Desde Papudo, Francisco Clavijo Vita ha construido una manera de ejercer la arquitectura donde diseño y construcción forman parte de un mismo proceso. Sin embargo, su trabajo comienza mucho antes de un plano o un terreno. Detrás de cada proyecto existe una forma de mirar el mundo que se fue construyendo entre la curiosidad, la experiencia, la obra y la convicción de que comprender siempre debe anteceder a cualquier decisión. Esa búsqueda, más que definir un estilo, ha terminado dando forma a una manera profundamente personal de ejercer el oficio.
La conversación con Francisco Clavijo Vita rara vez comienza hablando de arquitectura. Aunque las preguntas apuntan hacia proyectos, materialidades o procesos constructivos, él vuelve una y otra vez a otro lugar. Habla de las personas que habitarán una casa, del paisaje que la recibirá, de los aprendizajes que dejan los errores, de la importancia de seguir observando incluso cuando la experiencia parece entregar respuestas suficientes. Poco a poco se entiende que, para él, todas esas cosas pertenecen a una misma historia.
Con los años llegó a una convicción que hoy guía cada uno de sus proyectos.
«La arquitectura no comienza cuando aparece un proyecto sobre la mesa, sino mucho antes, en la manera en que cada uno construye su propia identidad. La forma de observar el mundo, las experiencias vividas, las personas que conocemos, los lugares que recorremos, las lecturas, los errores y los aciertos terminan conformando un modo particular de pensar y de actuar. Esa identidad es la que finalmente se expresa en cada obra.»
No lo plantea como una teoría ni como un manifiesto. Habla desde la experiencia. Su manera de entender el oficio se fue construyendo lentamente, entre viajes, obras, decisiones personales y una curiosidad que nunca dejó de acompañarlo. Por eso, cuando enfrenta un nuevo encargo, antes de pensar en formas o materiales prefiere detenerse a comprender aquello que tiene delante. El proyecto vendrá después.

La forma en que empieza una mirada
La primera escuela de Francisco no fue la universidad. Fue la curiosidad.
Mucho antes de pensar que sería arquitecto ya encontraba algo fascinante en observar a su hermano mayor dibujar planos y construir maquetas durante horas. A veces lo ayudaba; otras simplemente permanecía a su lado mirando cómo un conjunto de líneas comenzaba a transformarse en una idea. Sin saberlo, estaba descubriendo que detrás de cada proyecto existía una manera de pensar.
«Lo veía haciendo proyectos, maquetas, planos… yo lo ayudaba y me gustó. Ahí fue cuando empecé a sentir que esto era lo mío.»
Años más tarde, un viaje a Cusco y Machu Picchu terminó ampliando esa intuición. Lo que más lo impresionó no fue únicamente la monumentalidad de aquellas construcciones, sino la posibilidad de entender que cada piedra, cada muro y cada recorrido respondían a una decisión consciente. Más que admirar la obra, quiso comprenderla.
«Pensar que todo eso se construyó hace tantos años… uno empieza a preguntarse por qué las cosas están hechas así.»
Mirando hacia atrás reconoce que esas preguntas nunca desaparecieron. Simplemente cambiaron de escala. Hoy siguen apareciendo cada vez que comienza un nuevo proyecto, porque antes de imaginar una solución necesita comprender aquello que tiene delante.
«Con el tiempo he entendido que todo proceso proyectual comienza mucho antes del dibujo. Primero hay que conocer. Después entender. Luego interpretar. Sólo entonces es posible proponer una respuesta. La investigación no es una etapa separada del proyecto, sino su fundamento. Mientras más profunda sea la comprensión del problema, más coherente será la solución.»
Ese principio, que hoy resume con naturalidad, no nació en una sala de clases. Fue tomando forma lentamente, a medida que la experiencia le enseñaba que las mejores respuestas suelen aparecer cuando uno ha sido capaz de formular primero las preguntas correctas.

