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Felipe Oyarzún: el origen como pregunta

Sep 8, 2026 | Destacados, Objetos y Arte | 0 Comentarios

Durante tres décadas, Felipe Oyarzún ha hecho de la pintura un lugar de búsqueda. Desde una infancia en el campo y los primeros dibujos figurativos hasta Cosmogonía, Axis Mundi y Fiat Lux, su trayectoria puede leerse como una depuración de la forma, pero también como la historia de una pregunta que nunca ha terminado de responder: qué hay en el origen de las cosas y qué debe ocurrir en el artista antes de que una obra aparezca.

Felipe Oyarzún habla de su pintura y, tarde o temprano, termina hablando de otra cosa. Del origen. Del espíritu. De la lectura. De aquello que ocurre en una persona antes de que una imagen aparezca. Incluso cuando explica un cuadrado o un círculo, el asunto no es estrictamente formal.

Para él, la geometría no es solamente una manera de organizar el plano: es una posibilidad de aproximarse a lo esencial.

Esa idea ayuda a entender por qué su obra ha cambiado tanto y, al mismo tiempo, por qué insiste sobre una misma inquietud. Oyarzún relaciona la evolución artística con lo que llama “trabajo interior”: estudiar, leer, escribir, observarse, transformarse. La pintura vendría después, como registro exterior de ese movimiento.

“Mi pintura siempre ha sido más que pintura. Siempre he estado en una búsqueda espiritual interior”, explica. Las transformaciones de su lenguaje, dice, han ocurrido a medida que esa búsqueda también se ha movido.

Antes de la geometría

Nació en Los Andes y vivió sus primeros siete años en la ciudad. Sus recuerdos más nítidos comienzan después, cuando la familia se trasladó al campo, muy cerca de allí. El campo ocupa un lugar importante en la manera en que hoy explica su infancia: animales, árboles, maderas encontradas y tiempo para inventar.

“No es que mis papás no me compraran juguetes. Me compraron algunos, pero yo como que no los usaba. Me gustaba jugar con las cosas que podía inventar ahí, con las maderas que encontraba”, recuerda.

La observación apareció antes que cualquier intención profesional. En la adolescencia comenzó a dibujar flores secas, árboles, caballos, burros y plantas del jardín. A veces caminaba hasta los cerros para hacerlo. Eran dibujos figurativos, desarrollados de manera espontánea y autodidacta, sin pensar todavía en convertirse en artista.

Al escoger una carrera, el campo volvió a aparecer. Estudió dos años de Agronomía, casi como continuación de lo conocido. Después pensó en arte, aunque finalmente optó por Diseño Gráfico. La formación le resultó interesante; el ejercicio profesional, mucho menos.

Su experiencia en una oficina duró apenas dos meses. Recuerda ese ingreso al mundo laboral como una crisis: la idea de pasar sus días frente a un computador le resultó insoportable. Entonces decidió buscar otra forma de trabajar.

Comenzó a dedicarse a la pintura de manera autodidacta. Tiempo después realizó talleres de grabado, serigrafía y escultura en la Universidad Católica de Chile y, años más tarde, un postgrado de pintura en la Escola Massana de Barcelona. Este último periodo sí lo reconoce como decisivo para modificar su rumbo.
La geometría no estaba allí desde el comienzo. Su pintura atravesó figuración, expresionismo abstracto, informalismo y arte concreto antes de alcanzar una síntesis geométrica. Incluso retiró de su página web más de una década de aquel trabajo inicial, una etapa que llama “otra vida anterior de pintor”.

Mirada retrospectivamente, no la entiende como una serie de quiebres, sino como un proceso lógico: desde la representación hacia una progresiva reducción de los elementos.

Llegar a lo esencial

Cuando Oyarzún habla de geometría, la palabra síntesis aparece una y otra vez. Punto, línea, círculo, cuadrado. Pocos elementos. Menos información. Más concentración.

“Yo veo un cuadrado, un círculo, cualquier figura geométrica, una línea, un punto, y como que siento una paz interior, una tranquilidad, porque son pocos elementos. Entonces esa escasez de elementos, esa síntesis, te lleva a una unidad, a una concentración, a un orden.”

