Para Natalia de la Torre, Lorena Garduño y Regina González, el diseño de interiores comenzó mucho antes de saber que existía una profesión capaz de darle nombre a aquello que observaban. Hoy, al frente de Studio Maison Co., trabajan desde Ciudad de México construyendo espacios atemporales, personales y cálidos, donde el mobiliario sobre diseño, los materiales naturales y el trabajo artesanal mexicano encuentran una expresión contemporánea. Su búsqueda no pasa por imponer una firma reconocible, sino por escuchar, interpretar y conseguir que cada proyecto termine sintiéndose verdaderamente propio.
Hay recuerdos que permanecen porque contienen una imagen. Natalia de la Torre tiene uno muy concreto: la sala de sus abuelos. Recuerda el piso, el tapete, la manera en que estaba dispuesto el espacio. Le llama la atención que su hermana, que estuvo en esos mismos lugares, conserve recuerdos completamente distintos. En su caso, desde pequeña había algo que se quedaba adherido a la memoria: los materiales, las texturas, la distribución de una casa, la extrañeza o el encanto de encontrar algo puesto de determinada manera.
“Siempre me acuerdo de materiales, o de cómo estaba la distribución”, cuenta. “Sí, me encantó, ay, qué raro que pongan esto aquí”.
No sabía que aquello podía convertirse en una profesión. Ni siquiera recuerda un momento preciso en que haya pensado que quería ser diseñadora de interiores. Cuando llegó la hora de estudiar, entró primero a arquitectura pensando que después podría especializarse. No funcionó. “Eso definitivamente no me gusta”, recuerda. Siguió buscando hasta encontrar la carrera de diseño de interiores.

En Lorena Garduño la historia comenzó de una manera bastante más doméstica y también bastante menos consciente. De niña veía programas de televisión sobre remodelaciones y pasaba horas jugando The Sims, construyendo casas y organizando espacios sin pensar que detrás de aquello podía haber una vocación. En la preparatoria arquitectura aparecía entre las posibilidades, pero tampoco terminaba de convencerla. Fue una feria universitaria la que finalmente puso el diseño de interiores frente a ella y produjo el clic.
Regina González llegó de otra manera. No tenía demasiado claro qué quería estudiar, aunque sabía que le gustaba el diseño. Su madre estudió en la misma universidad a la que había asistido su abuela y le sugirió que fuera a conocerla. No sabía siquiera que existía la carrera. Llegó, preguntó, le ofrecieron hacer el examen ese mismo día, lo hizo, le gustó y se quedó.
Ninguna parece haber llegado al diseño siguiendo una ruta perfectamente trazada.
Quizás por eso, cuando hablan de su trabajo actual, hay algo menos rígido que una definición profesional. Antes de saber cómo se llamaba aquello que les interesaba, ya estaban mirando.

Antes del estudio
Las tres estudiaron diseño de interiores arquitectónico en la Universidad Motolinía del Pedregal, en Ciudad de México. Allí comenzaron a trabajar juntas en los proyectos de la carrera, rotando responsabilidades y descubriendo algo que, años más tarde, tendría una importancia mucho mayor: podían confiar en el trabajo de las otras.
No era solamente que se llevaran bien. Era que funcionaban.
“Era equitativo, no es que una trabajara más que otra”, recuerdan. Se dividían las responsabilidades y, mientras el resto del curso avanzaba hacia la salida profesional, ellas ya estaban trabajando en distintos despachos. Esa experiencia temprana les dio algo más que práctica: las acostumbró a trabajar, a asumir responsabilidades y, según reconocen, les instaló un cierto “chip de ganas de trabajar, de crecer”.
La idea de crear un despacho propio estaba ahí, aunque durante mucho tiempo fue apenas una posibilidad lanzada al aire.
“En algún momento estaría padrísimo generar nuestro despacho”, se decían. Después cada una siguió su camino y trabajó en distintos lugares.

Pero los caminos continuaron cruzándose.
Lorena trabajó con Regina en un despacho durante algunos meses. Después trabajó con Natalia en otro. Más tarde Regina y Lorena volvieron a coincidir.
Antes de convertirse en socias, ya habían tenido distintas oportunidades de comprobar cómo funcionaban juntas en condiciones reales de trabajo.
Cuando llegó la pandemia, aquella conversación que había acompañado tantos años dejó de ser una idea abstracta.
“Nos lanzamos, nos animamos”, recuerdan.
Studio Maison Co. nació así, pero su origen no explica todavía su búsqueda. Para entenderla hay que mirar lo que ocurrió después: tres diseñadoras que comparten una sensibilidad, pero que observan cosas diferentes cuando miran un mismo espacio.

