otra parte. Está en el olor de una tabla recién cortada, en el café compartido durante una jornada larga, en la memoria de una alfombra nueva y en el gesto de un maestro que sabe cuándo una superficie todavía no está lista. Su arquitectura no se separa de todo aquello que ocurre antes de la fotografía.
Cuando se presenta, vuelve a decirlo a su manera:
“Soy arquitecto de profesión, pero yo me autotitulo arquitecto constructor”.
Tiene 37 años y hace casi once fundó Verticali junto a su hermano. Dos años después continuó solo.
Desde entonces, el estudio ha crecido entre remodelaciones, ampliaciones, viviendas nuevas y oficinas. Diseñan, construyen y permanecen hasta que el espacio está listo para ser habitado; algunas veces, incluso, hasta que el último mueble encuentra su sitio.

Los olores que quedaron
La historia comienza mucho antes de Verticali. Yamal tenía unos seis años cuando su padre amplió la casa familiar. La obra entró en su vida como suelen entrar los recuerdos más persistentes de la infancia: no mediante una explicación, sino a través de los sentidos.
“Ahí partió el tema de los olores: la madera, las alfombras nuevas, el olor a pintura. Se me quedó grabado para siempre”.
Su padre tenía una empresa constructora dedicada a obras civiles y proyectos sanitarios. Lo llevaba a terreno desde pequeño y, en el trayecto, le enseñaba a mirar.
Un edificio dejaba de ser un volumen completo para dividirse en losas, pilares, vigas y fierros. La camioneta era una sala de clases en movimiento.
“Yo lo pasaba muy bien. Me acuerdo del olor a café mezclado con la madera recién cortada. Me encantaba ir, aparte de que iba pegado a mi viejo”.
Había construcción hacia atrás en la familia: su padre, su abuelo materno, una familiaridad transmitida sin convertirla en mandato. También había una educación material que él no reconoció hasta mucho después. Su padre les mostraba calidades y les enseñaba a fijarse en las superficies.
En su casa había alfombras persas en pasillos y dormitorios, mucha decoración, antigüedades y cuadros. Para él era normal. Solo al visitar a sus amigos descubrió que las suyas tampoco eran objetos corrientes. Entre la obra gruesa y esos detalles domésticos fue apareciendo una sensibilidad doble: saber cómo se sostiene algo y decidir cómo se siente.
“Siempre me gustó el diseño, generar espacios bonitos, de confort. No lo había pensado, pero hay una base muy importante que viene de mi viejo”.
Quizás por eso eligió Arquitectura y no Construcción Civil: necesitaba la estructura y la superficie, la obra y aquello más difícil de medir que hace que un espacio se sienta bien.

La cabeza en su lugar
Entrar a Arquitectura en la Universidad Andrés Bello no fue una confirmación inmediata. En el colegio, Yamal había tenido la cabeza puesta en el deporte y reconoce, sin demasiada ceremonia, que no era un gran alumno. La universidad lo enfrentó a una exigencia para la que nadie parecía estar completamente preparado.
“La carrera es abrumadora. En segundo o tercer año te piden diseñar un centro cultural y uno siente que todavía no sabe hacer ni una casa. La gente la romantiza, pero los primeros años son muy duros”.
Lo que sostuvo ese periodo fue la compañía. Se croqueaba la ciudad en grupo, se compraban materiales juntos y las maquetas ocupaban el comedor durante días. Seis amigos podían instalarse en su casa un fin de semana completo trabajando.
Yamal recuerda esa vida colectiva con más entusiasmo que cualquier ejercicio académico. Aprendió temprano que el oficio nunca ocurre del todo en solitario: la arquitectura ya significaba coordinarse, escuchar y resolver con otros.