Allí está una clave para entrar en su obra. Oyarzún no llega a la geometría desde una fascinación matemática, sino porque encuentra en esas formas hay una potencia de lo simbólico.

Para él, este método permite acercarse a lo primigenio, al ‘fundamento de lo real’. Un círculo puede ser una forma de simbolizar lo absoluto; un punto, la expresión mínima de un origen. Por eso no reconoce contradicción entre la racionalidad aparente de la geometría y la dimensión espiritual de sus preguntas. Considera que cuanto más sintética es una forma, mayor puede ser su capacidad simbólica.

“Si bien la facultad intelectual puede llevar a lo divino, al primer elemento, principio y verdad más allá de la apariencia, existen símbolos que por medio de resonancias, relaciones y correspondencias permiten vincular distintos niveles de la realidad.

En este sentido podemos considerar la naturaleza en sí misma una manifestación simbólica, donde cada uno de sus aspectos presenta al individuo reminiscencias de los principios y arquetipos de los cuales emana la creación, y el observador atento encontrará estos aspectos y elementos formales que reflejan y expresan la idea, causa y principio del mundo.”

Desde 2007 esa investigación se articula en torno a su Proyecto Cosmogonía, una visión integral del arte, el ser humano y la sociedad. Más que una serie cerrada, funciona como un territorio de investigación.

La pregunta que lo sostiene es enorme, aunque Oyarzún la formula sin rodeos: “¿De dónde venimos? Para mí esa es la gran pregunta”.

Con los años, esa interrogante incorporó otra: dónde estamos. Su respuesta se aleja del consenso científico moderno y se acerca a modelos cosmológicos antiguos, una convicción personal y metafísica. Más allá de compartirla o no, sirve para comprender desde qué lugar trabaja: el cosmos no es una referencia decorativa, sino una pregunta sobre la existencia y el lugar del ser humano.

El trabajo ocurre antes

Oyarzún dice que sus principales motores no están necesariamente en otros artistas. Menciona a Pablo Palazuelo y reconoce su interés por Josef Albers y sus investigaciones sobre el color, pero cuando habla de aquello que realmente alimenta su trabajo vuelve rápidamente hacia los libros.

“Mi fundamento de todo el quehacer pictórico viene de distintos escritores, filósofos, tradicionalistas, pero no tanto del arte directamente.”

Leer, estudiar y escribir forman parte de su práctica. No aparecen como actividades paralelas a la pintura, sino como parte del mismo proceso. Su idea de artista se construye allí: alguien que no trabaja solamente sobre una tela, sino sobre sí mismo.

“El trabajo realmente no está en la obra, sino que está en uno mismo. Ahí está el trabajo realmente del artista. El artista trabaja en sí mismo.”

Para explicarlo utiliza la figura del alquimista. En su visión, el artista debiera permanecer en un proceso de transformación y purificación interior; la obra sería la consecuencia visible.

Por eso observa con distancia a quienes encuentran una fórmula y la repiten durante décadas. Para Oyarzún, cuando el creador deja de cambiar, la obra también se detiene.

Es una postura exigente y crítica frente a parte del sistema del arte. Llevada a su propio trabajo, explica por qué sigue estudiando y por qué considera necesario que su pintura de hoy no sea la misma que hacía a los veinte años.

También ayuda a entender su escritura. Durante los tres años que residió en Alemania escribió Naturaleza y Arquetipo, un ensayo sobre la modernidad, el hombre y el arte. En 2015 había sido invitado por la Embajada de Chile en Berlín a exhibir en NordArt.

La experiencia europea fue fundamental, aunque no para adoptar nuevos códigos visuales. El contacto con museos de arte moderno profundizó una mirada crítica que ya venía construyendo. Allí comenzó a escribir para ordenar sus desacuerdos y formular con mayor claridad lo que pensaba sobre el arte y la experiencia humana.

Viajar sirvió, en ese sentido, menos para adoptar un modelo que para contrastar el suyo.

Luz, color e intuición

Existe una aparente precisión en las obras de Oyarzún que podría hacer pensar en un proceso gobernado por teorías y cálculos. Cuando se le pregunta por el color, desmonta rápidamente esa idea.

