Arquitecto, docente y constructor de ideas, Christian Araya ha desarrollado una manera particular de entender la arquitectura: un oficio donde pensar, representar y hacer forman parte de un mismo proceso. Desde los recuerdos del taller de su abuelo carpintero hasta la práctica de Araya Arquitectos, su recorrido habla de síntesis, sensibilidad y experiencia, pero también de una convicción profunda: que la arquitectura sólo adquiere sentido cuando logra trascender sus formas para convertirse en una experiencia al servicio de quienes la habitan.
Mucho antes de ingresar a la universidad, antes incluso de imaginar que sería arquitecto, Christian Araya ya observaba cómo una idea podía convertirse en una obra. No ocurría frente a un edificio, sino en el taller de su abuelo materno, carpintero de oficio. Allí pasaba fines de semana completos viendo cómo un dibujo trazado con un grueso lápiz de carpintero, algunas medidas anotadas sobre el papel y un trozo de madera terminaban transformándose, lentamente, en un objeto.
«No es casualidad que el origen de la palabra *carpintero* venga del latín y signifique constructor», comenta mientras vuelve una y otra vez a ese recuerdo. «Creo que esa fue mi gran escuela de manualidades. Del aprender haciendo. De un hacer a pulso. Ahí apareció el contacto con el material, con el peso de la madera, con los olores, con la precisión y con la estética.»
Cuando habla de ese taller no parece estar evocando únicamente una infancia feliz. En realidad, está explicando el origen de su manera de entender la arquitectura.
Pero aquella historia tiene un segundo protagonista.
Mientras su abuelo le enseñaba el valor del oficio con las manos, su padre —profesor de la facultad de Humanidades— le descubría otro universo: el de las palabras, la lectura y el pensamiento.
«Siempre lo veía preparando clases, escribiendo libros, corrigiendo pruebas. Creo que ahí apareció esa otra parte que terminó completando mi interés por la arquitectura. Porque para mí la arquitectura es una carrera con bases profundamente humanistas.»
No sorprende entonces que, durante toda la conversación, Christian recurra constantemente al origen de las palabras para explicar también el origen de las ideas. Lo hace con naturalidad. Habla de carpintero, de oficio, de constructor, de servicio. Como si comprender la etimología fuera también una manera de comprender la arquitectura.
Y quizás lo sea.
Porque antes de hablar de edificios, concursos o proyectos, Christian necesita hablar del oficio.


Pensar antes de proyectar
Cuando ingresó a la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Santiago (1995), descubrió que aquellas dos herencias —el hacer y el pensamiento— no competían entre sí. Al contrario. Terminaban encontrándose en una misma disciplina.
«Entré a una escuela de arte y oficio, de las esencias… de la síntesis», recuerda. «Y poco a poco empezaron a hacer sentido todas esas relaciones de infancia: el oficio, las letras, la investigación, el dibujo, los argumentos. Todo confluyó.»
Sin embargo, reconoce que su manera de comprender la arquitectura no apareció de una vez. Fue construyéndose lentamente y a partir de ciertos descubrimientos que hoy identifica con absoluta claridad.
«Creo que hubo tres momentos que marcaron mi manera de entender el oficio», dice.
El primero fue la conceptualización. Aprender que detrás de cada proyecto debía existir una idea capaz de ordenar todas las decisiones posteriores.
El segundo llegó años más tarde, mientras ejercía la docencia y descubría desde el libro Conversaciones informales de Germán del Sol, de la editorial ARQ. Allí comprendió el valor de la informalidad. No como improvisación, sino como la capacidad de exponerse al lugar, al programa, al paisaje y a las personas antes de decidir cuál será el camino del proyecto.
«Hay que permitirse esa informalidad. Hay proyectos donde la estrategia aparece en el lugar. Otros donde aparece en el material. A veces es el programa el que define la idea y otras veces incluso el tiempo disponible. El punto de partida nunca es siempre el mismo.»
El tercero lo encontró estudiando la obra del arquitecto japonés Warō Kishi.
«Ahí descubrí la nobleza de la arquitectura. Entendí el espesor de una línea, la dimensión de un espacio y la capacidad de comunicar más haciendo menos.»
Mientras habla resulta evidente que esos tres conceptos —conceptualización, informalidad y nobleza— no pertenecen únicamente a su manera de proyectar. Son, en realidad, la estructura desde la cual observa el mundo.
Y todas terminan desembocando en una palabra que aparece una y otra vez durante la conversación: oficio.
«No me gusta usar esa palabra sólo porque suene bonita», aclara. «Su origen viene del latín y significa hacer una obra para cumplir un servicio. Creo que esa es probablemente la mejor definición que puede tener nuestra profesión.»

