Antes de dibujar planos, calcular estructuras o recorrer obras, Felipe Huerta Guiñez pasaba las tardes construyendo refugios improvisados entre los árboles del campo donde creció. Mientras otros niños corrían detrás de balones o tratando de atraparse, él se detenía durante horas imaginando espacios, levantando pequeñas obras y organizando recorridos que sólo existían en su cabeza.
Los caballos formaban parte natural de ese paisaje. También los corrales, los galpones, las antiguas casonas rurales y los caminos de tierra que atravesaban los campos de Ñuble. Sin saberlo, en esos años estaba desarrollando una manera de observar el espacio que décadas más tarde terminaría definiendo su arquitectura.
Nacido y criado en Pemuco, una pequeña localidad del sur de Chile donde la vida aún conserva el ritmo pausado del mundo rural, Felipe pertenece a una generación que creció en contacto directo con el territorio. El paisaje no era algo que se observaba desde una ventana; era el escenario cotidiano de la vida. Los árboles servían para construir casas de forma espontánea, los caballos eran compañeros habituales y las estructuras rurales formaban parte de una experiencia que se vivía mucho antes de comprender su valor arquitectónico.
Con los años llegaría la universidad, la práctica profesional, las experiencias laborales y un máster en iluminación en Barcelona. Sin embargo, al mirar su obra con cierta distancia, descubre que muchas de las decisiones que hoy toma como arquitecto nacieron mucho antes de cualquier formación académica.
La búsqueda de espacios amplios, la importancia de la luz natural, la presencia permanente de la madera, los corredores, los patios interiores y la relación estrecha entre arquitectura y paisaje parecen responder menos a una decisión estilística que a una memoria construida durante la infancia.
Quizás por eso resulta difícil separar la historia personal de Felipe de su trabajo profesional. Sus proyectos hablan constantemente de aquello que conoce mejor: el campo chileno, sus construcciones tradicionales, sus formas de habitar y una cultura que muchas veces permanece ausente de los grandes relatos arquitectónicos contemporáneos.
Mientras gran parte de la disciplina continúa concentrando su atención en las ciudades, él ha encontrado en el mundo rural un territorio fértil para investigar, reinterpretar y proyectar nuevas posibilidades.

Un mirar rural
Hablar con Felipe es comprender que su arquitectura no nace desde una búsqueda formal preconcebida. Antes que arquitecto, se reconoce como una persona criada en el campo, y esa condición aparece de manera permanente en su manera de entender cada proyecto.
Cuando visita un terreno, su primera preocupación no es la forma que tendrá el edificio ni la imagen final de la obra. Lo que busca es entender cómo funciona el lugar, cómo se mueve la luz durante el día, de dónde vienen los vientos, cuáles son las vistas más importantes y de qué manera las personas podrían relacionarse con ese paisaje.
Esa sensibilidad proviene directamente de la experiencia rural. A diferencia de los contextos urbanos, donde la arquitectura suele enfrentarse a límites precisos y condiciones relativamente controladas, el campo obliga a establecer una relación constante con el entorno.
El clima, la orientación solar, la vegetación y la topografía dejan de ser factores secundarios para transformarse en elementos fundamentales del proyecto. En cierto sentido, la arquitectura deja de imponerse sobre el paisaje y comienza a dialogar con él.
Esa forma de entender el diseño también explica por qué muchos de sus proyectos incorporan recursos que históricamente han estado presentes en la arquitectura campesina chilena.
Los corredores protegidos del sol, los patios interiores que permiten controlar la temperatura, las dobles alturas que favorecen la ventilación natural durante el verano y la utilización de materiales nobles como la madera aparecen una y otra vez en sus obras. No como gestos nostálgicos ni como referencias decorativas, sino como respuestas que han demostrado su eficacia durante generaciones.
Sin embargo, reducir su trabajo a una simple recuperación de formas tradicionales sería una simplificación injusta. Lo que realmente le interesa es comprender qué elementos de esa arquitectura siguen siendo vigentes y cómo pueden reinterpretarse desde las necesidades contemporáneas.
Sus proyectos no buscan reproducir una imagen idealizada del pasado, sino rescatar conocimientos acumulados durante décadas de adaptación al territorio y transformarlos en espacios capaces de responder a las formas actuales de habitar.

