En este estudio de Interiorismo no parten necesariamente desde cero. Antes de cambiar un mueble, un color o un papel mural, Javiera Escobar y Josefina Muencke buscan entender cómo vive cada persona y qué elementos de su historia todavía tienen un lugar.
Es temprano y los niños ya quedaron en el colegio. Javiera Escobar y Josefina Muencke se sientan frente a un café, probablemente con un par de horas antes de que empiece el resto del día. Hablan de los hijos, de las cosas pendientes, de alguna reunión que viene. Y, como les pasa siempre, la conversación termina desviándose hacia las casas.
Javiera cuenta algo de un espacio que está viendo. Josefina recuerda un papel mural que acaba de llegar. Una comenta un color; la otra piensa dónde podría funcionar. Hablan de un mueble, de una habitación, de alguien que necesita ayuda con su casa. No están haciendo una reunión de trabajo. Todavía no.
“Nos juntábamos a tomar un café y siempre terminábamos hablando de diseño, de espacios, de colores. Nos pedíamos ayuda entre las dos. Oye, ¿por qué no vienes a mi casa? Necesito otra opinión”.
Así empiezan a conocerse de verdad: entrando a las casas de la otra, mirando espacios que no necesariamente necesitan una transformación completa, pero que siempre admiten una conversación. Mueven un mueble, prueban una idea, comentan una lámpara. Lo que para una es evidente, para la otra abre una posibilidad distinta.
Javiera había estudiado arquitectura y tenía una relación antigua con el diseño. Josefina venía de un recorrido completamente diferente, pero ya llevaba años trabajando con papeles murales y acercándose, casi sin proponérselo, al interiorismo. Cada una tenía algo que la otra necesitaba y, sin saberlo todavía, estaban construyendo las bases de una sociedad.
La idea de trabajar juntas no aparece de golpe. Se va instalando en esas conversaciones, entre una visita y otra, entre cafecito y cafecito, hasta que Javiera finalmente la dice en voz alta.
“Yo le empecé a meter el bichito a la Jose: oye, ¿por qué no hacemos algo? Yo también sentía que me faltaba hacer algo en mi vida. Había estudiado tantos años y no había ejercido prácticamente nada y decía: ¿Cuándo voy a hacer lo que realmente es mío?”.
Para Javiera, la pregunta tenía que ver con volver a poner en movimiento una parte de su historia que había quedado en pausa. Para Josefina, el camino todavía estaba tomando forma.
Y quizás por eso funcionaron.
En marzo de 2024 nació Escobar & Muencke. El primer proyecto fue una salita de estar y, desde ahí, llegaron otros espacios, recomendaciones y clientes que comenzaron a llamarlas para seguir trabajando en sus casas.
La oficina empezó a crecer de una manera bastante parecida a como había comenzado: conversando.