Aprender haciendo
Fundar Araya Arquitectos nunca fue un punto de llegada. Fue la consecuencia natural de un camino que ya llevaba varios años recorriendo.
Después de titularse pasó por oficinas como las de Takashi Hombo, Vicente Justiniano y Humberto Eliash. Eran estudios donde los concursos de arquitectura ocupaban un lugar central y donde, sin darse cuenta, comenzó a entrenar una forma de pensar que terminaría marcando su propio estudio.
«Las tres oficinas tenían algo en común: eran muy ‘concurseras’. Ahí aprendí que un concurso no consiste solamente en resolver un problema. Obliga a construir una idea, defenderla, comunicarla y sintetizarla.»
En paralelo, la docencia ocupaba cada vez más espacio.
Durante casi veinte años ambas actividades avanzaron juntas. Mientras los concursos exigían tomar decisiones, la universidad lo obligaba a preguntarse por qué esas decisiones tenían sentido.
«Creo que esa fue la dualidad perfecta. Los concursos me entregaban la experiencia del hacer y la docencia me obligaba permanentemente a investigar, leer, escribir y volver a pensar aquello que estaba haciendo.»
Cuando en 2010 decidió fundar Araya Arquitectos, no buscaba desarrollar una arquitectura reconocible por su forma ni levantar una oficina asociada a un determinado lenguaje estético. Lo que realmente quería era construir una manera de enfrentar los proyectos.
«Sentía que existía una forma distinta de comprender las ideas, de construir un partido general, de ordenar un proyecto desde la síntesis. Quería poner eso a prueba.»
Quizás por eso le cuesta hablar de un estilo propio, prefiere hablar de procesos, de cómo una idea aparece, madura y finalmente se transforma en arquitectura.
«Hay personas que creen que todos los proyectos deberían comenzar igual. Nosotros pensamos exactamente lo contrario.»
Hace una pausa y sonríe.
«Hay proyectos donde llegas al lugar y prácticamente encuentras la estrategia. Otros donde el programa te entrega la respuesta. A veces es el material. Otras veces el tiempo disponible. Lo importante es no llegar con una solución antes de haber entendido cuál era realmente la pregunta.»

La arquitectura también se enseña caminando
La conversación vuelve inevitablemente a la docencia. No porque Christian quiera hablar de la universidad, sino porque allí terminó confirmando muchas de las convicciones que hoy sostienen su práctica profesional.
«Hoy no concibo la docencia de arquitectura sin la experiencia del hacer.»
La frase aparece con la misma claridad con que habla del oficio.
«Nosotros entregamos un resultado material. Si nunca has construido una obra, si nunca has pasado por ese proceso completo, ¿cómo transmites realmente ese conocimiento?»
No es una crítica a la academia. Es una invitación a volver a conectar la enseñanza con la realidad.
«A veces siento que las escuelas han terminado mirándose demasiado a sí mismas y muy poco a la ciudad, a las personas, a la vida que ocurre afuera. Aprender arquitectura también significa salir, observar, equivocarse, construir.»
Por eso insiste en que la experiencia profesional nunca ha estado separada de la docencia, más bien ocurre lo contrario.
«Cada proyecto me obliga a volver a aprender. Y cada vez que enseñaba también terminaba cuestionando mi propia manera de proyectar.»
En esa conversación permanente entre práctica y reflexión fue apareciendo otra idea que terminaría convirtiéndose en uno de los pilares de Araya Arquitectos: La representación, no como una etapa posterior al proyecto, sino como parte del pensamiento mismo.