La memoria de las antiguas casonas
Existe un lugar que aparece constantemente cuando Felipe intenta explicar el origen de su arquitectura. Se trata de una antigua casona ubicada en Ninhue, donde pasó parte importante de su infancia y adolescencia. Durante años recorrió sus corredores, observó sus estructuras de madera y experimentó la escala de espacios que parecían infinitamente más grandes que cualquier otra construcción que hubiera conocido hasta entonces.
En ese momento no imaginaba que aquellas experiencias terminarían convirtiéndose en una referencia permanente para su trabajo. Sin embargo, con el paso del tiempo comenzó a reconocer ciertos patrones que aparecían una y otra vez en sus proyectos. Las dobles alturas, las estructuras expuestas, la amplitud de los espacios comunes y la búsqueda constante de luz natural parecían provenir de recuerdos profundamente arraigados en su memoria.
La revelación llegó mucho después, cuando ya llevaba años ejerciendo como arquitecto. Al revisar sus proyectos comprendió que gran parte de las decisiones que consideraba intuitivas tenían relación directa con aquellos espacios que lo habían acompañado durante la infancia. Lo que había comenzado como una experiencia cotidiana terminó transformándose en una especie de archivo emocional que continúa alimentando su arquitectura hasta hoy.
Esa relación entre memoria y diseño resulta especialmente interesante porque permite comprender una característica fundamental de su trabajo. Más que reproducir formas específicas, Felipe parece intentar recuperar sensaciones. La amplitud de una antigua casona rural, la frescura de un corredor durante una tarde de verano o la calidez que transmite una estructura de madera expuesta son experiencias que reaparecen constantemente transformadas en arquitectura contemporánea. El resultado no es una réplica del pasado, sino una interpretación personal de aquello que considera valioso preservar.

Barcelona, el orden y la distancia
A miles de kilómetros de los paisajes que marcaron su infancia, Barcelona representó uno de los momentos más decisivos de su formación profesional. Llegó a España para cursar un máster en iluminación, motivado por un interés que ya venía desarrollando durante sus años universitarios. Sin embargo, la experiencia terminó entregándole mucho más que conocimientos técnicos relacionados con la luz.
Por primera vez se enfrentó a una cultura arquitectónica donde el rigor metodológico ocupaba un lugar central. Acostumbrado a una realidad mucho más flexible e improvisada, descubrió una forma distinta de abordar los proyectos, donde cada decisión debía responder a una lógica precisa y donde el proceso de diseño exigía un nivel de disciplina que no siempre encontraba en Chile.
La experiencia europea no modificó su identidad arquitectónica, pero sí le entregó herramientas para organizarla. Si el campo le había enseñado a observar, Barcelona le enseñó a estructurar esa observación. Si la infancia había alimentado su sensibilidad, la formación internacional le permitió convertir esa sensibilidad en una metodología de trabajo más rigurosa y consciente.
Cuando regresó a Chile, ambas dimensiones comenzaron a convivir de manera natural. Por un lado permanecía el arquitecto profundamente conectado con el paisaje rural y con las formas tradicionales de habitar el territorio. Por otro aparecía un profesional interesado en desarrollar proyectos cada vez más precisos, donde la experiencia espacial, la iluminación y el comportamiento ambiental fueran resultado de decisiones cuidadosamente estudiadas.
Esa combinación terminaría preparándolo para el descubrimiento que definiría gran parte de su trayectoria futura.

La arquitectura encontró a los caballos
Durante gran parte de su formación académica y de sus primeros años de ejercicio profesional, los caballos permanecieron como una pasión personal que parecía transitar por un camino paralelo al de la arquitectura. Habían estado presentes desde siempre gracias a la influencia fundamental de su madre y su familia, especialmente de su tío, a quien considera una figura importante en su vida.
Desde muy pequeño participó del mundo ecuestre, montó caballos y vivió de cerca una cultura que forma parte inseparable de la identidad rural chilena.
La conexión entre ambas dimensiones apareció gradualmente, a medida que comenzaron a surgir encargos relacionados con instalaciones ecuestres. Fue entonces cuando descubrió que existía un enorme territorio prácticamente inexplorado desde la arquitectura. Mientras viviendas, edificios públicos y espacios comerciales habían sido objeto de décadas de reflexión disciplinar, gran parte de la infraestructura ecuestre continuaba resolviéndose únicamente desde criterios funcionales.
Aquello despertó una inquietud que todavía guía buena parte de su trabajo. Comenzó a preguntarse qué ocurriría si una pesebrera pudiera pensarse con la misma profundidad que una vivienda, si los espacios destinados a los caballos también pudieran ofrecer calidad arquitectónica y si las instalaciones vinculadas al mundo ecuestre fueran capaces de expresar la riqueza cultural de los territorios donde se insertan.
Detrás de esas preguntas existía algo más profundo que una simple especialización profesional. Felipe comprendió que la arquitectura podía transformarse en una herramienta para fortalecer una cultura rural que continúa viva y que sigue formando parte de la identidad de amplias zonas de Chile y Latinoamérica.
La arquitectura ecuestre dejó entonces de ser un nicho específico para convertirse en un campo de exploración donde convergen paisaje, tradición, patrimonio y diseño contemporáneo.