Tirarse a la piscina
Al salir de la universidad eligió una constructora. Trabajó en control de calidad para edificios y pasó los días observando fallas, corrigiendo entregas y afinando el ojo. Cuanto más aprendía, más incómodo se sentía con las terminaciones que debía recibir.
Entonces su hermano mayor, ingeniero civil industrial y cansado de su propio trabajo, le propuso independizarse juntos. La idea no llegó acompañada de un plan épico: podían dedicarse a remodelar. Eso fue suficiente.
Un amigo le encargó un restaurante en Alonso de Córdova y Yamal renunció con ese único proyecto asegurado.
“Me tiré a la piscina”, resume.
Mientras ejecutaban el local apareció la remodelación de un departamento y, poco después, una tienda que exigía trabajar con vidrios blindados importados.
Los primeros dos años fueron difíciles. Su hermano, que ya tenía tres hijos, decidió retirarse, y Yamal quedó solo justo antes de que la empresa comenzara a tomar impulso.
El tercer año llegaron nuevos encargos y Verticali dejó de ser una apuesta sostenida por inercia para convertirse en un equipo con continuidad.
Durante un tiempo trabajaron en las terminaciones de edificios residenciales de alto estándar. Allí conocieron de cerca el mármol, los sellos, el fragüe y esa zona de la construcción donde unos pocos milímetros deciden si algo se percibe cuidado o simplemente terminado. El aprendizaje quedó incorporado a la empresa.
“Yo no quiero que el cliente llegue y me diga que tiene observaciones. Tengo que pasar yo diez veces antes que él”.

Las manos que no cambian
Esa exigencia no recae solo en Yamal. Verticali trabaja desde hace cerca de diez años con el mismo núcleo de maestros.
Él les dice “los viejos”, usando una palabra habitual en obra que, en este caso, también describe su experiencia. La mayoría supera los cincuenta años y conserva oficios aprendidos antes de que cada partida comenzara a subcontratarse a una cuadrilla distinta.
“Son maestros de oficio real. Son unas máquinas”.
En una industria marcada por la rotación, Yamal decidió sostener relaciones permanentes. Sus maestros tienen contrato y se mueven con él entre proyectos.
Conocen el estándar de Verticali sin que alguien tenga que explicarlo desde cero. También han aprendido terminaciones que antes no habían ejecutado y han elevado su propia medida de lo aceptable.
La estabilidad no llegó sola. Hubo dolores de cabeza y momentos en que mantener el equipo parecía más difícil que armarlo de nuevo.
El resultado se percibe cuando un antiguo cliente vuelve a llamar, llega a la obra y saluda por su nombre a los mismos maestros que trabajaron allí años atrás.
No son figuras intercambiables escondidas detrás de la marca. Son parte de la memoria de cada proyecto y de la historia de la empresa.
“A veces se nos olvida que la construcción es un trabajo artesanal. No está hecha por máquinas; son artesanos haciendo las cosas con las manos. En una casa, todo lo que uno ve fue hecho o instalado por una persona”.
Esa frase contiene el verdadero sello de Verticali. La calidad absoluta de la que habla Yamal depende de alguien que corta, aploma, lija, sella, pinta y vuelve a mirar. Depende también del tiempo dedicado a conocer esas manos y permitir que ellas conozcan el modo en que quiere construir.

Entender cómo se vive
Cada proyecto comienza antes del dibujo. El equipo pregunta cuántas personas vivirán allí, si reciben visitas, si tienen mascotas, niños pequeños o familiares mayores. Quiere conocer lo que el cliente pide y aquello que su rutina revela sin decirlo: un borde peligroso, una circulación incómoda, un lugar donde siempre se reúnen.
La paternidad volvió esa mirada más concreta. Yamal tiene dos hijos, de siete y nueve años, y reconoce que antes podía diseñar una terraza en voladizo sin detenerse demasiado en el riesgo. Vivir con niños cambió su manera de pensar las esquinas, los materiales y las distancias.
Hay una historia anterior que también lo acompaña. Cuando era adolescente, tenía un amigo que vivía en una casa enorme. Su dormitorio estaba al final de un largo pasillo del primer piso; el de sus padres, arriba, junto al acceso. Ellos llegaban cansados, subían directamente y el hijo podía pasar días sintiendo que apenas los veía.
“Ahí te das cuenta de cómo el diseño puede afectar la calidad de vida, la calidad de familia y hasta la calidad del cariño”.
Yamal no olvidó esa casa. Tal vez por eso Verticali ha puesto tanto énfasis en cocinas, salas de estar y quinchos: lugares donde la familia no necesita programar el encuentro. La distribución no garantiza la cercanía, pero puede favorecerla o volverla improbable. Para él, una planta es también una decisión sobre quién se cruza con quién.



