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Laura Bernaola: intérprete de un territorio marino, vivo y parlante

Jul 1, 2026 | Argentina, Arquitectura, RÚA SALÓN LATAM | 0 Comentarios

Ciertos lugares van silenciosamente moldeando a quienes los habitan. No lo hacen de manera inmediata ni espectacular, sino con la persistencia de aquello que se repite todos los días hasta volverse imposible de ignorar. La dirección del viento, la forma en que cambia la luz sobre una superficie, la vegetación que resiste donde otras especies fracasan, el comportamiento de la arena después de una tormenta o la manera en que el mar reordena lentamente aquello que parecía definitivo, terminan dejando una huella en quienes observan con suficiente atención.

Cuando Laura Bernaola llegó a Pinamar, una ciudad balnearia ubicada en la costa atlántica de la Argentina, después de terminar sus estudios de arquitectura, probablemente no imaginaba que buena parte de su desarrollo profesional ocurriría precisamente allí, en esa conversación permanente entre el territorio y quienes intentan construir sobre él. Tampoco imaginaba que aquella localidad costera transformaría su manera de proyectar, de entender los materiales y de pensar la relación entre arquitectura, naturaleza y tiempo.

Su formación había transcurrido en un contexto muy distinto. Estudió Arquitectura en la Universidad Nacional de Mar del Plata durante los años noventa, una época en que muchas escuelas latinoamericanas observaban con atención las transformaciones urbanas que Barcelona había impulsado antes de los Juegos Olímpicos de 1992. Aquellas discusiones sobre ciudad, espacio público y planificación urbana formaban parte del ambiente académico que la rodeaba y marcaron profundamente sus primeros años.

“Siempre me gustó la arquitectura, el desafío del diseño y los espacios. Fui muy observadora de la luz y de cómo se habitaban los lugares. Ese fue uno de los primeros impulsos que me llevó a elegir esta profesión.”

Como ocurre con muchas vocaciones auténticas, la arquitectura apareció primero como una intuición. Existía una atracción hacia los espacios, una curiosidad por comprender cómo se configuraban los ambientes y una sensibilidad especial hacia ciertos aspectos que muchas veces pasan desapercibidos para otros.

Sin embargo, la dimensión real de la profesión todavía era una incógnita que sólo podía resolverse con la experiencia.

“Me fui entusiasmando con el acto de proyectar. Siempre tenía la duda de cómo sería la profesión real, porque una cosa es lo que uno imagina y otra muy distinta lo que sucede después en la práctica.”

Con el tiempo descubriría que esa distancia entre la academia y la realidad no necesariamente es una contradicción. Muchas veces es precisamente en ese espacio donde aparece una voz propia, una forma particular de mirar el mundo y de construir una relación personal con la disciplina.

Después de graduarse se trasladó a Pinamar y comenzó a trabajar como tantos arquitectos jóvenes lo hacen: dibujando para otros estudios, documentando proyectos, recorriendo obras y observando atentamente los procesos constructivos. Fueron años de aprendizaje silencioso, de contacto directo con los materiales y con las personas que los transforman, años en los que la teoría comenzó a encontrarse con la materia y con las complejidades inevitables de la construcción.

La ciudad que encontró entonces era muy distinta a la actual. Pinamar tenía una escala pequeña, una economía estrechamente ligada al turismo y una actividad constructiva concentrada principalmente en viviendas de segunda residencia. Sin embargo, el paisaje ya estaba allí, esperando.

“Descubrí que la vida cerca del mar me atraía muchísimo.”

Esa frase aparece casi de manera casual durante la conversación, pero contiene una de las claves más importantes para comprender su trayectoria posterior. Más allá de los encargos, de los clientes o de las oportunidades profesionales, existe una relación profunda con el territorio que atraviesa toda su obra y que terminaría convirtiéndose en el eje desde el cual entiende la arquitectura.

