Antes de intervenir una superficie, María José Chacón observa cómo la luz recorre el espacio, cómo dialogan los materiales y qué historia quiere contar ese lugar. Desde CROMIA ha desarrollado una mirada donde el color, la textura y el oficio dejan de ser un acabado para convertirse en parte de la arquitectura y de la forma en que habitamos los espacios.
Antes de abrir un balde de pintura, María José Chacón espera. No es una pausa casual ni una costumbre adquirida con los años. Es parte del trabajo. Observa cómo entra la luz, dónde se detiene unos segundos más, cómo cambia al rozar una madera, un piso de piedra o una superficie todavía desnuda. Recorre el muro con la palma de la mano, aunque aún no haya nada que tocar. En ese momento no está pensando en colores ni en técnicas. Está intentando comprender el espacio antes de intervenirlo.
Con el tiempo, esa forma de mirar dio origen a CROMIA. Más que un estudio dedicado a desarrollar superficies, nació como un espacio de investigación donde la materia, la luz y la arquitectura dialogan desde el inicio de cada proyecto. Su premisa es sencilla, pero transforma por completo la manera de entender el oficio: la superficie no es el final de la arquitectura; es parte de su lenguaje.
«El color y las texturas representan el alma de los lugares. Una pared que podría pasar desapercibida empieza a tener protagonismo, espíritu. Todo depende de la intención del proyecto.»
Con el tiempo entendió que, en realidad, no trabaja sobre muros. Trabaja sobre la forma en que un lugar será percibido, recorrido y recordado.
Ese modo de mirar apareció mucho antes de que existiera Cromia. Durante quince años ejerció como trabajadora social, una profesión que estudió en la Pontificia Universidad Católica y que disfrutó profundamente. Sin embargo, mientras acompañaba procesos humanos en su vida profesional, otra inquietud seguía creciendo en silencio.
Desde niña encontraba una satisfacción difícil de explicar en construir cosas con las manos. Acompañaba a su padre mientras reparaba la casa los fines de semana, aprendía a utilizar herramientas observándolo y descubría, casi sin darse cuenta, que la paciencia podía convertirse en una forma de creación.
La misma paciencia que más tarde encontraría en el deporte, donde llegó a ser campeona nacional escolar de ciclismo, y en la guitarra, que aprendió de manera completamente autodidacta.

«Al final uno termina dedicándose a esos talentos que tuvo desde chico.»
El cambio llegó sin grandes anuncios. Mientras preparaban una casa familiar para vender, tomó el lugar que durante años había ocupado su padre y comenzó a pintarla junto a Carlos Olivares, compañero desde el primer proyecto. Poco después, durante otra remodelación, decidió reservar un muro únicamente para experimentar.
«Jugué con distintas técnicas usando pintura convencional y disfruté tanto el proceso que pensé: si con esto puedo lograr esta profundidad, imagínate todo lo que podría hacer trabajando con minerales, metales, texturas y brillos. Ahí ya no paré.»
Durante un tiempo convivieron dos vidas. Entre semana seguía asistiendo a la oficina; los fines de semana se subía al andamio. La pandemia terminó despejando cualquier duda.
«Ya no quería volver. Quería pintarlo todo. Ahí entendí que tenía que volver al camino del arte.»
Hace ocho años fundó Cromia. Lo que comenzó como una búsqueda por dominar nuevas técnicas terminó transformándose en un estudio permanente de la materia. Llegaron cursos de especialización, horas de ensayo, superficies convertidas en laboratorio y los primeros viajes a Estados Unidos para aprender junto a referentes internacionales del oficio. Con los años ese recorrido cambió naturalmente de dirección. Volvió a los mismos espacios, pero ya no sólo para aprender.
«Al principio viajábamos para absorber todo lo posible. Después empezamos a colaborar en proyectos y, más adelante, también a enseñar. Eso ha sido muy bonito, porque significa que el camino recorrido desde acá también tiene algo que aportar.»
La evolución nunca respondió a una estrategia comercial. Fue la consecuencia natural de una pregunta que sigue abierta hasta hoy: cómo lograr que una superficie deje de ser un acabado para convertirse en arquitectura.