Dos caminos que terminan encontrándose
Javiera creció prácticamente dentro de una mesa de dibujo. Su abuelo era arquitecto, también lo fueron tíos, primos y su hermana. En su casa había planos y maquetas, pero también lanas, alfombras, pintura y manualidades. El mundo del diseño estaba ahí antes de que ella pudiera nombrarlo.
“Siempre estuve relacionada con el diseño. Desde muy chica tenía una atracción especial por los colores, los dibujos, la decoración, la estética y las manualidades”.
Estudió arquitectura y después hizo un magíster en diseño de interiores en Barcelona. La vida, sin embargo, tomó otro ritmo. Fue mamá de trillizos y durante años su principal ocupación estuvo en la crianza. Más adelante volvió a acercarse al mundo creativo a través de clases de pintura, pátinas, bordado y distintas técnicas.
La historia de Josefina había partido bastante lejos de ahí. Estudió Medicina Veterinaria porque desde siempre había tenido un amor enorme por los animales. Era una elección que tenía sentido para ella y que durante un tiempo la hizo pensar que ese sería su camino. Pero incluso antes de terminar la carrera, comenzó a sentir que algo no terminaba de encajar.
Mientras la veterinaria se alejaba, había otra parte de ella que seguía apareciendo en cosas mucho más pequeñas. En su infancia no sólo acompañaba a su padre entre fotografías y construcciones, sino que también dibujaba plantas de casas, inventaba espacios y movía los muebles de su pieza una y otra vez.
“Mi mamá entraba y me decía: ‘¡Josefina, otra vez pusiste la cama ahí!’”.
Con el tiempo, ese recuerdo empezó a tener otro significado. Josefina se trasladó y, mientras buscaba su siguiente camino profesional, volvió a acercarse a aquello que siempre le había gustado.
Entró al mundo de los papeles murales, comenzó a trabajar con ellos y aprendió Photoshop de manera autodidacta para poder hacer propuestas y mostrar a sus clientes cómo podían verse los espacios.
“Me metí a estudiar, a leer y a leer”.
Ese aprendizaje fue creciendo de manera muy orgánica. Un papel llevaba a una habitación; una habitación, a una asesoría; una asesoría, a otra pregunta que había que investigar. Josefina comenzó a involucrarse cada vez más en el interiorismo, hasta que aquello que inicialmente parecía una actividad paralela terminó convirtiéndose en una profesión.
Y entonces sus caminos se cruzaron. No tenían la misma formación ni habían llegado al diseño por la misma puerta, pero sí compartían esa curiosidad permanente por los espacios y una manera parecida de conversar sobre ellos.
Quizás por eso, cuando comenzaron a imaginar que podían trabajar juntas, la idea no se sintió tan extraña.


Una llega primero, la otra acomoda
El primer proyecto fue pequeño, pero suficiente para comprobar que aquello que funcionaba tan bien entre ellas conversando podía convertirse también en una manera de trabajar.
Javiera suele entrar más rápidamente en la conversación. Pregunta, observa, tira ideas y se atreve a proponer antes de tener todo resuelto. Josefina necesita un poco más de tiempo.
“Yo me bloqueo un poco en la asesoría espontánea porque sobre analizo mucho las cosas. Javiera es más espontánea. Ella da el primer paso, hace el sondeo del lugar, tira todas las ideas y después, cuando estamos frente al computador, yo empiezo a rearmarlas”.
No es una división rígida de tareas. Con el tiempo fueron entendiendo que precisamente ahí estaba una de sus fortalezas. Javiera puede leer rápidamente a una persona y poner varias posibilidades sobre la mesa; Josefina las procesa, llevarlas a medidas, proporciones, materiales y detalles.
También se han ido enseñando mutuamente el oficio.
Antes de que existiera Escobar & Muencke, Josefina ya tenía una historia construida alrededor de los papeles murales. Conocía proveedores, catálogos, medidas e instalación. Había aprendido a trabajar con ellos y, sobre todo, había descubierto que un papel podía ser mucho más que una terminación: podía cambiar completamente la atmósfera de una habitación y abrir una conversación sobre todo lo que la rodeaba.
Javiera aportaba otra mirada. Su formación como arquitecta le permitía leer la distribución, las proporciones y las relaciones entre los distintos elementos de una casa.La diferencia no se convirtió en una frontera entre sus trabajos, sino en una herramienta compartida.


Josefina le transmitió a Javiera todo lo relacionado con los papeles murales, sus medidas, instalación y posibilidades.
Javiera, desde su formación, ayudó a estructurar el servicio y a mirar cada proyecto desde una perspectiva más amplia.
Mientras una abre posibilidades, la otra las aterriza; mientras una encuentra rápidamente una idea, la otra puede quedarse dándole vueltas hasta encontrar la forma exacta de hacerla funcionar.
La sociedad fue encontrando así su propio equilibrio: no porque hicieran lo mismo, sino porque podían mirar una misma casa desde lugares diferentes.
Y esa diferencia se vuelve especialmente importante cuando llega el momento de entrar a una casa que no conocen.
Entrar a una casa
La primera visita no parte con un catálogo ni con una lista de compras. Parte con preguntas.
Quieren saber cómo vive esa familia, qué funciona, qué les incomoda, qué cosas quieren conservar y cuáles están dispuestos a soltar. Preguntan por los hijos, las edades, las mascotas, los hábitos y la manera en que cada espacio se usa realmente.
“Les preguntamos qué les gusta de su living, qué quieren cambiar, qué les carga, qué dejarían”.
Con esa información empiezan a ordenar lo que existe. Qué se queda, qué puede cambiar de lugar, qué vale la pena recuperar y qué definitivamente necesita ser reemplazado.
“Entonces hacemos como lo que se va, lo que se queda, lo que se reutiliza y lo nuevo”.
Es una forma bastante práctica de empezar, pero detrás hay una convicción más profunda: una casa no tiene por qué empezar de cero para transformarse.
Un sitial puede cambiar de habitación. Una mesa puede convertirse en el punto de partida de un espacio. Un cojín puede quedarse después de cambiarle el relleno. Una cortina puede seguir funcionando si se combina de otra manera.
“Siempre tratamos de dejar algo que el cliente ya tenga. Siempre tratamos de reutilizar algo”.
Y muchas veces no es sólo porque funcione.