Tres maneras de mirar
Si algo parece claro al escucharlas hablar sobre su trabajo es que la afinidad entre las tres no significa que miren exactamente lo mismo. Natalia, Lorena y Regina participan de los procesos creativos y se van dividiendo los proyectos, pero cada una tiene una sensibilidad particular frente a aquello que están diseñando. Una se inclina más hacia lo estético, otra observa con mayor atención lo funcional y otra pone el foco en la practicidad. No son diferencias que necesiten convertir en cargos o áreas de especialización; funcionan, más bien, como una conversación permanente durante el desarrollo de cada proyecto.
“Si algo está padre, pero no funciona, la otra es como, oye, ojo, pero esto está impráctico”, explican.
Ahí aparece una de las particularidades de su manera de trabajar. Aunque reconocen que tienen estilos similares, cada una se fija en cosas diferentes y esa mirada cruzada les permite poner a prueba las decisiones antes de que se conviertan en definitivas. Una propuesta puede convencerlas visualmente y, al mismo tiempo, necesitar una corrección para responder mejor al uso cotidiano; otra puede resolver perfectamente una necesidad funcional y requerir una segunda mirada para alcanzar la expresión que están buscando. La discusión no parece estar en elegir entre belleza y función, sino en conseguir que ambas puedan convivir.
Esa lógica también se extiende a la relación con el cliente y termina llevando la conversación hacia una pregunta más difícil: ¿qué es, finalmente, lo que define a Studio Maison Co.?
Cuando intentan responderla, Natalia habla del “tacto humano”. No como una idea abstracta, sino como una forma concreta de aproximarse a los proyectos: escuchar antes de decidir, conversar, preguntar qué le gusta al cliente y, sobre todo, evitar llegar con una solución cerrada que deba imponerse.
“Tratamos de integrar al cliente”, explica. “No de llegar a imponerle un estilo”.
La palabra que utilizan para describir ese proceso es también bastante gráfica: “pelotear”. El proyecto se va construyendo en esa ida y vuelta en la que las preferencias de quien va a habitar o utilizar el espacio se encuentran con la mirada del estudio. Lo que el cliente quiere no se reproduce literalmente, pero tampoco se descarta para imponer una estética predeterminada. Pasa por un filtro.
“Platicamos con ellos qué te gusta, lo aterrizamos”, dicen. Es ahí donde aparece la aportación del estudio: tomar aquello que la persona reconoce como propio, interpretarlo y llevarlo a una propuesta que tenga la sensibilidad de Maison Co. sin dejar de pertenecer a quien la encargó.


Un estilo que no quiere convertirse en fórmula
La pregunta por el proyecto que mejor representa al estudio parece, en principio, sencilla. Sin embargo, ninguna de las tres logra escoger uno.
No porque les cueste decidir cuál les gusta más, sino porque la idea misma de tener un proyecto-firma contradice la manera en que entienden su trabajo.
“Yo creo que todos nos representan”, dicen. “Todos son muy diferentes”.
La explicación vuelve al cliente. Si cada proyecto comienza desde una conversación distinta y las preferencias de cada persona son incorporadas al proceso, sería extraño que todos terminaran pareciéndose. La identidad del estudio no puede estar, entonces, en repetir una determinada composición, una paleta o un repertorio de objetos… Está en cómo llegan hasta ella.
Eso no quiere decir que los proyectos carezcan de rasgos comunes. Hay una preferencia evidente por los tonos neutros y una cierta sobriedad, pero ellas mismas aclaran que no se trata de caer en el blanco absoluto ni en espacios que terminen pareciendo intercambiables. Lo que buscan es que la neutralidad funcione como un punto de partida capaz de recibir otras capas.
Por eso pueden imaginar una mesa de comedor de mármol pulido, con patas rectas de herrería, junto a unas lámparas de latón martillado. En esa combinación conviven una lectura contemporánea y otra vinculada al trabajo manual. Ninguna necesita desaparecer para que la otra tenga espacio.
“Es como esta mezcla de no irnos a todo muy artesanal, o todo muy moderno”, explican.
La misma lógica aparece cuando hablan de los materiales. El diseño puede ser contemporáneo sin borrar las técnicas tradicionales; una pieza artesanal puede mantener la huella de quien la fabricó y, al mismo tiempo, adquirir una forma que dialogue con un interior actual.
Por eso, cuando intentan encontrar una palabra para aquello que comparten sus proyectos, vuelven a la atemporalidad: espacios sobrios, diseñados, que puedan seguir teniendo sentido con el paso del tiempo y que no dependan de una tendencia para sostener su carácter.
Hay algo más, sin embargo, que empieza a aparecer debajo de esa búsqueda estética. Una preocupación por la memoria.