Antes de la primera llana
En CROMIA cada proyecto comienza mucho antes de preparar los materiales. Antes aparecen otras preguntas. Qué ocurrirá con la luz a las cinco de la tarde. Qué mueble ocupará ese muro. Si la iluminación será cálida o fría. Desde dónde se recorrerá el espacio. Qué atmósfera debería construir esa superficie cuando alguien entre por primera vez.
Sólo entonces comienzan las muestras.
«Cuando un arquitecto o un interiorista nos incorpora desde el principio, todo fluye. Podemos hacer distintas propuestas, probar niveles de brillo, ver cómo conversa con la madera, con el piso, con la iluminación. La superficie deja de ser un detalle y pasa a formar parte de la arquitectura.»
Cada muestra es una conversación distinta. Algunas veces reciben un render cuidadosamente desarrollado. En otras ocasiones sólo existe una fotografía de referencia o una sensación difícil de describir e incluso de explicar.
«Hay clientes que nos dicen: ‘No sé cómo hacerlo, pero quiero sentir esto cuando entre’. Ahí empieza nuestro trabajo. Traducir esa sensación en materia.»

Ese proceso explica por qué María José evita hablar de revestimientos como un elemento aislado. En CROMIA las superficies se diseñan igual que cualquier otra decisión arquitectónica: en diálogo con la luz, la materialidad, la escala y la forma en que un espacio será habitado.
Un efecto marmoleado puede adquirir una elegancia silenciosa o dialogar con una atmósfera mucho más rústica; un metal oxidado puede reforzar la identidad de una tienda o transformarse en un gesto sutil dentro de una vivienda; una textura apenas perceptible puede permanecer oculta durante horas hasta que un cambio de luz la hace aparecer.
«No buscamos que el muro llame la atención porque sí. Buscamos que el espacio tenga identidad.»
Ese trabajo de observación convive con una metodología profundamente técnica. Detrás de cada superficie hay mediciones de precisión, herramientas láser, sistemas de aspiración industrial que permiten intervenir espacios limpios y productos cada vez más respetuosos con quienes habitarán el lugar. Pero ninguna tecnología ha reemplazado la parte esencial del proceso.
«Siempre llega un momento en que hay que dejar las máquinas de lado. Hay que mirar cómo va reaccionando el material, entenderlo, tocarlo, lijarlo con calma. Cada superficie responde distinto y eso sólo te lo enseña el oficio.»

La arquitectura de la mimetización
Con los años, María José descubrió que la innovación no siempre aparece con un material nuevo. Muchas veces surge cuando una superficie deja de entenderse como un elemento independiente y comienza a integrarse por completo al lenguaje de la arquitectura.
Ese principio guía hoy gran parte de la investigación que desarrolla CROMIA y ha dado origen a uno de los conceptos que mejor resume su manera de trabajar: la mimetización.
No se trata de ocultar elementos porque sí. Se trata de evitar que pequeñas interrupciones rompan la continuidad de un espacio. Interruptores, enchufes, registros o encuentros técnicos pasan a integrarse al mismo lenguaje material del proyecto para que la arquitectura pueda leerse como un todo.
La idea puede parecer sencilla, pero modifica profundamente la experiencia de habitar un lugar. Cuando la mirada deja de detenerse en pequeñas interrupciones, el espacio gana continuidad. La luz recorre los muros sin obstáculos visuales, las texturas adquieren protagonismo y la arquitectura respira con mayor naturalidad.


Esa misma lógica atraviesa todas las soluciones que desarrolla el estudio.
«Nos interesa interpretar los materiales, no imitarlos. Podemos trabajar con metales reales y generar procesos de oxidación, construir efectos minerales o marmoleados que nunca se repiten exactamente igual. Lo interesante es que cada superficie termina siendo única.»
Detrás de cada aplicación conviven investigación, ensayo y observación permanente. La absorción de un muro, la humedad ambiente, la incidencia de la luz o el movimiento de una llana modifican el resultado final. Por eso el proceso nunca depende exclusivamente de una ficha técnica.
«No hay una receta. Hay técnica, por supuesto, pero también mucha observación. Vas leyendo cómo responde el material y él mismo te va mostrando el camino.»
Quizás esa investigación permanente explica por qué María José evita definir CROMIA únicamente como un estudio de superficies. Prefiere entenderlo como un laboratorio donde cada proyecto amplía las posibilidades de la arquitectura a través de la materia.