Durante años observó la costa, los médanos, los ciclos climáticos y la vegetación adaptada al ambiente marítimo. Observó también las tensiones propias de una ciudad que crecía mientras intentaba preservar aquello que la hacía especial. Y lentamente comenzó a surgir una pregunta que terminaría guiando gran parte de su trabajo: cómo construir sin interrumpir aquello que ya funciona naturalmente.

Cuando el paisaje se convierte en maestro

En 2010 decidió independizarse y fundar su propio estudio. Inicialmente trabajó bajo una estructura pequeña, aunque desde el comienzo imaginó una oficina capaz de crecer, incorporar nuevas disciplinas y desarrollar una mirada más amplia sobre el proyecto arquitectónico.

Cinco años después apareció una oportunidad que modificaría definitivamente el rumbo de su práctica profesional. La renovación del frente costero de Pinamar abrió una discusión inédita sobre la relación entre arquitectura, turismo y medio ambiente, obligando a replantear sistemas constructivos, escalas de intervención y formas de ocupar el territorio.

“Me pregunté cómo se vería el frente costero dentro de veinte años».

La pregunta parece sencilla, pero implica un cambio profundo de perspectiva. Ya no se trataba únicamente de diseñar edificios. Se trataba de imaginar qué huella dejarían esas construcciones sobre un ecosistema costero extremadamente sensible y cómo convivirían con él a lo largo del tiempo.

Mientras gran parte de la construcción argentina continuaba apoyándose principalmente en la mampostería y el hormigón, Laura comenzó a explorar seriamente los sistemas constructivos en madera. Lo hizo impulsada por razones técnicas, pero también por una intuición que con los años terminaría transformándose en convicción: ciertos materiales parecen comprender mejor el territorio donde se implantan.


Aquellos primeros proyectos se transformaron en un laboratorio de aprendizaje donde cada decisión abría nuevas preguntas. A medida que avanzaban las obras, el estudio comenzó a desarrollar sistemas híbridos, investigar soluciones estructurales específicas y experimentar con formas que dialogaban de manera más natural con el entorno costero.

Sin embargo, el aprendizaje más importante quizás no estuvo relacionado con la arquitectura misma, sino con la capacidad del paisaje para regenerarse cuando se le permite hacerlo.

La sustitución de construcciones más invasivas por estructuras livianas elevadas permitió recuperar procesos ecológicos que habían sido interrumpidos durante décadas.

“Volvió a aparecer el médano costero.”

Detrás de esa afirmación existe una transformación profunda. Los médanos constituyen una de las principales defensas naturales de la costa atlántica argentina y durante años muchas intervenciones habían alterado su comportamiento. La recuperación progresiva de estos sistemas naturales permitió comprender que la arquitectura puede desempeñar un papel activo en la regeneración ambiental cuando deja de concebirse como un elemento separado del paisaje.

Esa mirada atraviesa toda su obra y permite comprender por qué la sostenibilidad aparece en su discurso como una consecuencia natural del proyecto y no como una etiqueta añadida posteriormente. La preocupación ambiental no surge desde una tendencia ni desde una estrategia de comunicación, sino desde la observación prolongada de un territorio que le enseñó la importancia de intervenir con cuidado.

La paciencia de los materiales

Hay una idea que aparece repetidamente cuando Laura habla de arquitectura y que resulta especialmente reveladora. No está relacionada con la forma ni con el estilo. Tampoco con la innovación tecnológica. Tiene que ver con algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil de aceptar en una disciplina acostumbrada a perseguir permanentemente lo nuevo: el paso del tiempo.

Durante años, gran parte de la construcción costera argentina observó la madera con cierta desconfianza. El imaginario colectivo asociaba este material a un mantenimiento constante, a una fragilidad inevitable frente a la humedad marina y a una vida útil menor que la del hormigón o la mampostería. Sin embargo, la experiencia cotidiana fue enseñando algo diferente.

