Mucho antes de que una pieza de mobiliario llegara a habitar un espacio contemporáneo, mucho antes de que un tejido pudiera convertirse en una superficie escultórica o una silla transformarse en una obra de arte habitable, existió un gesto más sencillo y profundo: las manos de un artesano indígena colombiano entrelazando fibras mientras contaba una historia.
En algún lugar de la geografía diversa de Colombia, donde la naturaleza parece tener su propio lenguaje y los colores aparecen con una intensidad que difícilmente necesita interpretación, un artesano observa un hilo antes de comenzar a trabajar. No mira solamente una materia prima; mira una memoria. Cada forma, cada símbolo y cada combinación de colores guarda una relación con aquello que ha sido transmitido durante generaciones. El tejido no es sólo un objeto terminado, es una conversación silenciosa entre quienes estuvieron antes y quienes vendrán después.
Esa idea, la de entender el hacer manual como una forma de narrar, es justamente la que años después comenzaría a inquietar a Nicolás Cáceres y Jorge Ospina, los creadores detrás de EPIA Artesanos, una marca colombiana que busca construir un puente entre los oficios tradicionales, el diseño contemporáneo y la identidad cultural latinoamericana.
Subyace ahí una pregunta más amplia: ¿qué sucede cuando un territorio vuelve a mirarse a sí mismo y transforma su propia historia en una nueva forma de diseño?
“Nosotros podemos crear un diseño propio en base a nuestra cultura y a lo que tenemos en nuestra riqueza general”, explica Nicolás, una frase que resume una inquietud que atraviesa toda la propuesta de la marca: la búsqueda de una estética latinoamericana que no nazca de la repetición de referentes externos, sino de tradiciones y relatos propios.
Para Nicolás y Jorge, Colombia posee una riqueza visual inmensa. Un país donde conviven múltiples geografías, culturas, colores y saberes, pero que muchas veces ha construido sus códigos de diseño mirando hacia otras latitudes.
“Me generaba curiosidad el por qué actualmente no tenemos una identidad visual como latinoamericanos, sabiendo que culturalmente somos muy ricos”, comenta Jorge al recordar las primeras reflexiones que dieron origen a EPIA.
Esa búsqueda no nace desde una intención nostálgica, sino desde una mirada contemporánea. No se trata de reproducir objetos tradicionales ni convertir la artesanía en una pieza decorativa aislada, sino de comprender qué historias contienen esos conocimientos y cómo pueden dialogar con el presente.
Ahí aparece el verdadero propósito de EPIA: crear piezas que puedan habitar una casa, pero que al mismo tiempo sean capaces de transmitir una historia.

Dos caminos… un mismo lenguaje
Antes de encontrarse en EPIA, Nicolás y Jorge recorrieron caminos distintos. Ospina llegó al mundo creativo desde una relación temprana con el arte y las manualidades. Su formación estuvo marcada por un colegio enfocado en las artes, donde desarrolló una mirada amplia sobre las formas, los materiales y la relación entre los objetos y su entorno.
“Desde ahí viene esa visión tan amplia en relación al diseño y al entorno, cómo funciona, el por qué de las cosas”, recuerda Jorge, explicando cómo esa curiosidad por entender el origen y la función de los objetos comenzó a construir su propia sensibilidad artística.
Nicolás, en cambio, llegó desde un camino aparentemente más lejano: la ingeniería de sistemas. Sin embargo, detrás de la lógica tecnológica siempre existió una inclinación hacia la creación. Su historia habla de una constante necesidad de imaginar y construir proyectos. Durante su etapa universitaria incluso desarrolló emprendimientos vinculados al diseño y la comunicación, hasta que finalmente esa inquietud encontró un espacio más cercano al mundo material.
“Siempre estuve como metido en crear cositas”, cuenta Cáceres, una frase sencilla que revela una trayectoria donde la creatividad estuvo presente incluso cuando su profesión parecía transitar por otro lugar.
El encuentro entre ambos ocurrió en Pereira, una ciudad que terminó convirtiéndose en el punto de partida de EPIA. Jorge ya exploraba ideas vinculadas al diseño y los materiales, mientras Nicolás descubría en esas propuestas una posibilidad de volver a conectar con una parte creativa que siempre había estado presente.
“Vi como unas cosas que hacía Jorge muy inteligentes, unas ideas muy buenas, unas macetas en terrazo y demás, las pigmentaba con los minerales, se me hizo muy interesante”, recuerda Nicolás.
A partir de esa conversación inicial comenzaron a explorar una posibilidad común: llevar las ideas desde la imaginación hacia la materialidad.

El territorio como punto de partida
La identidad de EPIA comienza precisamente en esa búsqueda: encontrar una manera de diseñar desde Colombia, pero también desde Latinoamérica.
Para ambos creadores, el territorio no es solamente un escenario donde se producen objetos; es una fuente inagotable de inspiración. La naturaleza, los colores, las culturas indígenas y los oficios tradicionales aparecen como lenguajes capaces de aportar nuevas formas de entender el diseño.
Uno de los puntos fundamentales fue descubrir que muchas comunidades indígenas utilizan el tejido como una forma de narración.
Los símbolos y patrones no son simplemente composiciones visuales; son relatos que condensan experiencias, creencias, cosmovisiones.
“Ellos simbolizan todo lo que viven y ponen esas historias en mochilas, en su ropa y demás”, explica Nicolás al hablar de su acercamiento a estas tradiciones.
Para EPIA, esa dimensión simbólica era esencial: el objetivo no era tomar el tejido solamente como una textura atractiva, sino recuperar la intención detrás del acto creativo.
De ahí nace una de las ideas más profundas de la marca: crear desde una disposición consciente. Entender que un objeto puede contener algo más que una forma, que una pieza puede transmitir una energía, una historia o una conexión con quienes la realizaron.
Ese pensamiento se relaciona directamente con el significado del nombre EPIA. Proveniente del wayuunaiki, significa hogar o refugio, una palabra que resume la intención de que cada creación tenga una presencia cálida y cercana.
“Queríamos que todo lo que hiciéramos tuviera esa calidez que uno siente cuando llega al hogar y no que fuera como una pieza más”, explican los socios.
Por eso definen su trabajo como “arte habitable”: objetos que viven entre la escultura y el mobiliario.