La materia como lenguaje
Esa mirada también ha permitido desarrollar soluciones capaces de acercar este oficio a proyectos muy distintos entre sí. Durante años, María José sintió que existía una distancia difícil de salvar entre una pintura convencional y las terminaciones de alta gama. En ese espacio intermedio comenzó una búsqueda que hoy forma parte importante del trabajo de CROMIA.
A través de técnicas híbridas, aplicaciones manuales, sellantes especializados y una investigación constante sobre materiales, el estudio desarrolla superficies con profundidad, resistencia y riqueza visual sin depender necesariamente de soluciones estandarizadas.
«No queremos que esto sea un mundo reservado para unos pocos. La técnica también puede acercar este oficio a más personas. Con una buena aplicación y entendiendo cómo combinar distintos productos se pueden lograr resultados muy nobles y con mucha identidad.»

La experimentación continúa incluso fuera de la obra. Su propia casa funciona como un espacio de ensayo donde observa cómo envejecen las superficies, cómo cambia una textura con la luz de invierno o qué ocurre cuando un acabado convive durante años con el uso cotidiano.
«No creo en las fórmulas cerradas. Hay que seguir probando. Muchas veces las mejores ideas aparecen cuando uno está experimentando algo que ni siquiera estaba buscando.»
En esa búsqueda no hay una separación entre investigación y práctica. Cada proyecto alimenta al siguiente. Cada superficie construida deja una pregunta abierta. Y cada nueva técnica sólo permanece si consigue integrarse de manera natural al lenguaje arquitectónico que CROMIA ha ido construyendo con los años.

La memoria de las manos
Hay un momento que María José espera en cada proyecto y ocurre cuando todo parece haber terminado. Las herramientas ya no están sobre el piso, el polvo desapareció y el espacio permanece vacío durante unos minutos, como si necesitara acostumbrarse a su nueva materia.
«Ahí uno ya sabe si resultó. Antes de que llegue el cliente, el lugar empieza a tener una presencia distinta. A veces se me eriza la piel porque siento que conseguimos exactamente lo que buscábamos.»
Después llegan quienes lo habitarán. Algunos recorren el lugar lentamente, intentando comprender por qué la luz parece desplazarse de otra manera. Otros descubren que ciertos reflejos aparecen sólo desde un ángulo específico. Casi todos terminan haciendo el mismo gesto.
«Tocan la superficie. No lo pueden evitar.»



Para María José, esa reacción confirma que el trabajo de CROMIA nunca ha consistido únicamente en transformar un muro. El objetivo es modificar la manera en que una persona experimenta un espacio. Que la materia acompañe la arquitectura, que la luz encuentre nuevas formas de recorrerla y que la superficie deje de percibirse como una terminación para convertirse en parte de la experiencia de habitar.
Por eso habla de diseño sensorial. Porque una textura puede invitar a acercarse tanto como una buena proporción, una iluminación cuidadosamente pensada o un material noble. La arquitectura también se descubre con las manos.
«La gente ya no quiere solamente que un lugar se vea bonito. Quiere sentir que todo conversa.»
Hoy esa manera de entender el diseño atraviesa cada proyecto que desarrolla CROMIA, desde una intervención puntual hasta una propuesta integral junto a arquitectos, interioristas y clientes que incorporan al estudio desde las primeras etapas del proceso. La superficie deja entonces de resolver el cierre de una obra para participar activamente en la construcción de su identidad.
«Cuando nos incorporamos desde el inicio podemos pensar la superficie junto con la arquitectura, no después de ella. Ahí aparecen las mejores soluciones.»



Ese cambio de mirada es, probablemente, el mayor aporte que María José busca instalar dentro de la disciplina. Entender que un muro no es un soporte sobre el cual aplicar un acabado, sino un elemento arquitectónico capaz de transformar la percepción completa de un espacio.
Cuando imagina el futuro de CROMIA, María José no habla primero de nuevas técnicas ni de ampliar un catálogo de soluciones. Habla de seguir investigando. De profundizar esa relación entre arquitectura, materia y luz que dio origen al estudio hace ya ocho años.
Sueña con desarrollar nuevas superficies, seguir colaborando con arquitectos e interioristas, viajar para continuar aprendiendo y, al mismo tiempo, compartir el conocimiento que el estudio ha construido a través de la experiencia.
«He aprendido de muchas personas, en Chile y en Estados Unidos. Me gustaría que ese conocimiento siguiera circulando y que otras personas también encontraran su propia manera de crear.»

Quizás por eso María José nunca empieza un proyecto con una herramienta en la mano. Empieza mirando. Espera a que la luz revele el carácter del lugar y recién entonces decide cómo acompañarlo. Después vendrán los materiales, las capas, las texturas y el oficio. Pero para entonces el espacio habrá comenzado, silenciosamente, a formar parte del lenguaje del espacio.







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