“Descubrimos que la madera envejece muy bien cuando se la deja atravesar naturalmente por los ciclos climáticos.”

La observación parece simple, pero detrás de ella existe un largo proceso de aprendizaje. La costa atlántica es un laboratorio exigente donde el viento, la salinidad, la lluvia y el sol someten permanentemente a los materiales a cambios de temperatura y humedad. En ese contexto, Laura comenzó a descubrir que muchas veces la verdadera durabilidad no depende de resistir esos procesos, sino de convivir con ellos.

Durante décadas se intentó proteger la madera mediante tratamientos que sellaban completamente sus superficies. La intención era preservar el material, aunque en muchos casos el resultado terminaba siendo el contrario. Al impedir que la madera respirara y liberara naturalmente la humedad acumulada, se alteraban procesos que forman parte de su comportamiento natural.

“Nos dimos cuenta de que la madera se adapta al ciclo natural del clima. Llega un momento en que encuentra su propio equilibrio.”

Más que perseguir una imagen congelada, existe una aceptación consciente de la transformación. Las superficies cambian, adquieren nuevas tonalidades y registran el paso de las estaciones, pero precisamente allí radica parte de su belleza. La arquitectura deja de ser un objeto inmóvil para convertirse en una presencia que evoluciona junto con el entorno.

Quizás por eso la madera terminó ocupando un lugar tan importante dentro de su trabajo. No solamente por sus cualidades constructivas, sino porque encarna una manera de entender la relación entre arquitectura y naturaleza que se encuentra en el corazón mismo de su práctica profesional.

“El mundo entero construye en madera. En algún momento dejamos de verla como algo extraño.”

La búsqueda como metodología

Cuando Laura intenta definir su estudio, utiliza una palabra que aparece una y otra vez durante la entrevista: búsqueda.

La búsqueda de materiales, de soluciones técnicas, de formas de construir más respetuosas con el entorno y de nuevas posibilidades para desarrollar una arquitectura contemporánea profundamente conectada con el territorio.

“Somos un estudio muy entusiasta, muy orientado a la búsqueda.”

Esa actitud ha llevado al equipo a investigar constantemente nuevos sistemas constructivos y materiales naturales. A la madera se han sumado fibras vegetales, textiles orgánicos y exploraciones en bambú, siempre desde la intención de ampliar el repertorio de herramientas disponibles para construir de manera más consciente.

“Estamos investigando sistemas constructivos cada vez menos invasivos con el medio ambiente.”
Lo interesante es que esta investigación no ocurre en un laboratorio aislado de la realidad, sino en proyectos concretos donde las decisiones deben responder simultáneamente a exigencias técnicas, presupuestarias, climáticas y funcionales. La innovación aparece entonces como una consecuencia de la práctica cotidiana y no como un objetivo en sí mismo.

También existe una fuerte conciencia respecto al momento que atraviesa la construcción en madera en Argentina. Laura observa con entusiasmo la llegada de nuevas tecnologías y la aparición de industrias capaces de acompañar un crecimiento que hace apenas unos años parecía difícil de imaginar.

La incorporación progresiva de sistemas industrializados y paneles estructurales abre nuevas posibilidades para desarrollar proyectos de mayor escala, aunque su mirada continúa anclada en una premisa fundamental: la técnica sólo tiene sentido cuando está al servicio de una mejor relación entre las personas, los materiales y el lugar que habitan.

Una arquitectura conversada

A medida que el estudio fue creciendo, también comenzó a consolidarse una manera particular de abordar los proyectos. Una metodología donde arquitectura, interiorismo y paisaje no aparecen como etapas separadas, sino como partes de una misma conversación.

Actualmente el equipo está integrado por arquitectas y diseñadoras que trabajan de manera coordinada desde las primeras etapas de cada encargo, buscando construir una narrativa común que atraviese todas las escalas del proyecto.