Cuando las ideas dejaron el papel
Mientras estudiaba Arquitectura en la Universidad Mayor nació su primera hija. La noticia adelantó responsabilidades y cambió el ritmo de una etapa que hasta entonces transcurría entre talleres, entregas y maquetas. Había que trabajar, y ese cambio lo acercó muy pronto a una dimensión del oficio que terminaría marcando toda su trayectoria.
Las primeras remodelaciones y pequeñas obras fueron mucho más que una fuente de ingresos. Allí descubrió que un proyecto no terminaba cuando el dibujo estaba listo, sino que recién comenzaba a ponerse a prueba. Las decisiones debían enfrentarse a presupuestos, tiempos, especialidades y a una realidad mucho más compleja que la representada sobre el papel.
Más adelante, su paso por una inmobiliaria como jefe de obra e Inspector Técnico de Obras terminó ampliando esa mirada. Aunque siempre tuvo claro que quería desarrollar un camino independiente, hoy reconoce que aquellos años fueron decisivos para comprender el verdadero alcance de cada decisión proyectual.
«Nunca me vi trabajando para alguien. Nunca fue mi sueño ni mi norte. Pero fue una etapa muy importante, porque al construir uno aprende a diseñar de otra manera. Entiende cómo se hacen realmente las cosas, cómo trabajan las distintas especialidades y cómo una decisión aparentemente pequeña puede cambiar todo el desarrollo de una obra.»
Ese aprendizaje no modificó únicamente su conocimiento técnico. Cambió su manera de pensar. Comprendió que proyectar exige asumir una responsabilidad que va mucho más allá de la calidad formal de una propuesta. Cada plano compromete recursos, tiempo, expectativas y, sobre todo, la confianza de quienes imaginan allí una parte importante de su vida.
Por eso hoy le resulta imposible separar el diseño de la construcción. Ambos forman parte de un mismo proceso de comprensión, donde cada decisión debe sostenerse tanto en la idea que la origina como en la realidad que finalmente le dará forma.
«La experiencia transforma el conocimiento en criterio, y ese criterio termina definiendo la manera de proyectar.»



Hay lugares que terminan eligiéndonos
En 2016 fundó su propia oficina, FCV Arquitecto. Sin embargo, la forma en que hoy ejerce el oficio terminaría de definirse algunos años después, cuando decidió instalarse junto a su familia en Papudo. El cambio no respondió a una estrategia profesional ni a una oportunidad de mercado. Fue, antes que todo, una decisión de vida.
La costa había estado presente desde la infancia y nunca dejó de ser un lugar al que quisiera volver. Vivir frente al mar significaba recuperar una forma de habitar el tiempo que siempre había sentido cercana: una vida donde el trabajo conviviera naturalmente con la familia, el deporte y el paisaje. Esa elección, tomada desde lo personal, terminó transformando también su manera de proyectar.
El surf, una práctica que lo acompaña desde hace años, terminó profundizando esa relación con el territorio. En el mar aprendió que no sirve imponer el ritmo propio. Primero hay que observar las condiciones, entender el viento, leer las corrientes y esperar el momento adecuado antes de actuar. Con el tiempo descubrió que esa misma lógica aparecía, casi de manera inconsciente, cada vez que enfrentaba un nuevo proyecto.
«El surf te obliga a leer constantemente. Nunca puedes llegar e imponer lo que quieres hacer; primero tienes que entender qué está pasando. Creo que la arquitectura tiene mucho de eso.»
Cuando habla de libertad, en realidad no se refiere a trabajar menos ni a alcanzar una determinada estabilidad económica. Habla de vivir de una manera coherente con aquello que considera importante.
«Uno habla de la libertad financiera, y está bien. Pero ¿cuál es tu libertad? ¿Cuál es tu esencia? Muchas veces uno deja de lado lo más importante buscando la plata, y en mi caso las cosas no fluyen de esa manera.»
Los proyectos comenzaron a llegar desde distintos puntos del litoral y, junto con ellos, apareció una manera distinta de relacionarse con quienes confiaban en su trabajo. Más que un diseño, buscaban un acompañamiento completo, alguien capaz de recorrer el proceso desde las primeras conversaciones hasta la entrega de la obra.