“No racionalizo tampoco, por ejemplo, la teoría del color. A mí no me interesa tanto la teoría del color; a mí me interesa pintar lo que yo quiero hacer.”

Su relación con el color es intuitiva. La práctica le entrega herramientas, pero evita convertir cada decisión en un problema teórico. Luz, color y forma, para él, están ligados.

Esta investigación se hace visible en trabajos recientes. Después de su regreso desde Alemania desarrolló Axis Mundi, una serie de dibujos geométricos construidos a partir de simetrías y de la noción de un centro o eje. La idea vincula, dentro de su pensamiento, la experiencia particular del ser humano con la posibilidad de un origen absoluto y trascendente.

Desde 2023 trabaja en Fiat Lux. Allí aparecen dos tendencias fundamentales en su pintura: lo orgánico y lo geométrico. Planos y transparencias se superponen como símbolos de espacios de múltiples dimensiones. La luz, lejos de convertirse en un tema independiente, continúa una investigación anterior. Para Oyarzún es parte de la pintura misma: gradación, color, forma.

No hace falta conocer todas sus referencias filosóficas para percibir el orden y la profundidad que busca. La complejidad está detrás de una imagen que intenta reducir.

Y esa reducción no significa rigidez. Hay intuición en la elección cromática y una búsqueda que no necesita estar explicada antes de empezar a pintar. El artista que defiende con firmeza ciertas convicciones puede, frente a la obra, permitirse no racionalizar cada decisión.

Otras formas de buscar

La pintura concentra la mayor parte de su trayectoria, pero no toda su sensibilidad. Oyarzún escribe y toca guitarra. Llegó a la música alrededor de los 23 años, influido por un amigo, aunque en su familia existían antecedentes: su abuelo tocaba violín y su padre, cello.

Aprendió de manera autodidacta y, más que interpretar canciones ajenas, le interesa componer. Describe una experiencia bastante simple: tomar la guitarra, permanecer un rato con ella y esperar a que aparezca una canción.

“La guitarra me gusta tanto como la pintura, si es que no más”, reconoce. No siguió profesionalmente ambos caminos, pero la música nunca quedó fuera. La incluye en el mismo proceso de descubrimiento interior que atraviesa su pintura y su escritura.

No se trata de buscar ritmos musicales escondidos en los cuadros ni de traducir sonidos en colores. Lo que comparten es otra cosa: la disposición a encontrar algo que todavía no estaba formulado.

Esa ha sido una constante desde los primeros dibujos en el campo. Hoy el vocabulario es otro y las preguntas son mayores, pero permanece cierta confianza en el acto de hacer como una manera de descubrir.

Seguir siendo principiante

En 2010 Oyarzún obtuvo el primer lugar del concurso Artistas Siglo XXI, versión Bicentenario, de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Su trabajo ha sido expuesto en Chile, México, Estados Unidos, Argentina, España, Holanda y Alemania. En 2014 realizó una residencia en Málaga para pintar un mural dentro del proyecto Flow & Art del Instituto Malaca. Su trayectoria reúne tres décadas de pintura y dibujo, además de escritura, música y algunas incursiones en escultura.

Sin embargo, cuando se le pregunta qué queda por resolver, no enumera nuevos hitos.

“Al mismo tiempo me siento como un principiante. Siento que todavía tengo mucho que aprender y también creo que tengo mucho por entregar todavía, por descubrir y por poner en una imagen.”

La frase resulta coherente con la idea que sostiene toda su mirada. Si la obra debe transformarse porque la persona se transforma, una trayectoria consolidada no puede significar llegada. Convertir un lenguaje visual en una fórmula estable sería, precisamente, aquello que intenta evitar.

Hoy vive en Olmué, nuevamente cerca de la naturaleza. Podría parecer un regreso al origen. Pero su propia obra resiste una conclusión tan cerrada. Para Oyarzún, el origen sigue siendo una pregunta, no una respuesta.

Tal vez por eso, después de treinta años, todavía habla de imágenes que están “esperando por aparecer”. No sabe exactamente cuáles serán. Sabe, en cambio, que requieren tiempo, estudio y trabajo. Y que, antes de manifestarse sobre la superficie, algo tendrá que ocurrir en otra parte.

En sus palabras: SOBRE EL ARTE

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