“Si buscamos materiales naturales para la arquitectura, el interiorismo también tiene que acompañar esa visión.”

La frase permite comprender uno de los aspectos más interesantes de su enfoque. El interiorismo no aparece como un ejercicio decorativo posterior a la arquitectura, sino como una prolongación natural de las decisiones tomadas desde el inicio. Los materiales, las texturas, la iluminación y los objetos forman parte de una misma atmósfera que comienza a definirse mucho antes de que la obra esté terminada.

La misma lógica se aplica al paisaje.

“No diseñamos jardines como si estuviéramos en otro lugar.”

Lejos de reproducir modelos ajenos al territorio, el estudio trabaja con especies adaptadas al ecosistema costero, entendiendo que el paisaje no constituye un marco para la arquitectura, sino una dimensión inseparable de ella.

De esta manera, el proyecto deja de ser únicamente un edificio para transformarse en una experiencia integral donde arquitectura, naturaleza e interiorismo dialogan constantemente entre sí.

El conocimiento de las manos

Existe otro aspecto que Laura menciona con especial gratitud y que ayuda a comprender la evolución de su trabajo. Habla de los carpinteros, de los constructores y de todas aquellas personas que han acompañado los desafíos técnicos que surgieron a lo largo de los años.

Recuerda especialmente a uno de los maestros carpinteros que la acompañó durante los primeros experimentos con la madera y que se convirtió en una especie de aliado silencioso en ese proceso de exploración.

“Yo llegaba con una idea y le preguntaba si realmente podía hacerse. Él me explicaba qué cuidados requería, qué dificultades podían aparecer y cómo resolverlas.”

Esa relación revela mucho sobre su manera de entender la profesión. La innovación no aparece como una ruptura con el conocimiento tradicional, sino como una conversación permanente entre experiencia y curiosidad, entre el oficio acumulado durante décadas y la voluntad de seguir explorando nuevos caminos.

Muchas de las formas orgánicas y soluciones constructivas que hoy caracterizan parte de su obra nacieron precisamente de ese diálogo. No surgieron de la búsqueda de una imagen llamativa, sino de la confianza construida entre quienes imaginan un proyecto y quienes conocen profundamente la materia con la que será construido.

Aprender a escuchar

Es que junto con la observación y el entendimiento del paisaje y sus cambios, la escucha y el diálogo se han vuelto compañeros ineludibles de su quehacer. Así el paso de los años, la experiencias, la observación paciente y el entendimiento el ritmo de las mareas o los ciclos climáticos se apoyan al mismo tiempo en la sumatoria de miradas ajenas y nuevas.

Esto último es algo que ha incorporado con mayor intensidad en los últimos seis años en los que Laura ha ejercido como docente en la facultad de arquitectura en en la sede Costa, en Pinamar, de la Universidad Argentina de la Empresa.

«Mi motivicación se va enriqueciendo con la docencia, el ver nuevas generaciones de futuros profesionales que están en esta misma búsqueda, y en los que de cierta forma me veo representada, es muy gratificante. Creo que la manera de seguir avanzado es ir sumando a esta gente joven, con entusiasmo y una mirada renovadora», dice con el mismo ánimo la profesional.

Por otra parte, cuando se le pide definir su lenguaje arquitectónico, Laura no habla de tendencias, estilos o referencias formales. Habla de materiales nobles, de permanencia y de una arquitectura que acepta el paso del tiempo sin intentar negarlo.

“Lo definiría como una arquitectura con un fuerte componente organicista y con la convicción de que los materiales nobles permanecen a través del tiempo.”

Mientras pronuncia esas palabras resulta inevitable pensar que la misma descripción podría aplicarse también a su propia trayectoria. Una carrera construida lentamente, guiada por la observación paciente de un territorio que terminó enseñándole algo fundamental: que la arquitectura no siempre consiste en transformar un lugar. A veces consiste, simplemente, en permanecer el tiempo suficiente para comprenderlo.

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