“Hay muchas cosas que tienen historia. Son familiares. Entonces tú dices: no puedes cambiar esto. Y en general siempre queda algo que hace que el espacio sea especial y diferente”.
Ahí aparece una parte del interiorismo que les interesa especialmente: encontrar aquello que ya pertenece a una casa y darle una nueva oportunidad.
También ahí comienzan a entrar los materiales. No como decisiones aisladas, sino en relación con lo que ya existe.
Los papeles murales son un buen ejemplo. Josefina trabaja con papeles importados de Italia, Holanda y Alemania y conoce bien la diferencia entre elegir uno desde una pantalla y verlo realmente instalado.
“Nos gusta ir a tu casa, con los catálogos. Porque los papeles en una foto son muy distintos a verlos en vivo. Cambia todo: la textura, el color, el tono”.
La luz de una habitación puede cambiarlo todo. También el sofá, la madera del piso, una cortina o un mueble que el cliente ya decidió conservar.
Por eso el papel no llega como una solución aislada. Se incorpora a una escena que ya existe y que necesita encontrar su equilibrio.

Lo mismo ocurre con el presupuesto.
“Nos preocupamos mucho del bolsillo del cliente”.
Puede tratarse de una habitación infantil, un living completo o simplemente un espacio que necesita volver a funcionar. Los presupuestos son distintos y también lo es el nivel de acompañamiento que necesita cada cliente.
Pueden entregar una propuesta para que la persona la implemente por su cuenta, acompañarla con un listado de compras detallado o hacerse cargo de todo: buscar, comprar, coordinar, supervisar y montar.
No hay una única manera de contratar el servicio porque tampoco hay una única manera de habitar una casa.

La casa que ya existe
Para Josefina, la idea de transformar sin borrar también tiene algo de experiencia personal.
Antes de dedicarse al interiorismo, había intentado transformar su propio living. Tenía muebles que quería conservar, regalos familiares que no quería cambiar y objetos que seguían teniendo sentido para ella, aunque no supiera exactamente cómo integrarlos.
Las propuestas que había encontrado partían prácticamente desde cero. Así que comenzó a estudiar por su cuenta.
“Me metí a estudiar, a leer y a leer hasta que logré hacerlo yo. Y logré dejar la mesa de centro que me regaló mi tía, el sitial que tengo desde que me casé y el living funciona súper bien”.
Quizás por eso hoy la reutilización aparece de manera tan natural en sus proyectos. No significa que todo tenga que quedarse. Algunas cosas definitivamente tienen que irse. Pero antes de reemplazarlas quieren entender qué valor tienen y qué posibilidades todavía guardan.
En esa lógica, transformar una casa no consiste necesariamente en borrar lo anterior para construir una imagen nueva. A veces se trata de descubrir qué merece permanecer y qué necesita cambiar para que aquello que ya existe vuelva a funcionar.

