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Mantagua Estudio: la madera vuelve a habitar

Oct 5, 2026 | Diseño de Autor | 0 Comentarios

Dagoberto Ulloa Ibaceta —constructor civil, fotógrafo, músico por afición y estudiante de último año de Arquitectura— diseña desde la biografía material. Sus piezas de autor reúnen madera recuperada, acero y trabajo manual para ocupar el espacio con una presencia capaz de contar de dónde viene.

Antes de ser mesa, la madera ya tuvo otra vida. A veces permaneció tendida en un bosque del sur. Otras, quedó sumergida durante años en el fondo de un lago o un río, lejos de la luz y del oxígeno. También pudo ser viga, sostener un galpón o formar parte de una casa que ya no existe. Cuando llega a las manos de Dagoberto Ulloa Ibaceta, esa historia no se corrige ni se oculta. Se convierte en el origen del diseño.

En Mantagua Estudio Taller, cada mesa comienza con un fragmento irrepetible. Dagoberto no trabaja con tableros construidos mediante la unión de piezas ni busca uniformar la superficie. El corte completo del tronco conserva sus contornos, accidentes, vetas y cambios de color. La forma que el tiempo dejó sobre la madera determina buena parte de lo que vendrá después.

“Cada corte es único. Yo nunca voy a encontrar una pieza igual a otra. Son irrepetibles”, explica.

La mesa aparece al final de un recorrido que comenzó mucho antes de que existiera el taller. En ella se reúnen la precisión de la construcción, el estudio del espacio, la observación fotográfica y una relación con el arte que Dagoberto ha cultivado desde niño.

Mantagua no surge de una especialización lineal, sino de una mirada formada en distintos lenguajes que, con el tiempo, encontraron un mismo lugar donde expresarse.

La mirada antes del oficio

Dagoberto tiene 49 años, es constructor civil y cursa el último año de Arquitectura. Su vida profesional transcurre, en buena parte, dentro de obras de gran escala: trabaja en una empresa privada especializada en la construcción de hospitales. Allí opera desde el mundo de la ingeniería, sujeto a sus exigencias técnicas, normativas y funcionales.

El arte, sin embargo, siempre permaneció cerca.

A los once años comenzó a estudiar música clásica. Más tarde aprendió a tocar saxofón y encontró en el jazz un territorio donde la música y la fotografía podían encontrarse. Estudió con profesores particulares, desarrolló proyectos, realizó exposiciones y publicaciones, y luego cursó un diplomado de Fotografía y Cine en la Escuela de Cine de Chile. Su trabajo se desplazó desde los escenarios hacia una fotografía más documental y de calle, sin abandonar del todo la música.

“Me fui por la fotografía de jazz porque tenía mucha relación con la música. Entendía un poco cómo podía sentirse un músico arriba del escenario”, cuenta.

Esa cercanía le permitía fotografiar desde la comprensión y no únicamente desde la distancia. Sabía cuándo observar, cuándo esperar y en qué momento una acción aparentemente mínima podía revelar algo del intérprete. La cámara fue educando una forma de mirar que hoy también interviene en su diseño: reconocer una presencia, trabajar con lo que ya existe y decidir cuánto necesita mostrarse.

La arquitectura apareció temprano como inquietud, aunque su estudio debió avanzar entre pausas y regresos. Antes cursó dibujo técnico y luego Construcción Civil, una decisión ligada a la necesidad de trabajar y sostener económicamente sus otros intereses.

“Siempre he estado investigando, descubriendo y estudiando. Finalmente estudié Construcción Civil por una necesidad: poder trabajar y pagarme el resto de las cosas que hago. Hoy me dedico a construir hospitales, pero nunca me he desligado del arte, de la fotografía ni del diseño”.

En lugar de operar como mundos separados, esas experiencias fueron construyendo una sensibilidad común. La ingeniería aportó conocimiento material y capacidad de ejecución; la arquitectura instaló preguntas sobre el espacio y el habitar; la fotografía afinó la atención; la música introdujo ritmo, silencio y medida.

“Siempre he tenido un acercamiento a lo que tiene que ver con el ambiente, con el espacio donde habitamos los seres humanos. Siento que me gusta vestir un ambiente. Por eso nace este tema de los muebles”.

La madera anterior al mueble

El vínculo más consciente con la madera se fortaleció durante unos cursos de restauración que Dagoberto realizó en España. Las iglesias antiguas y sus estructuras de madera despertaron una atención que luego se transformaría en una postura frente al material.

“A mí siempre me han llamado mucho la atención las iglesias antiguas y toda la construcción en madera. Siento una afinidad que me hace valorar mucho este material noble”.