Y también se escribe
Christian habla de la representación con la misma convicción con la que otros arquitectos hablan de la construcción. No la entiende como el momento en que una idea se dibuja para ser presentada. Para él, representar es otra forma de pensar.
«Siempre digo que existe el proyecto de arquitectura y el proyecto de representación. Son dos cosas que avanzan juntas.»
Recuerda que durante muchos años creyó que un buen plano era aquel que contenía toda la información posible. La experiencia y el tiempo terminaron enseñándole exactamente lo contrario.
«Antes intentábamos decirlo todo. Dibujábamos todo. Con el tiempo entendimos que lo importante era transmitir la esencia de una idea. Igual que ocurre con la poesía. No gana quien usa más palabras, sino quien logra decir más con menos.»
La comparación no es casual… las palabras aparecen constantemente cuando intenta explicar la arquitectura.
«La poesía encuentra su manera de comunicar a través del lenguaje. Nosotros lo hacemos mediante una caligrafía planimétrica. Si esa caligrafía está mal escrita, la arquitectura también se entiende mal. Y si se entiende mal, finalmente se construye mal.»
Más que una herramienta de comunicación, la representación se convierte así en un ejercicio de precisión. Dibujar obliga a ordenar el pensamiento, a decidir qué permanece y qué sobra. La síntesis deja de ser un recurso gráfico para transformarse en una manera de mirar.
Quizás por eso insiste tanto en que una idea debe ser capaz de sostenerse en distintos lenguajes.
«Primero debo poder contarla. Después debo ser capaz de dibujarla y finalmente debe ser capaz de resistir su construcción, (modelo o maqueta). Si en esos tres momentos la idea sigue teniendo la misma fuerza, entonces sabemos que va por buen camino.»
Hace una pausa antes de completar la idea.
«Las palabras, el dibujo y la maqueta tienen que decir exactamente lo mismo.»


Las tres patas de la mesa
Hay una imagen a la que Christian vuelve una y otra vez durante la conversación: una mesa.
«No importa cuántas patas adicionales tenga. Si le falta una de las tres esenciales, la mesa se cae.»
Para él ocurre exactamente lo mismo con la arquitectura.
«La investigación, la representación y la capacidad de síntesis son las tres patas que sostienen nuestro trabajo.»
La investigación no aparece como una acumulación de referencias o bibliografía. Es la disposición a comprender el lugar, las personas, la geografía, la historia y el programa antes de tomar decisiones.
La representación convierte ese conocimiento en una idea comunicable.
La síntesis permite que esa idea permanezca clara durante todo el proceso.
«Nuestra arquitectura ha ido pasando desde una sensibilidad mucho más teórica hacia una sensibilidad práctica. Hoy nos interesa mucho más comprender aquello que ocurre en un lugar que demostrar cuánto sabemos sobre él.»
Esa evolución también explica su relación con las nuevas tecnologías.
«Nunca les hemos tenido miedo. Al contrario. Siempre son bienvenidas.»
Lo dice mientras muestra algunas maquetas producidas con impresión 3D y modelos desarrollados en BIM.
«Lo importante es no perder la estrategia. Si la tecnología fortalece nuestra manera de pensar, bienvenida sea. Si pretende reemplazarla, entonces deja de tener sentido.»En el estudio siguen conviviendo los croquis, las maquetas hechas a mano, la impresión 3D y las plataformas digitales.
No hay contradicción pues lo esencial sigue siendo exactamente lo mismo que aprendió observando a su abuelo: comprender antes de construir.