Esa misma mirada explica por qué les cuesta hablar de un estilo único.
Tienen materiales que disfrutan especialmente —lino, yute, madera, piedra, algodón, papeles murales—, pero ninguna de esas preferencias está por encima de quien va a vivir en el espacio.
“Nosotras nunca buscamos imponer un estilo. Nos encanta descubrirlo junto al cliente”.
Si una clienta tiene un sitial tapizado con flores y le encanta, ese sitial puede convertirse en protagonista.
“Tratamos de adaptar todo a ese sitial protagonista floreado”.
Pueden hacer una casa muy neutra, otra llena de color, una más romántica o una habitación completamente urbana. El punto de partida cambia porque cambian las personas.
En uno de sus proyectos más desafiantes trabajaron precisamente desde ahí. Dos hermanas querían una habitación blanca, azul y roja, con una estética urbana que no era precisamente el territorio habitual de la oficina.
“Fue como: Jose, qué entretenido, porque es algo nuevo, pero complicado porque no somos esa onda”.
Aceptaron el desafío. Trabajaron la iluminación para darle calidez y sumaron un mueble de madera que incorporaba escritorio y clóset. El resultado no necesitaba parecer un proyecto de Escobar & Muencke… Necesitaba parecer la habitación de esas niñas y, al mismo tiempo, sentirse acogedora.

Cuando intentan explicar qué hace reconocible su trabajo, vuelven a una idea sencilla.
“No sacamos nada con hacer algo estéticamente agradable si no funciona. Las dos cosas van de la mano”.
La vida cotidiana entra en el proyecto de una manera bastante concreta. Una familia con niños necesita materiales que resistan. Una casa donde se reciben muchos amigos necesita determinados recorridos. Un animal puede cambiar completamente la elección de una tela.
Y están también esas cosas pequeñas que sólo aparecen cuando alguien realmente va a vivir ahí.
“Una casa piloto no interpreta a nadie. Es preciosa, pero tú empiezas a darte cuenta de que en realidad a mí no me funciona así”.
Para ellas, una casa tiene que poder contar quién vive ahí.
“Que te represente”.
No necesariamente a través de una fotografía familiar o de un objeto evidente. Puede ser una combinación de colores, un mueble heredado, una textura, un papel mural o simplemente la manera en que una habitación se organiza.
El criterio no está en imponer una firma reconocible sobre cada proyecto, sino en conseguir que las decisiones tengan sentido para la persona que va a vivir con ellas.

Volver
Escobar & Muencke todavía es una oficina joven. Su crecimiento ha ocurrido principalmente a través de recomendaciones y redes sociales, y gran parte de sus proyectos se concentra en Chicureo. Ahora quieren ampliar ese radio y llegar a nuevos clientes.
Pero cuando hablan de lo que esperan para adelante, hay algo que aparece antes que el crecimiento.
Que las vuelvan a llamar.
“Tenemos unos clientes a los que hace un año les hicimos casi toda la casa y ahora quieren terminar los espacios que les quedan. Eso para nosotras es lo máximo. Quiere decir que hicimos una buena pega, que les gustó el resultado”.
Hay algo revelador en esa medida del éxito. No se trata solamente de cuántos proyectos pueden mostrar, sino de que una familia vuelva a buscarlas cuando aparece otra habitación que necesita atención.

También quieren seguir aprendiendo. Josefina habla de estudiar, investigar y meterse en cada tema que todavía no domina. Javiera reconoce que cada proyecto les va dejando algo nuevo.
Y después aparece otra escena.
La de una clienta entrando a su casa terminada.
“Quedan como en llamas. Quedan felices”.
Javiera cuenta que hace poco cambió finalmente el sofá de su propio living. Llevaba años queriendo hacerlo. Lo puso en su lugar, prendió unas velas, se sentó con un café y se dio cuenta de que el cambio era bastante más grande de lo que imaginaba.
“Uno realmente dice: qué rico es poder vivir tu lugar”.


Quizás ahí está, finalmente, la medida de lo que buscan hacer.
No una casa perfecta. No una casa que parezca salida de un catálogo. Una casa que conserve aquello que importa, que encuentre nuevas posibilidades para lo que ya existe y que, después de todas las decisiones, vuelva a sentirse propia.
Una mesa que permanece porque tiene historia. Un sitial que encuentra un nuevo lugar. Un papel que cambia la atmósfera de una habitación. Una cama que se mueve hasta que la circulación finalmente funciona.
Y una casa que, sin dejar de ser la misma, empieza a sentirse un poco más de quienes la habitan.










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