Lo personal no es un adorno
Cuando la conversación llega a la posibilidad de que exista un dejo de memoria en sus proyectos —algo que pueda hablar de una familia, de una tradición, de una marca o incluso de quienes diseñan—, las tres coinciden: Sí.
Pero nuevamente hacen una precisión importante: esa memoria no tiene que expresarse de manera evidente.
Puede estar en los materiales, en las texturas, en la manera de organizar un espacio o en la incorporación de elementos que tengan una relación con quien lo habita. Lo importante es que el resultado no termine convertido en una sucesión de interiores neutros que podrían pertenecerle a cualquiera.
“Que sean espacios personales, diferentes, con historia, con sentimiento, con calidez”, explican.
La frase adquiere especial sentido cuando se la escucha después de conocer el recuerdo de infancia de Natalia. Desde pequeña, sin saber todavía que aquello podía convertirse en una profesión, había desarrollado una memoria particularmente atenta a los espacios. No recuerda solamente haber estado en la casa de sus abuelos: recuerda el piso, el tapete, la distribución. Su hermana conserva otros recuerdos de esa misma casa; ella retuvo esos detalles.
Tal vez ahí haya una clave para entender lo que ahora busca construir para otros.
No necesariamente espacios espectaculares, sino espacios capaces de dejar una impresión. Lugares donde los materiales, las proporciones y los objetos puedan formar parte de una experiencia que permanezca en la memoria de quien los habita.
“Queremos generar esa sensación de personal, calidez, historia, conexión”, dicen. Y cuando imaginan al cliente entrando por primera vez al proyecto terminado, esa búsqueda se vuelve todavía más concreta: quieren provocar asombro frente a la transformación, pero también una sensación de acogida y reconocimiento, la certeza de que aquello que había imaginado encontró finalmente una forma.
Que pueda el ocupante llegue a pensar: ‘entendieron perfectamente lo que quería y lo pudieron realizar’.



Una tradición que cambia de tono
Esa preocupación por la memoria también aparece cuando hablan de México, aunque aquí la conversación toma otro camino. Para Studio Maison Co., la identidad mexicana no necesita traducirse necesariamente en una explosión de color ni en una acumulación de referencias reconocibles. Su relación con lo local parece estar más vinculada a los materiales, a las técnicas y, sobre todo, a las personas que participan de los procesos de fabricación.
Trabajan con piedra, metales, madera, cerámicos y mosaicos, y buscan hacerlo de la mano de artesanos. Pero lo interesante está en lo que ocurre después: esas técnicas tradicionales pasan por una mirada contemporánea.
Una lámpara de metal golpeado, por ejemplo, puede conservar la huella del trabajo manual, pero adquirir una forma o una tonalidad distinta. La materia mantiene su origen mientras cambia su expresión. En lugar de reproducir literalmente aquello que ya existe, intentan descubrir qué más puede hacer ese material dentro de un espacio contemporáneo.
“Vamos haciendo esa mezcla de trabajar con artesanos, con materiales naturales, mexicanos, pero con algunas formas o técnicas un poco más contemporáneas”, explican.
El ejemplo del mosaico ayuda a entenderlo mejor.
Desde fuera, el imaginario del diseño mexicano suele asociarse rápidamente con el color: naranjas, rojos, composiciones intensas y mosaicos que ocupan una presencia importante dentro del espacio. Ellas sí utilizan esos materiales, pero prefieren desplazarlos hacia otra lectura.
Pueden trabajar con neutros, combinar diferentes tonalidades o utilizar un naranja más oscuro. También pueden conservar el carácter irregular del mosaico tradicional y cambiar su acomodo, su despiece o la manera en que aparece dentro de la composición.
El mosaico sigue siendo reconocible, pero ya no está contando exactamente la misma historia.
“Sí es el mosaico, pero en otros tonos”, explican. “Sí es el mosaico tradicional, irregular, pero en diferente acomodo, o despiece”.
En esa operación hay una idea que resulta particularmente valiosa: la tradición no necesita permanecer inmóvil para conservar su identidad.
“Digamos que la técnica de cómo hacen las cosas es la tradicional, pero al final el material ya termina siendo un poco más contemporáneo”.
Es una forma de trabajar que les permite relacionarse con lo mexicano sin convertirlo en una escenografía de lo mexicano. La identidad está en el origen de los materiales y en los oficios, pero también en la libertad de llevarlos hacia otro lugar.