Francisco sintió que todas las experiencias acumuladas hasta entonces encontraban, por fin, un mismo lugar.
«Hoy diseño y construyo mis propios proyectos. Para mí tiene sentido que ambas cosas formen parte del mismo proceso, porque las decisiones no terminan cuando entregas un plano. El proyecto sigue viviendo durante la construcción y ahí también hay que estar presente.»
Más que controlar cada etapa, busca cuidar la continuidad de una idea. Acompañar una obra hasta su materialización significa asumir la responsabilidad de que aquello imaginado al comienzo conserve su sentido a lo largo de todo el proceso, respetando siempre a las personas, al lugar y a las condiciones que dieron origen al proyecto.
Lo que ocurre antes de una línea
Escuchar ocupa un lugar tan importante en el trabajo de Francisco como dibujar. Con los años descubrió que las respuestas rara vez aparecen durante la primera reunión y que, muchas veces, las preguntas más simples son las que terminan definiendo un proyecto.
Antes de hablar de superficies, materialidades o referencias, le interesa entender quiénes son las personas que tendrá al frente. Cómo viven, cuáles son sus rutinas, qué espacios valoran, cómo imaginan su vida cotidiana y qué esperan sentir cuando esa casa deje de ser un proyecto para convertirse en parte de su historia.
«No proyectamos edificios para ser observados, sino espacios para ser vividos. Comprender cómo una persona recorre un lugar, cómo trabaja, cómo descansa, cómo se encuentra con otros o cómo experimenta la luz resulta mucho más importante que definir una imagen atractiva. La forma adquiere sentido únicamente cuando responde a la vida que sucede en su interior.»
Esa forma de aproximarse al proyecto ha ido construyendo, casi sin proponérselo, una metodología propia. No responde a una secuencia rígida ni a una fórmula repetible. Cada encargo obliga a volver a empezar, a observar con la misma disposición del primer día y a aceptar que ninguna experiencia previa alcanza, por sí sola, para explicar un nuevo problema.
«Con los años he comprendido que una metodología no consiste en repetir fórmulas aprendidas, sino en desarrollar una forma personal de aproximarse a cada problema. Cada proyecto exige volver a observar, volver a preguntar y volver a aprender. Esa disposición permanente al aprendizaje es, probablemente, una de las mayores responsabilidades del arquitecto.»
Esa disposición a observar antes de intervenir tampoco pertenece únicamente a su trabajo. Es una forma de relacionarse con el mundo. En el mar, esperando una serie, aprendió que ninguna ola puede leerse con anticipación absoluta y que cada decisión depende de comprender las condiciones del momento. Con el tiempo descubrió que proyectar exige exactamente la misma actitud: detenerse, mirar con atención y entender antes de actuar.
Desde esa mirada, el dibujo deja de ser el punto de partida y pasa a convertirse en la consecuencia de un proceso mucho más amplio. Primero aparecen las personas, luego el lugar, después las preguntas. Sólo entonces comienza el proyecto.

El paisaje como interlocutor
Esa manera de trabajar encuentra en el borde costero un escenario especialmente exigente. El paisaje no funciona como un telón de fondo ni como un atributo estético; participa activamente en cada decisión. El viento, la humedad, la camanchaca, la orientación del terreno o la relación con el horizonte dejan de ser variables técnicas para transformarse en parte del proceso de diseño.
«Ninguna obra existe de manera aislada. Cada proyecto pertenece a un paisaje, a una historia, a una cultura y, sobre todo, a una comunidad. Comprender el contexto significa reconocer las condiciones físicas del lugar, pero también entender las relaciones humanas que allí ocurren. El edificio deja de ser un objeto independiente y pasa a formar parte de un sistema mucho más amplio.»
Por esa razón le resulta difícil hablar de un estilo propio. No intenta que todas sus obras se parezcan entre sí ni busca instalar una firma reconocible. Cada proyecto responde a circunstancias distintas y exige decisiones que nacen de ese diálogo permanente entre el territorio, quienes lo habitarán y las posibilidades que ofrece la construcción.
La elección de los materiales sigue la misma lógica. La madera, el hormigón, el acero o la piedra no aparecen para reforzar una imagen determinada, sino porque cada uno responde de mejor manera a un contexto específico y a una forma particular de habitar.
«Entiendo el proyecto como el equilibrio entre distintas variables que no pueden separarse. El uso, la forma, la técnica y el significado mantienen una relación permanente entre sí. Ninguno puede imponerse sobre los demás sin afectar la calidad del resultado. La arquitectura aparece precisamente cuando todos esos elementos logran dialogar dentro de un contexto específico.»
Más que perseguir una expresión formal, Francisco busca que cada decisión encuentre una razón suficiente para existir. Cuando ese equilibrio aparece, la arquitectura deja de imponerse sobre el lugar y comienza, simplemente, a formar parte de él.