Cuando la obra deja de pertenecer al arquitecto
La conversación ha transitado por el dibujo, la docencia, la investigación y la representación. Sin embargo, Christian vuelve una vez más al mismo lugar: el oficio.
Porque, en el fondo, todo lo anterior sólo adquiere sentido cuando alguien comienza a habitar aquello que fue proyectado.
«La escala nunca ha sido un único momento en el diseño», dice. «Lo importante es que la idea pueda sostenerse desde la implantación general hasta el momento en que una persona toma la manilla de una puerta, entra a un espacio y siente que todo tiene sentido.»
No habla de formas, ni materiales, mucho menos de estilos.
Habla de experiencias.
«Creo que una obra realmente logra su objetivo cuando quien la habita consigue evocar el destino para el cual fue pensada. Ahí ocurre algo que va mucho más allá de las tendencias. Tiene que ver con una percepción, con los sentidos, con una experiencia.»
Quizás por eso le cuesta definir una identidad formal para Araya Arquitectos, prefiere que el sello del estudio aparezca en otra parte.
«No creo que nuestra identidad esté en una materialidad determinada o en una forma reconocible. Está en la manera en que construimos cada proyecto.»
Esa afirmación cambia por completo la conversación.
Porque si la identidad no está en el resultado, entonces está en el proceso: en escuchar, en observar, en comprender, en representar y recién entonces construir.



El cliente como brújula
Cuando le preguntamos cómo se definiría como arquitecto, no habla de concursos, de experiencia ni de docencia.
Responde en dos palabras: «Como cliente», y sonríe al advertir la extrañeza.
«Intento ponerme permanentemente en ese lugar. Creo que soy mi propio mandante más exigente. Necesito entender qué espera la persona que tengo al frente, cuál es su anhelo, qué está buscando realmente.»
Para Christian, el mandante nunca es un obstáculo para la creatividad, sino que es el cable a tierra.
«La arquitectura necesita imaginar, claro que sí. Pero también necesita alguien que permanentemente te recuerde para quién estás construyendo.»
Ese diálogo constante explica también por qué habla de un estudio boutique. No por su tamaño, ni por la escala de sus encargos, sino por la manera en que acompaña cada proceso.
«Nos interesa desarrollar proyectos donde el detalle y la experiencia tengan el mismo peso que la idea inicial. Cuando eso ocurre, la obra consigue trascender la moda. Sigue teniendo sentido muchos años después.»






Volver al origen
La conversación se acerca al final. Después de hablar durante más de una hora sobre arquitectura, representación, concursos, enseñanza y proyectos, Christian no termina citando una obra propia, ni un edificio, ni un premio.
Busca un texto… es un decálogo escrito por el arquitecto y dibujante argentino Cacho Soler, a quien conoció gracias al mundo de los concursos. Lo lee con la misma calma con la que, al comienzo de esta conversación, recordaba el taller de su abuelo.
Mientras avanzan los versos resulta difícil no reconocer las mismas ideas que han recorrido todo este diálogo.
«Que el buen espacio haga la norma.»
«Que el lugar condicione tu ser.»
«Que, al construir, construyamos cultura.»
«Que dé gusto vivir donde vivas.»
No son frases escogidas al azar. Son una síntesis de aquello que Christian ha intentado explicar durante toda su trayectoria: que la arquitectura no comienza cuando aparece un encargo ni termina cuando se entrega una obra. Empieza mucho antes, en la manera en que alguien aprende a mirar el mundo, y permanece viva cada vez que un espacio consigue mejorar la vida de quien lo habita.
Antes de despedirse vuelve, casi sin darse cuenta, a la palabra que ha sostenido toda la conversación: Oficio.
Un oficio construido a pulso, donde pensar y hacer nunca han sido caminos separados.
Quizás por eso el último verso del decálogo también podría leerse como una declaración de principios para Araya Arquitectos.
«Que cada obra sea tu última obra. Que todas las obras sean tus próximas obras.»








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