Hacer aquello que el proyecto necesita
Es justamente en ese punto donde el mobiliario adquiere una importancia mayor dentro de la propuesta del estudio.
Las diseñadoras estiman que cerca del 90% del mobiliario que proponen se fabrica sobre diseño. Trabajan con marcas que ya existen, especialmente cuando se trata de decoración, pero en mobiliario la situación es distinta: prefieren diseñar y fabricar las piezas para cada proyecto.
La consecuencia es evidente, pero para ellas tiene un valor que va mucho más allá de la exclusividad.
Una silla puede responder a las dimensiones exactas que necesita un espacio. Un comedor puede construirse para una determinada distribución. Una pieza puede resolver una necesidad concreta que no encontrarían en una tienda.
De ese modo, el mobiliario deja de ser un elemento que simplemente se incorpora al proyecto para convertirse en parte del proceso de diseño.
“Esa silla que tú ves, o ese comedor, no lo vas a encontrar ni en cualquier tienda, ni en las mismas medidas”, explican.

La intención es que los proyectos sean únicos, incluso irrepetibles, y evitar esa sensación cada vez más común de reconocer el mismo sillón o la misma pieza en interiores distintos.
No quieren que ocurra aquello de “lo vi en esta tienda, y lo he visto en estos cinco proyectos diferentes, de diferentes despachos”.
La fabricación sobre diseño les permite construir una relación mucho más específica entre objeto y espacio, pero también abre una segunda conversación: quién fabrica esas piezas y bajo qué procesos.
“La mano de obra, al final, es mexicana”, señalan.
Ahí aparece otro elemento que consideran parte de su sello. La fabricación conserva una dimensión artesanal y no responde a grandes volúmenes producidos mecánicamente.
Trabajan con materiales naturales y con personas que forman parte de ese proceso, de modo que la relación con México no queda reducida a una determinada estética.
Está también en la manera de hacer.
Y quizá esa sea una de las razones por las que su aproximación a los materiales tradicionales no termina en una referencia decorativa: existe una relación real con los oficios que los producen.

Una segunda manera de hacer crecer el estudio
Esa relación con los artesanos empieza ahora a proyectarse más allá de los encargos de interiorismo.
Studio Maison Co. está desarrollando una marca hermana, concebida como una tienda en la que puedan incorporar elementos decorativos y, eventualmente, mobiliario de catálogo. Es un movimiento interesante porque cambia la escala de su trabajo: aquello que en un proyecto se diseña específicamente para una persona y un espacio podría convertirse, en otro formato, en objetos disponibles para más personas.
La iniciativa también responde a algo que ellas mismas han detectado en el mercado: una falta de opciones decorativas que dialoguen con la sensibilidad que están buscando.
Uno de los ejemplos que mencionan son unos jarrones artesanales de barro rojo mexicano. El material y la artesanía permanecen, pero las piezas son intervenidas y pintadas para adquirir una expresión contemporánea.
La intención no es solamente comercial. Está también el deseo explícito de apoyar el trabajo local, mexicano y artesanal, y de encontrar una manera de acercarlo a una estética actual.
Es una prolongación natural de lo que ya hacen en los proyectos: tomar una materia que tiene una historia y preguntarse cómo puede vivir en el presente.
La marca abre, además, otra posibilidad para el estudio. Si el despacho trabaja principalmente desde el encargo, esta nueva línea puede permitirles construir un catálogo propio y llevar su mirada hacia objetos que no dependan de un proyecto específico.
Es otra forma de crecer, pero también otra forma de poner a prueba su propia identidad.
Porque si en los interiores no quieren encerrarse en un solo estilo, tampoco parece que la marca busque convertirse simplemente en una tienda de objetos bonitos. El vínculo con los materiales, con el trabajo mexicano y con una expresión contemporánea vuelve a ser el punto de partida.