Diseñar para un habitante diferente
Uno de los aspectos más interesantes de su trabajo aparece cuando habla del caballo como un habitante central del proyecto. Esta mirada obliga a observar el espacio desde una perspectiva distinta, considerando variables que habitualmente no forman parte de la arquitectura tradicional. La ventilación, el acceso a la luz natural, la amplitud de los recintos y la posibilidad de movimiento adquieren una relevancia fundamental para el bienestar animal.
Sin embargo, más allá de los aspectos técnicos, lo que realmente le interesa es la capacidad de la arquitectura para generar bienestar. Esa preocupación atraviesa toda su obra y se expresa tanto en las viviendas como en las pesebreras. Los patios interiores, las ventilaciones cruzadas, las relaciones con el paisaje y la calidad de los espacios comunes responden a una misma convicción: la arquitectura debe mejorar la experiencia de quienes la habitan, independientemente de si se trata de personas o animales.

Patrimonio vivo
A medida que profundizó en el mundo ecuestre, Felipe comenzó a observar con nuevos ojos muchas de las construcciones asociadas al campo chileno. Las pesebreras, los galpones, las medialunas y las antiguas instalaciones agrícolas forman parte de una memoria colectiva que rara vez es reconocida como patrimonio. Sin embargo, para quienes crecieron en esos territorios, esos espacios contienen historias, conocimientos y formas de vida tan significativas como cualquier edificio monumental.
Esa convicción aparece constantemente en su trabajo. Cada vez que incorpora madera expuesta, recupera la lógica de los corredores tradicionales o rescata ciertas proporciones presentes en las antiguas casonas rurales, no está reproduciendo una imagen del pasado. Está intentando mantener viva una conversación cultural que todavía tiene mucho que aportar al presente.
Para Felipe, conservar no significa inmovilizar. Significa permitir que una tradición continúe evolucionando. Desde esa perspectiva, la arquitectura se transforma en una herramienta capaz de conectar memoria y futuro, identidad y contemporaneidad.

Imaginar nuevos espacios para la comunidad
Si existe un tema que hoy concentra buena parte de sus inquietudes, es el futuro de las medialunas. A medida que fue profundizando en la arquitectura ecuestre, comenzó a preguntarse por el enorme potencial desaprovechado que existe en muchas de estas infraestructuras distribuidas por el territorio chileno.
Espacios de gran escala, profundamente arraigados en la identidad rural, que permanecen activos sólo durante determinados momentos del año.
La reflexión lo llevó a imaginar nuevas posibilidades. ¿Podrían estos recintos transformarse también en espacios para encuentros comunitarios, actividades culturales, ferias o celebraciones? ¿Podrían convertirse en infraestructuras capaces de fortalecer la vida social de las comunidades rurales sin perder su identidad original?
La pregunta trasciende la arquitectura ecuestre y se instala en una discusión más amplia sobre el futuro de los territorios rurales. Para Felipe, la tradición no debe entenderse como una estructura inmóvil, sino como una realidad viva que puede adaptarse a nuevas necesidades sin perder aquello que la hace valiosa.

Arquitectura para una cultura que sigue viva
Gran parte de los debates sobre patrimonio se desarrollan desde la lógica de la conservación. Sin embargo, la experiencia de Felipe en el mundo rural le ha permitido comprender que muchas de las tradiciones asociadas al campo chileno nunca han desaparecido realmente. Continúan presentes en las formas de trabajo, en las celebraciones, en la relación con los animales y en la manera en que las personas habitan el territorio.
Lo que sí parece necesario es construir nuevas formas de valorarlas y proyectarlas hacia el futuro.
Por eso sus proyectos no buscan reproducir imágenes nostálgicas ni congelar una identidad en el tiempo. Lo que intentan es demostrar que el conocimiento acumulado durante generaciones sigue siendo capaz de ofrecer respuestas contemporáneas. La arquitectura aparece entonces como un puente entre distintos tiempos, un espacio donde tradición e innovación dejan de entenderse como opuestos para transformarse en parte de una misma conversación.
En una Latinoamérica donde gran parte de las transformaciones territoriales continúan ocurriendo lejos de las grandes ciudades, esta mirada adquiere una relevancia particular. La obra de Felipe Huerta recuerda que el mundo rural no es únicamente una herencia cultural que merece ser protegida, sino también una fuente de ideas capaz de inspirar nuevas formas de habitar y construir.