El peso invisible de cada decisión
A medida que la conversación avanza, hay una palabra que aparece una y otra vez con una naturalidad que llama la atención: responsabilidad.
No surge únicamente cuando Francisco habla de estructuras, presupuestos o plazos. Aparece al referirse a las personas, al territorio y a las decisiones que acompañan cada proyecto desde sus primeras conversaciones. Para él, diseñar una vivienda significa intervenir en el lugar donde otra familia construirá parte de su historia.
«Cada proyecto representa una responsabilidad. Antes de decidir una forma o imaginar un espacio, es necesario comprender profundamente aquello que se pretende transformar. Proyectar exige hacerse preguntas: qué se quiere construir, por qué hacerlo, cómo intervenir y qué consecuencias tendrán esas decisiones sobre las personas y sobre el lugar. La arquitectura no puede reducirse a un ejercicio formal; debe responder con honestidad a una necesidad real.»
No habla desde una postura teórica. Esa convicción se fue formando enfrentándose a problemas concretos, resolviendo obras, coordinando equipos y comprobando que una buena idea sólo conserva su valor cuando logra materializarse con el mismo cuidado con que fue concebida.
De allí nace el rigor con que enfrenta cada encargo. No responde a una búsqueda de perfección, sino al respeto por la confianza que cada cliente deposita en su trabajo.
«Hay que ser responsable. No vender humo. Cuando alguien te entrega el proyecto de su casa también te está entregando una parte importante de su vida. Eso nunca puede tomarse a la ligera.»
Esa forma de entender la arquitectura también explica por qué continúa involucrándose activamente en la construcción de sus obras. Más que supervisar un proceso, busca acompañarlo para que las decisiones tomadas durante el diseño mantengan su sentido hasta el último detalle construido. Es una manera de resguardar la coherencia entre la idea inicial y el espacio que finalmente será habitado.

Seguir haciéndose preguntas
La conversación deja entrever que la arquitectura no ha sido la única escuela en la vida de Francisco. Muchas de las convicciones que hoy orientan su trabajo se han construido también fuera de la oficina.
Durante años el deporte ocupó un lugar importante en su vida. Primero el fútbol y más tarde el surf le enseñaron que los resultados rara vez dependen únicamente del talento. La disciplina, el entrenamiento, la paciencia y la capacidad de volver a intentarlo después de cada error terminaron convirtiéndose en principios que hoy reconoce también en su manera de ejercer la profesión.
A esas experiencias se sumaron los viajes, la construcción de obras y el contacto directo con distintos territorios. Cada ciudad recorrida y cada desafío enfrentado ampliaron gradualmente su forma de comprender el espacio y de proyectar.

«Gran parte de ese aprendizaje no proviene únicamente de la universidad o de la oficina. Viajar, construir, recorrer distintas ciudades, enfrentarse a problemas reales y participar en procesos constructivos han sido experiencias tan importantes como cualquier formación académica. Cada lugar visitado y cada dificultad resuelta han ampliado mi manera de comprender el espacio y de enfrentar nuevos desafíos. La experiencia transforma el conocimiento en criterio, y ese criterio termina definiendo la manera de proyectar.»
Antes de terminar la conversación vuelve, casi sin proponérselo, a una idea que parece sintetizar toda su trayectoria.
«Los sueños permiten imaginar un horizonte; los objetivos ayudan a organizar el camino y las metas permiten medir el avance. Pero es la convicción la que sostiene el trabajo cotidiano, la que permite perseverar frente a las dificultades y confiar en que cada experiencia, por pequeña que sea, contribuirá a construir una mirada más amplia y más consciente sobre la arquitectura y sobre la forma en que habitamos el mundo.»
Después de recorrer su historia, la frase deja de sonar como una reflexión sobre la arquitectura para convertirse en una forma de entender la vida. En su recorrido no hay recetas ni fórmulas invariables, sino una disposición constante a observar, aprender y volver a hacerse preguntas. Quizás esa sea la verdadera continuidad de su trabajo: una práctica donde la experiencia alimenta el criterio, el criterio orienta las decisiones y cada nuevo proyecto representa una oportunidad para seguir comprendiendo el mundo antes de transformarlo.

Las obras que se presentan a continuación expresan esa manera de proyectar. Aunque cada encargo responde a condiciones distintas, todas comparten una misma actitud: escuchar el lugar, comprender sus particularidades y permitir que la arquitectura dialogue con ellas con naturalidad. Esa búsqueda es la que revisaremos en los siguientes proyectos destacados por Rúa Salón.
Proyecto Casa Warnken
Rungue, Maitencillo| Puchuncaví | 2024
Diseñada y construida por el estudio, Casa Warnken nace sobre un terreno de pendiente pronunciada donde la estructura debía responder tanto a la complejidad del emplazamiento como a la experiencia de habitar. La combinación de hormigón armado, acero y madera resuelve ese desafío mientras aporta calidez a los interiores. Dos patios centrales organizan la vivienda, permitiendo que la luz natural articule el recorrido y conecte con fluidez los espacios públicos y privados. El resultado es una casa que encuentra equilibrio entre eficiencia constructiva, confort y una estrecha relación con el paisaje.