Oficios antiguos, nuevas miradas
Uno de los aspectos más interesantes de EPIA es la manera en que aborda la tradición. Para Jorge, muchos oficios que formaban parte de la memoria cotidiana colombiana comenzaron a desaparecer con la llegada de procesos industriales más rápidos y estandarizados.
Habla, por ejemplo, de aquellas piezas antiguas presentes en muchas casas: la silla tallada por un abuelo, el mueble construido para durar generaciones, objetos donde la fabricación era inseparable de la historia familiar.
Esa idea se convirtió en una de las bases del trabajo de EPIA: recuperar técnicas tradicionales y llevarlas hacia una nueva sensibilidad estética.
Así aparecen materiales y procesos como la carpintería artesanal, el tejido, la tapicería y el terrazo, una técnica que ellos mismos desarrollan y reinterpretan desde una mirada contemporánea. La intención no es replicar el pasado, sino permitir que esos conocimientos vuelvan a participar de la conversación actual del diseño.
“Esto habla de quiénes éramos pero también de quiénes somos actualmente”, explica Jorge al referirse a esa relación entre tradición y modernidad.
En sus piezas conviven materiales como madera de teca y flor morado, tejidos desarrollados con cordón de PVC para aplicaciones exteriores y una búsqueda futura hacia fibras naturales que permitan ampliar la narrativa alrededor de cada material y su origen.

Ojo de Dios: una primera historia hecha objeto
La primera colección de EPIA fue Ojo de Dios, una propuesta construida desde la simbología ancestral y especialmente inspirada en la interpretación de la comunidad Kamsá del Putumayo.
La colección nace desde una investigación sobre los símbolos y la relación entre colores, formas y significado. El rombo presente en el tejido representa ese Ojo de Dios, entendido como un símbolo de protección dentro de esta interpretación cultural.
Pero más allá del elemento visual, la colección plantea una reflexión: los colores también tienen historias. Para EPIA, un color no es simplemente una elección estética, sino una posibilidad narrativa.
Como explica Nicolás, algunas interpretaciones occidentales reducen los colores a asociaciones muy simples, mientras que dentro de ciertas cosmovisiones indígenas cada tonalidad tiene una relación profunda con el mundo. “El negro para ellos es descanso, el rojo es conexión con la tierra, el azul es el cielo infinito”, comenta al explicar parte de la investigación detrás de la colección.
Ese cuidado por comprender antes de representar es parte esencial de la propuesta de EPIA. La marca busca ser un puente, no apropiarse de símbolos sin contexto. Por eso la primera colección fue desarrollada desde una fuente directa de conocimiento con miembros de la comunidad, buscando respetar el significado original de aquello que estaban interpretando.

Diseñar también es cuidar
El proyecto de Nicolás y Jorge no termina en la creación de objetos. Desde el inicio han buscado que la marca tenga una dimensión social y ambiental.
En relación con los artesanos, plantean una diferencia importante respecto a ciertos modelos tradicionales donde quienes realizan las piezas quedan invisibilizados. Para EPIA, el artesano debe ser parte del relato.
“Siempre hemos intentado incluirlos y estamos en ese proceso también dentro de toda la parte de comunicación, para darles una cara dentro de nuestra marca”, explica Nicolás. La intención es que quienes participan en el proceso puedan tener reconocimiento más allá de la fabricación.
También existe una preocupación ambiental vinculada al uso de madera y los procesos de producción. La marca trabaja en generar vínculos que permitan aportar a la reforestación y disminuir la huella asociada al uso de materiales naturales.
En esa búsqueda aparece una idea que atraviesa todo el universo EPIA: el diseño como una herramienta para contar, conectar y devolver valor a aquello que muchas veces fue invisibilizado.

Una nueva forma de mirar lo propio
EPIA nace desde Colombia, pero su conversación apunta mucho más lejos. La visión de Nicolás y Jorge no se limita a representar un país, sino a abrir una posibilidad para Latinoamérica: que sus culturas, sus símbolos y sus oficios puedan convertirse en una fuente contemporánea de diseño.
Porque quizás una de las grandes preguntas que plantea su trabajo es qué ocurre cuando dejamos de mirar hacia afuera buscando referentes y comenzamos a observar aquello que siempre estuvo frente a nosotros.
La artesanía deja entonces de ser solamente una técnica. Se convierte en memoria. El mobiliario deja de ser solamente funcional. Se transforma en relato. Y el diseño deja de ser una búsqueda únicamente estética para convertirse en una forma de volver a encontrarnos con quienes somos.
EPIA propone justamente eso: que una pieza pueda ocupar un espacio físico, pero también un espacio emocional. Que pueda recordarnos que antes de existir como objeto, fue una historia esperando ser contada.









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