Mientras buena parte de la arquitectura continúa mirando hacia los centros urbanos, él ha decidido volver la vista hacia los corredores de las antiguas casonas, hacia los galpones, los caballos y los amplios paisajes del sur de Chile. No para refugiarse en la nostalgia, sino para demostrar que el futuro también puede construirse desde la memoria, como lo reflejan los proyectos que destacamos a continuación en Rúa Salón Latam.
Pesebreras DV
María Pinto | RM | Chile
2025
Cuando Felipe Huerta comenzó a desarrollar proyectos ecuestres, comprendió que existía un territorio prácticamente inexplorado para la arquitectura. Las Pesebreras DV representan uno de los momentos más sólidos de esa búsqueda, un proyecto donde la funcionalidad propia del mundo ecuestre convive con una reflexión más profunda sobre el bienestar animal, la materialidad y la relación con el paisaje.
Ubicado en Melipilla, el conjunto se organiza en torno a un patio central que favorece la ventilación, la iluminación natural y la vida cotidiana de los caballos. La madera de roble, utilizada como principal material estructural, aporta calidez y conecta la obra con la tradición constructiva rural chilena. El resultado se aleja de la imagen convencional de una pesebrera para transformarse en una arquitectura capaz de ofrecer identidad, confort y dignidad tanto a los animales como a quienes trabajan diariamente con ellos.
Más que un proyecto ecuestre, las Pesebreras DV reflejan una convicción que atraviesa toda la obra de Felipe: incluso los programas más funcionales merecen una arquitectura pensada con sensibilidad y cuidado.




Casa R&V
Portezuelo | Ñuble | Chile
2023
Ubicada en Portezuelo, en el corazón del valle del Itata, Casa R&V sintetiza muchas de las inquietudes que han acompañado a Felipe desde el inicio de su carrera. La vivienda recoge principios presentes en las antiguas casonas rurales del centro sur de Chile y los traduce a una propuesta contemporánea donde la luz, la amplitud y la relación con el paisaje adquieren un papel fundamental.
Las dobles alturas, la presencia de la madera y la organización de los espacios comunes evocan ciertas experiencias que el arquitecto recuerda de su infancia, aunque sin caer en una reproducción literal de la arquitectura tradicional. Lo que interesa aquí no son las formas del pasado, sino las sensaciones que esas construcciones eran capaces de generar.
Casa R&V demuestra que la identidad rural puede seguir evolucionando y que la tradición continúa siendo una fuente fértil para imaginar nuevas formas de habitar.




Casa E & N
Chillán | Ñuble | Chile
2022
No todos los proyectos transforman la manera de diseñar de un arquitecto. Casa E&N sí lo hizo.
Construida en una parcela rural de Chillán, esta vivienda surgió a partir de una experiencia poco habitual para Felipe. Desde el comienzo, el propietario participó activamente en cada decisión del proyecto, cuestionando ideas, proponiendo soluciones y obligando al arquitecto a revisar muchas de sus propias certezas.
Lejos de convertirse en una dificultad, ese proceso terminó transformándose en uno de los aprendizajes más importantes de su carrera. La casa le permitió comprender que la arquitectura no consiste en imponer una visión personal, sino en interpretar la manera en que otras personas desean vivir.
El resultado es una vivienda contemporánea de líneas limpias, organizada en torno a patios interiores, abundante iluminación natural y una gran área común jerarquizada por una doble altura. Aunque formalmente se distancia de la arquitectura rural tradicional que suele caracterizar parte de su obra, mantiene principios que han acompañado a Felipe desde sus primeros proyectos: la importancia de la luz, la ventilación natural y la construcción de espacios generosos para la vida cotidiana.
Casa E&N representa la madurez de una mirada capaz de adaptarse sin perder identidad.




Pesebreras Casas del Pal Pal
Pemuco | Ñuble | Chile
2025
ginar que hubo un tiempo en que no consideraba las pesebreras como un tema arquitectónico particularmente interesante. Sin embargo, fue precisamente este proyecto el que cambió para siempre esa percepción.
Ubicadas en Pemuco, las Pesebreras Casas del Pal Pal nacen sobre un lugar cargado de historia. Antiguas bodegas y construcciones agrícolas que formaban parte de la hacienda original habían desaparecido con el paso del tiempo, pero su memoria seguía presente en el paisaje. El proyecto decidió recuperar parte de ese legado mediante la reutilización de vigas antiguas, maderas recuperadas y tejas coloniales que pertenecieron a las construcciones originales.
Durante el proceso de diseño, Felipe descubrió que detrás de una pesebrera existía un universo mucho más complejo de lo que imaginaba. Comenzó a estudiar el comportamiento de los caballos, sus necesidades espaciales, la importancia de la ventilación, la iluminación y los recorridos cotidianos. Lo que inicialmente parecía un encargo funcional terminó convirtiéndose en una experiencia decisiva para su desarrollo profesional.
Más que una obra construida, las Pesebreras Casas del Pal Pal representan el momento en que dos mundos que siempre habían acompañado su vida finalmente se encontraron. La arquitectura y los caballos dejaron de transitar por caminos paralelos para convertirse en una misma vocación.











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