Ficha técnica
Proyecto: Casa Warnken
Área: 140m2
Año: 2024
Ubicación: Rungue, Maitencillo, Puchuncaví, Región de Valparaíso.
Tipología: Vivienda Unifamiliar
Arquitectos: Francisco Javier Clavijo Vita y Cristián Pardo
Estructura: Hormigón armado, Madera y Acero
Construcción: Vita SpA
Fotografías por: Francisco Clavijo Vita y Enrique Warnken
Proyecto Casa Becker
Camino a Zapallar | Papudo | 2021
Frente al océano, Casa Becker transforma el paisaje en el principal protagonista del proyecto. Organizada en dos viviendas completamente independientes, permite que familia e invitados compartan el mismo lugar manteniendo autonomía y privacidad. Grandes superficies vidriadas, terrazas abiertas y una planta cuidadosamente distribuida incorporan el horizonte a la vida cotidiana, mientras la reutilización de la estructura existente permitió optimizar la construcción y responder con eficiencia al contexto.






Ficha técnica
Proyecto: Casa Becker
Área: 160m2Año: 2021Ubicación: Camino a Zapallar, Papudo, Región de Valparaíso.
Tipología: Vivienda Unifamiliar
Arquitecto: Francisco Javier Clavijo Vita
Estructura: Madera
Fotografías por: Francisco Javier Clavijo Vita y Jesús Puentes
Casa Brisas
Condominio Las Brisas de Maitencillo | Puchuncaví |2026
Proyectada para un terreno de compleja topografía y orientación sur, Casa Brisas aprovecha las condiciones del sitio mediante una implantación aterrazada que potencia las vistas y la relación con el exterior. La estructura de madera y acero responde a un presupuesto acotado sin renunciar a la calidad espacial, incorporando amplias transparencias, espacios sociales abiertos, criterios de aislación térmica y acústica, además de sistemas de domótica que integran tecnología y confort en una vivienda pensada para adaptarse a la vida contemporánea.









Ficha técnica
Proyecto: Casa Brisas
Área: 170m2
Año: 2026
Ubicación: Condominio Las Brisas de Maitencillo, Puchuncaví, Región de Valparaíso.
Tipología: Vivienda Unifamiliar
Arquitecto: Francisco Javier Clavijo Vita
Estructura: Madera y Acero
Construcción: Vita SpA
Fotografías por: Francisco Javier Clavijo Vita y Jesús Puentes
Casas Chungungo
Avenida del Mar, Maitencillo| Puchuncaví | 2026
Más que imponerse sobre el terreno, las dos viviendas se apoyan en la pendiente como una prolongación natural del paisaje costero. Organizadas en dos niveles, separan con claridad los espacios privados de las áreas comunes, donde living, comedor y cocina conforman una planta libre completamente abierta hacia el mar. La combinación de hormigón armado, madera y acero permite resolver las exigencias estructurales del emplazamiento mientras cada recorrido, cada apertura y cada visual construyen una experiencia de habitar profundamente vinculada al territorio.









Ficha técnica
Proyecto: Casas Chungungo
Área: 180m2 c/u
Año: 2026
Ubicación: Avenida del Mar, Maitencillo, Puchuncaví, Región de Valparaíso
Tipología: Vivienda Unifamiliar
Arquitecto: Francisco Javier Clavijo Vita
Estructura: Hormigón armado, Madera y Acero
Construcción/Constructora a cargo: Vita SpA
Fotografías por: Francisco Javier Clavijo Vita
Refugio Canelo
Punta de Lobos| Pichilemu | 2026
Concebido como una vivienda de retiro, Refugio Canelo apuesta por una arquitectura sencilla, flexible y eficiente, capaz de adaptarse a distintas formas de habitar.
Su planta libre permite configurar con libertad los espacios de estar, comedor y cocina según las necesidades de cada usuario, mientras los grandes ventanales incorporan la luz natural y fortalecen la relación con el paisaje.
Construido en madera y revestido con planchas de acero prepintadas PV6, el proyecto combina rapidez constructiva, durabilidad y una imagen contemporánea, dejando además prevista la posibilidad de futuras ampliaciones.
Su mayor desafío fue el proceso de prefabricación: la vivienda se prearmó casi en su totalidad en taller y luego fue trasladada al terreno para completar su montaje en apenas quince días, demostrando cómo la planificación y la precisión constructiva pueden convertirse en parte esencial del diseño.










Ficha Técnica
Proyecto: Refugio Canelo
Área: 66m2
Año: 2024
Ubicación: : Punta de Lobos, Pichilemu, Región de O’Higgins
Tipología: Vivienda Unifamiliar
Arquitecto (Principal): Francisco Javier Clavijo Vita
Estructura: Madera y Revestimiento plancha acero Pv6
Construcción/Constructora a cargo: Vita SpA
Fotografías por: Francisco Javier Clavijo Vita






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