Esa valoración contenía también un conflicto. Si quería fabricar muebles, no le resultaba coherente abastecerse de madera nueva sin preguntarse por el impacto de su procedencia. La búsqueda de una alternativa se convirtió en el primer principio del proyecto: trabajar con madera recuperada.

“Me empecé a preguntar cómo podía fabricar muebles sin tener que comprar madera en una barraca, sabiendo que detrás podía existir destrucción de bosques. Entonces pensé: recuperemos. Ahí nace también el compromiso con el cuidado y conservación de los bosques nativos».

En un emprendimiento anterior, Dagoberto comenzó a rescatar vigas de roble provenientes de casas en demolición. Con ellas fabricó mesas, estanterías y racks. El taller funcionaba, pero debió cerrarlo por razones personales. Cuando decidió comenzar nuevamente, quiso profundizar esa búsqueda y construir una propuesta más definida.

Durante un viaje al sur conoció a personas que recuperaban árboles caídos en los bosques. Más tarde encontró a quienes reflotaban antiguos troncos desde lagos y ríos. Estableció vínculos con proveedores de La Araucanía y, cada vez que el tiempo se lo permite, viaja personalmente para conocer el origen de las piezas y buscar material.

Hoy trabaja principalmente con tres procedencias: árboles caídos, troncos recuperados desde el agua y, en menor medida, madera rescatada de galpones en demolición. Las dos primeras concentran especialmente su interés.

La madera reflotada puede haber permanecido durante largos periodos bajo el agua. Dagoberto observa que esa condición modifica su apariencia y permite encontrar colores, vetas y cualidades difíciles de hallar en maderas nuevas. Algunas piezas con las que trabaja, estima, podrían provenir de árboles de varios cientos de años.

“Es un material con mucha historia. Sigue vivo, aunque sea un árbol que fue cortado hace muchísimo tiempo. Tiene colores y vetas que no encuentras en una barraca. Es una madera muy particular y muy valiosa, y siento que también hay que enseñar a las personas a comprender lo que cuesta conseguirla y lo exclusiva que es”.

La recuperación, entonces, no funciona como una etiqueta añadida al mueble. Determina la disponibilidad, el proceso y la forma final. Dagoberto no puede encargar dos cortes idénticos ni imponer a la materia una regularidad que nunca tuvo. Diseña con aquello que encuentra.

El diseño empieza en el corte

Las mesas de Mantagua no suelen nacer de una solicitud específica. Dagoberto selecciona las cubiertas, observa sus proporciones y desarrolla para ellas un diseño propio. Una vez terminadas, las incorpora a su catálogo y las presenta en las redes sociales. Aunque ha realizado algunos encargos, prefiere que el público se acerque a las piezas por el valor de su propuesta autoral.

“Mi fuerte es trabajar con mis propios diseños y que se valore ese diseño. Si un cliente quiere algo particular, le muestro las cubiertas que tengo y, a partir de ellas, vemos qué se puede hacer. No trabajo buscando un corte exacto para repetir una idea, porque esa no es mi línea”.

En el taller trabaja junto a Hernán Cavieres, maestro y compañero de oficio con quien también construyó su refugio en Mantagua. Hernán se encarga principalmente del acero y participa en el trabajo de la madera; Dagoberto desarrolla los diseños, selecciona los materiales y define acabados y terminaciones.

El proceso es manual. La nivelación, los cortes, la fabricación de las bases y las terminaciones se realizan en el taller, sin sistemas CNC destinados a estandarizar la forma. Las herramientas ayudan a ejecutar, pero la decisión sigue pasando por el ojo y la mano.

“Quiero entregar una pieza única, no un mueble que pueda encontrarse en cualquier tienda. Uso una palabra que quizás suena fuerte, pero hay muebles que no tienen alma. Siento que los nuestros sí la tienen porque reúnen una historia, una emoción y una implicación. Todo está hecho a mano”.

La afirmación no descansa solamente en el gesto artesanal. El alma de la que habla Dagoberto está en la relación entre procedencia, materia y diseño: una madera que ya vivió, un proceso que conserva sus rasgos y una estructura creada específicamente para sostenerla.

Las bases constituyen el segundo elemento distintivo de Mantagua. En vez de recurrir a perfiles metálicos cuadrados —una solución habitual en el mobiliario que combina madera y acero—, el taller trabaja con planchas de acero de cinco milímetros. Dagoberto buscaba alejarse de las fórmulas repetidas y construir un lenguaje reconocible.