Crecer sin quedarse quietas
El crecimiento aparece de manera bastante concreta cuando hablan del futuro.
Studio Maison Co. realiza proyectos residenciales y comerciales. Ahora quieren ampliar esa otra parte del trabajo: oficinas, locales, restaurantes y hoteles boutique aparecen entre los proyectos que les gustaría desarrollar con mayor frecuencia.
También quieren salir de Ciudad de México.
Actualmente trabajan a nivel nacional, pero reconocen que los proyectos fuera de la capital todavía representan una minoría. La intención es ampliar esa presencia y, más adelante, mirar también hacia fuera de México.
No hay en esa respuesta una estrategia de expansión excesivamente definida; hay, más bien, una ambición abierta y bastante coherente con el momento que está viviendo el estudio. Quieren hacer crecer el despacho, ampliar el tipo de proyectos, explorar otras geografías y, paralelamente, desarrollar la marca hermana.
Lo interesante es que ninguna de esas metas implica abandonar la manera en que han construido su trabajo hasta ahora. Al contrario: la intención parece ser llevarla más lejos.
Un oficio que está encontrando su lugar
Las tres observan, además, que están trabajando en un momento particularmente activo para el interiorismo mexicano.
Desde que comenzaron a trabajar profesionalmente, han visto crecer el número de estudios especializados en interiorismo en México. Para ellas, es una señal de que la disciplina está atravesando un momento de mucha fuerza.

Recuerdan que durante mucho tiempo el interiorismo podía quedar absorbido dentro del trabajo del arquitecto. Hoy existe una mayor especialización y aparecen nuevos despachos dedicados específicamente al diseño de interiores. Muchos son relativamente jóvenes; ellas mismas comentan que resulta poco habitual encontrar oficinas de interiorismo con cincuenta años de trayectoria, mientras que cada vez escuchan más nombres de estudios que llevan diez años o menos.
No lo viven como una amenaza, aunque reconocen que también significa mayor competencia.
Lo que ven, sobre todo, es crecimiento.
Y creen que la pandemia tuvo algo que ver con ello. Después de pasar tanto tiempo dentro de sus casas, muchas personas comenzaron a mirar de otra manera los espacios que hasta entonces habían habitado casi sin cuestionarlos. Aparecieron pequeñas incomodidades que antes podían pasar inadvertidas y también nuevas preguntas acerca de cómo querían vivir.
“Ah, no, tengo que mejorar esto”, recuerdan que comenzaron a pensar muchas personas.
El interiorismo empezó a ocupar un lugar distinto.
Para Studio Maison Co., formar parte de ese cambio también significa crecer en un mercado que está descubriendo con mayor claridad el valor de aquello que ellas llevan años intentando definir: que un espacio no solamente se vea bien, sino que responda a quien lo vive.

Lo que permanece
Después de escuchar a Natalia, Lorena y Regina, la dificultad para encontrar un proyecto que represente por completo a Studio Maison Co. deja de parecer una dificultad.
Su identidad no está en una fórmula que pueda repetirse, sino en una manera de mirar y de tomar decisiones: escuchar al cliente, discutir entre ellas, equilibrar lo estético con lo funcional y trabajar los materiales mexicanos desde una sensibilidad contemporánea.
Esa identidad aparece justamente en los cruces que propone el estudio: entre tradición y actualidad, cuando una técnica artesanal conserva su origen pero cambia de expresión; entre objeto y arquitectura, cuando una mesa o una silla se diseña específicamente para un espacio; y entre diseñador y cliente, cuando una idea personal se transforma sin perder aquello que la hacía propia.

Las tres llegaron al diseño desde lugares distintos. Natalia recuerda los materiales y la distribución de la sala de sus abuelos; Lorena construía casas en The Sims; Regina descubrió casi por casualidad que existía una carrera que reunía aquello que le interesaba. Con el tiempo, esas intuiciones se transformaron en oficio, y el oficio en un estudio que hoy busca crecer sin abandonar aquello que lo define.
Quizás la mayor coherencia de Studio Maison Co. esté precisamente ahí: en seguir mirando. Mirar qué necesita un espacio, qué material tiene sentido, qué puede aportar un artesano y qué necesita realmente quien va a vivir allí. No se trata de llenar interiores, sino de construir lugares capaces de incorporarse a la vida de quienes los habitan.
Por eso la memoria de aquella sala vuelve al final, pero ahora desde otra perspectiva. El piso, el tapete y la manera en que estaban dispuestas las cosas no permanecieron en la memoria de Natalia por ser extraordinarios, sino porque formaban parte de una experiencia.
Y quizás eso sea, finalmente, lo que Studio Maison Co. busca conseguir: que un espacio tenga carácter sin imponerse sobre quienes lo habitan; que pueda sorprender al principio y seguir acompañando después; que los materiales, los objetos y las decisiones de diseño terminen formando parte de una historia que ya no pertenece únicamente a quien la diseñó.
Porque un buen interior no debería quedarse en la fotografía. Debería quedarse en la memoria.








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