Luz aunque no haya sol
El lenguaje de Verticali se reconoce en espacios claros, maderas naturales, cubiertas luminosas y pequeños elementos oscuros que interrumpen la continuidad. Yamal habla de blancos, cuarzos, vitrinas de perfilería negra, tiradores y zócalos. No busca el color intenso ni el gesto que reclama atención; prefiere el contraste en dosis pequeñas.
La luz natural ordena gran parte de esas decisiones. El equipo estudia orientaciones, abre ventanales, incorpora lucarnas y evita espacios castigados por un sol poniente que después nadie puede habitar. Sin embargo, la luminosidad que persigue no depende únicamente de recibir sol directo.
“Me encantan esos espacios que se ven luminosos sin tener luz. Que uno entra y se siente en un lugar exquisito solamente por la sensación”.
También busca amplitud. Le gustan los cielos altos y los recorridos despejados, una preferencia que explica riéndose desde su metro noventa de estatura.
“Soy un pailón; las cosas muy chicas me hacen sentir atrapado”. Se trata de hacer que el espacio respire, aunque los metros sean acotados.
Entre las superficies claras suele aparecer una planta de hojas grandes. Yamal es aficionado a ellas desde niño y Verticali acostumbra dejar una como regalo al terminar el proyecto. A veces el cliente advierte que no sabe cuidarlas. Él la deja de todos modos.
Recuerda un ave del paraíso que entregaron para un baño varios años atrás. Cuando regresaron a la misma casa para construir un quincho, la planta seguía viva: había crecido junto con la familia y con la casa.
Yamal no piensa la entrega como un final congelado. Le interesa que lo construido continúe; que años después los clientes vuelvan a llamar y todavía estén allí la planta, los maestros y la confianza.

Hasta el último detalle
Cuando le preguntan qué sueña para Verticali, Yamal no menciona una tipología espectacular. Le gustaría enfrentar casas más grandes y presupuestos que permitieran explorar, pero enseguida vuelve a aquello que disfruta: resolver viviendas complejas y entender cómo hacerlas habitables.
Los restaurantes, que ocuparon los primeros años, le enseñaron también a elegir. Después de enfrentarse a plazos imposibles, patentes, aperturas y presupuestos tensos, aprendió a decir que estaba ocupado cuando llegaba un nuevo encargo. La experiencia le mostró dónde prefería permanecer.

Verticali es, para él, algo más difícil de separar de la vida cotidiana. “Ya ni siquiera es como un hijo; es parte de la familia”, dice. En esa familia incluye a quienes trabajan en la empresa y a las personas que dependen de ellos. Crecer no significa solo sumar proyectos, sino dar continuidad a ese grupo y mantener el nivel de cuidado que lo ha reunido.
Al comienzo de la conversación, Yamal temía no tener una historia suficientemente romántica. Al final, vuelve a nombrar los materiales: la madera, la pintura, el café, el polvo y aquel antiguo olor a cigarro en la obra. Habla del amor por el oficio, de las personas que hacen las cosas con las manos y de la responsabilidad de construir los lugares donde otras familias se encontrarán —o podrían dejar de hacerlo— cada día.
Quizás por eso su retrato solo podía tomarse allí: dentro de la obra, mientras todavía quedan huellas del proceso. No porque la arquitectura terminada le importe menos, sino porque, para Yamal, nunca puede separarse de quienes la hicieron posible. La calidad está en el último detalle, pero también en todas las manos que llegaron antes.










0 comentarios