“Veía una y otra vez los mismos perfiles y las mismas copias de muebles de Pinterest. Yo quería desmarcarme de eso, tener mi propio sello. Por eso nuestra línea se construye con diseño de autor, madera recuperada y bases de plancha de acero”.

Su afinidad con el modernismo y el diseño nórdico se reconoce en estructuras de geometría contenida, poca ornamentación y líneas claras. Entre sus referentes menciona a Mies van der Rohe, aunque su búsqueda no consiste en trasladar una imagen arquitectónica a escala de mueble. Le interesa, sobre todo, la capacidad de resolver con pocos elementos.
“Me gustan las líneas simples. Creo que con poco se puede hacer mucho. La gran protagonista tiene que ser la madera, pero tampoco puedo dejar de lado la base que la sostiene. Esa base necesita una particularidad, un diseño”.

El acero no intenta imitar la organicidad de la cubierta. Se presenta como contrapunto: preciso, firme y deliberadamente sobrio. La tensión entre ambos materiales evita que la mesa dependa únicamente de la belleza de la madera. Hay una estructura que la ordena, la eleva y define su relación con el espacio.

Diseñar el centro de la habitación

Para Dagoberto, una mesa no debe desaparecer dentro de la decoración. Su lugar tampoco es el de un objeto añadido para completar una composición. Busca que actúe como protagonista y que organice visualmente la habitación desde su materialidad.

“El cliente puede decirme cómo quiere su mesa para su ambiente y yo lo voy guiando. Lo que busco es que sea protagonista en el salón o en el living donde va a estar. No quiero que sea el típico mueble que está ahí de adorno”.

La asesoría forma parte de ese proceso. Las dimensiones, el tipo de cubierta, la base y la terminación deben responder al espacio sin quitarle singularidad a la pieza. Dagoberto quiere que la mesa se integre, aunque no pase inadvertida; que alguien entre, la observe y pregunte qué madera es, cómo fue hecha y de dónde salió. Esa reacción, cuenta, ya se repite entre quienes han adquirido sus diseños.

“Tengo clientes que me dicen que alguien llega a su casa y lo primero que ve es la mesa. Preguntan por ella porque es distinta. Eso es lo que quiero lograr: que sea valorada por su estética y por su materialidad, que cuente una historia”.

Su aproximación al habitar se vuelve especialmente visible en esa intención. Vestir un ambiente, para Dagoberto, no significa cubrirlo de objetos. Significa introducir una pieza capaz de establecer una relación con el lugar y con quienes lo ocupan. La mesa concentra esa posibilidad porque reúne uso, materia y encuentro dentro de una misma forma.

Un refugio llamado Mantagua

El nombre del taller proviene de un lugar concreto. En Mantagua, entre Concón y Quintero y cerca de Ritoque, Dagoberto tiene un terreno donde diseñó y construyó un pequeño refugio de fin de semana realizado a partir de un contenedor.

“Es mi lugar de refugio. Siempre tuve la idea de construir un taller dentro de ese terreno para poder hacer este tipo de muebles. Por eso lleva ese nombre”.

Mantagua Estudio Taller se encuentra actualmente en una etapa de crecimiento, pero su nombre ya anticipa una escala mayor. Cuando termine Arquitectura, Dagoberto proyecta abrir una segunda línea: Mantagua Estudio Arquitectura, orientada al diseño y construcción de refugios en madera y acero.
“Ese es mi norte. Quiero crear refugios para escapar de la vida diaria, hacerlos principalmente en madera y mezclar también el acero. Tengo algunos diseños y cosas guardadas. Mi idea es que las dos líneas puedan existir y crecer al mismo tiempo”.

La futura arquitectura de Mantagua no aparece desligada de las mesas. Comparte con ellas una misma manera de pensar: recuperar materiales, trabajar con estructuras claras y construir espacios u objetos capaces de acoger la vida sin borrar la naturaleza de aquello con lo que fueron hechos.

Mientras ese proyecto se prepara, las mesas ya contienen su principio fundamental. Cada una devuelve una madera al ámbito cotidiano sin hacerla olvidar su origen. En la cubierta permanece el árbol; en el acero se reconoce la precisión del constructor; en las proporciones, la arquitectura; en la decisión de qué mostrar, la mirada del fotógrafo.

“Mi objetivo principal no es fabricar muebles en serie. Lo que quiero es fabricar piezas únicas”.

En Mantagua Estudio Taller, esa singularidad comienza mucho antes del dibujo. Comienza en un bosque, bajo el agua o entre los restos de una antigua construcción. Dagoberto recoge esa historia, la sostiene con acero y la devuelve al interior de una casa. Allí la madera vuelve a habitar y, alrededor suyo, el espacio encuentra un nuevo centro.

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